Ella se casa por contrato con un empresario frío (CEO). Él la ignora, la traiciona y la desprecia.
Un día, decide irse sin decir una sola palabra.
Cuando él descubre que ella era la mente detrás de todo lo que hacía crecer la empresa… ya es demasiado tarde.
Su regreso será rápido, triunfal y absolutamente satisfactorio.
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Capítulo 10
En la mesa del desayuno, el silencio era casi ensordecedor. Henrique y Lívia estaban frente a frente, pero parecían kilómetros distantes. Él jugueteaba distraídamente con el celular; ella fingía interés en la taza ya vacía.
No había discusión. No había gritos.
Solo aquel clima extraño que antecede a las tormentas.
El teléfono vibró nuevamente en las manos de Henrique. Él miró rápido demás a la pantalla, rápido demás para disimular. Lívia se dio cuenta.
—¿No vas a contestar? —preguntó, intentando sonar indiferente.
Henrique vaciló.
—Es trabajo.
Pero no contestó.
El celular vibró otra vez.
Lívia, ya irritada con la tensión acumulada de los últimos días, alzó la mirada directamente hacia él.
—Entonces contesta. ¿O el trabajo es secreto ahora también?
La mirada de los dos se cruzó por un segundo largo demás.
Henrique se levantó.
—Necesito salir.
Cogió las llaves, el saco y salió casi apresurado demás.
Ya dentro del auto, respiró hondo antes de finalmente contestar.
—¿Qué quieres, Camila?
Del otro lado de la línea, la voz de ella era baja, pero cargada de provocación.
—Te estoy esperando en el mismo rincón.
Y colgó.
Henrique quedó parado algunos segundos, mirando al volante. Sabía que no debía ir. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa. Pero el deseo habló más alto que la razón.
Y él fue.
Mientras tanto, en la mansión, Lívia permanecía parada en la cocina. Sentía que algo escapaba de sus manos, pero decidió no correr tras ello. Por primera vez, en vez de esperar por Henrique, resolvió pensar en sí misma.
Subió al cuarto y abrió un cajón cerrado con llave. Allí estaban documentos que nadie en aquella casa conocía.
Ni Helena.
Ni Camila.
Mucho menos Henrique.
Lívia respiró hondo.
Era hora de organizar su propia vida.
Retornaría a los estudios formales, retomaría su presencia activa en los negocios. Porque, a pesar de que todos pensaran que ella era solo la hija adoptiva conveniente, nadie sabía la verdad.
Lívia era dueña de una multinacional de tecnología.
Los Albuquerque no tenían idea.
Todo había comenzado años antes, cuando su mejor amiga la había invitado a embarcarse en un sueño. La amiga era brillante programando; Lívia era impecable administrando. Juntas, crearon algo que creció silenciosamente —lejos de los reflectores de la alta sociedad.
Y ahora, quizás fuese hora de dejar de ser sombra.
Lejos de allí, Henrique estacionaba en el hotel que conocía demasiado bien. Subió directo a la suite presidencial, sin pasar por la recepción.
Al abrir la puerta, encontró a Camila parada cerca de la ventana, vistiendo solo lencería delicada, como si supiese exactamente el efecto que causaría.
Ella se giró lentamente.
—Yo sabía que vendrías.
Henrique cerró la puerta tras de sí. El mundo allá afuera parecía distante demás. Allí, todo era impulso, memoria y deseo mal resuelto.
Sin decir mucho, se aproximaron. Había rabia, había añoranza, había aquella atracción peligrosa que nunca había desaparecido.
Se involucraron nuevamente, como si el matrimonio jamás hubiese existido.
Horas después, acostado al lado de ella, Henrique encaraba el techo.
—Esto no puede continuar —murmuró.
Camila apoyó la barbilla en el pecho de él.
—Pero continúa.
Porque, en el fondo, él nunca escogía parar.
Y mientras Henrique se hundía en un secreto cada vez más difícil de esconder, Lívia, en la mansión, organizaba silenciosamente su propio imperio.
Sin saber de la traición.
Pero comenzando a desconfiar.
Y cuando lo descubriese, no sería una esposa frágil a quien él enfrentaría.
Sería una mujer poderosa.
Y el juego estaba apenas comenzando.