Valeria lo dio todo por su matrimonio. Durante siete años fue la esposa perfecta: cocinaba antes del amanecer, criaba sola a Luna, su pequeña hija, y trabajaba en las sombras para convertir el negocio de Andrés en un imperio. A cambio, recibió indiferencia, mentiras y la traición definitiva: descubrir que su esposo compartía cama con otra mujer mientras Luna lloraba esperando una promesa de cumpleaños que jamás se cumplió.
Lo que Andrés nunca supo es que Valeria no era una simple ama de casa. Detrás de su apariencia sumisa se escondía la presidenta y accionista mayoritaria de Grupo Valcárcel, uno de los conglomerados empresariales más poderosos de la ciudad. Una mujer capaz de destruir carreras, hundir fortunas y reescribir destinos con una sola llamada telefónica.
El divorcio fue solo el primer movimiento en un tablero que Andrés nunca vio venir.
Mientras él se hunde cada vez más —de empresario arrogante a chofer, de chofer a paralítico, de paralítico a indigente vendiendo globos en la calle—, Valeria asciende imparable. Y cuando Santiago, un misterioso CEO en silla de ruedas que esconde secretos tan profundos como los suyos, irrumpe en su vida con una determinación inquebrantable y un amor que viene desde la adolescencia, Valeria descubre que la venganza más dulce no es destruir al hombre que la traicionó, sino construir la vida que siempre mereció.
Pero en esta familia, las traiciones no terminan con el divorcio. Madrastras que envenenan, hermanastras que conspiran, amantes que ordenan asesinatos y secretos que pueden cambiarlo todo se interponen entre Valeria y la felicidad que está decidida a reclamar.
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Cap. 13
Valeria dejó sus lentes de lectura sobre la mesita de noche. Acomodó la cobija con estampado de caricaturas de Luna, asegurándose de que su pequeña hija durmiera cómoda y abrigada.
Tras besar la frente de Luna con todo su cariño, Valeria salió del cuarto con pasos silenciosos.
Su objetivo esa noche era la habitación principal. Tenía que recuperar los documentos importantes sobre los activos de la empresa que había escondido a propósito en un cajón secreto dentro del clóset.
En cuanto Valeria llegó frente a la puerta de su habitación, que estaba entreabierta porque no se había cerrado por completo, sus pasos se congelaron de golpe. La atmósfera a su alrededor se enfrió al instante. Por la rendija de la puerta, abierta apenas unos centímetros, se escuchaban vagamente los gemidos caprichosos de una mujer entrelazados con la respiración agitada de un hombre.
—Ah... Andrés... despacio, cariño. ¿Qué va a pasar si tu esposa se despierta? —susurró una voz de mujer que Valeria reconoció de inmediato.
Romina.
—No le hagas caso, mi amor. Valeria ya se durmió en el cuarto de mi hija —respondió la voz de Andrés, ronca y llena de una pasión repugnante—. Eres increíble, Romina... Me aprietas entero.
El corazón le dio un vuelco.
Valeria apretó ambos puños con fuerza a los costados de su cuerpo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El pecho le retumbaba con violencia, golpeado por una oleada de rabia que casi le cortó la respiración.
Valeria ya lo había sospechado desde el principio: que esos dos descarados se atreverían a hacer algo así. Pero lo que más le encendía el corazón de odio era el lugar donde lo estaban haciendo.
¿Por qué tenía que ser aquí? ¿En su habitación? ¿En la cama donde ella y Andrés habían criado a Luna durante años?
¿Por qué no lo hacían en un hotel barato en cualquier otro lado?
—Son repugnantes... Son verdaderos animales —murmuró Valeria con la voz apenas audible, conteniendo el temblor en sus labios.
La furia que le quemaba el pecho hacía que su ego le gritara que derribara esa puerta en ese mismo instante, que jalara del cabello a Romina y abofeteara a Andrés frente a la madre de Romina, que dormía en el piso de abajo.
Sin embargo, su sentido común actuó más rápido. Atraparlos con las manos en la masa ahora solo provocaría un escándalo sin pruebas legales válidas para echar a Andrés a la calle sin un solo centavo.
Valeria respiró profundamente, calmando los latidos desenfrenados de su corazón. Con las manos ligeramente temblorosas, buscó en el bolsillo de su ropa, sacó el celular y activó el modo de grabación de video.
Despacio y sin hacer ruido, Valeria dirigió la cámara del celular justo hacia la rendija abierta de la puerta. En la pantalla del celular podía ver con claridad la silueta del cuerpo de su esposo y la de su amante, sumidos en aquel acto infame bajo la luz de la habitación. Valeria grabó todo durante varios minutos, capturando cada gemido y cada movimiento como el arma definitiva que destruiría sus vidas a la mañana siguiente.
Cuando consideró que era suficiente, Valeria detuvo la grabación. Cerrando los ojos con fuerza para contener las náuseas que le revolvían el estómago, tiró de la manija de la puerta hasta cerrarla por completo sin levantar sospechas.
Valeria se recargó contra la pared. La lágrima que había contenido desde hacía rato finalmente se escapó, una sola gota que le recorrió la mejilla, de pronto helada.
"¿Qué pecado cometí en el pasado, Dios mío...? ¿Por qué me castigas con tanta crueldad?", se lamentó Valeria en silencio.
Sus pensamientos volaron al pasado. A cuando Andrés todavía era un hombre pobre que ni siquiera podía comprarse un par de zapatos decentes para ir a buscar trabajo.
En aquel entonces, Andrés la amaba con locura, se arrodillaba frente a ella llorando y juraba en nombre de Dios que jamás le sería infiel.
¿Por qué, después de que toda la riqueza cayó en sus manos, Andrés pudo convertirse en un monstruo tan despiadado? ¿De verdad el dinero podía lavarle el cerebro y la conciencia a una persona?
Valeria se limpió las lágrimas con brusquedad. Lamentarse y llorar por un desgraciado como Andrés ya era algo completamente inútil y una pérdida de tiempo.
Valeria se irguió de nuevo; la mirada que antes era frágil ahora se volvió afilada como una navaja. Tenía un principio de vida inquebrantable: una vez traicionada, la puerta del perdón se cerraba para siempre, y jamás le daría una segunda oportunidad a un traidor.
"¡Diviértete todo lo que quieras, Andrés!"
Valeria sonrió con frialdad mirando la puerta de su habitación, que volvía a estar cerrada. La lágrima que había derramado ya se había secado, reemplazada por un destello de furia calculada. Sin perder tiempo, se alejó y sacó su celular.
La llamada apenas sonó una vez antes de que una voz grave al otro lado respondiera con tono respetuoso.
—Buenas noches, doña Valeria. ¿En qué puedo servirle?
—Don Rodrigo, ¡retire todas nuestras acciones en Grupo Monterrey ahora mismo! ¡Que no quede ni un solo por ciento!
Don Rodrigo al otro lado de la línea se quedó atónito por un instante.
—¿Se refiere a... la empresa del señor Andrés? Pero doña Valeria, un retiro repentino de acciones podría hacer que esa empresa colapse en cuestión de días.
Valeria soltó una risa cínica; no había la menor duda en su rostro.
—Precisamente ese es mi objetivo, don Rodrigo. Dígale al público y a la junta directiva que el Grupo Valcárcel nunca más va a hacer negocios con una rata como él.
—Entendido, doña Valeria. Lo proceso esta misma noche para tener el comunicado listo mañana por la mañana —respondió don Rodrigo con obediencia.
—Una cosa más —lo interrumpió Valeria antes de que su hombre de confianza colgara—. Presente una demanda penal y civil contra Grupo Monterrey. Tengo pruebas válidas de que adulteraron y rebajaron deliberadamente la calidad de los materiales de construcción que enviaron a los proyectos del Grupo Valcárcel para obtener ganancias personales. ¿Creyeron que podían tomarme el pelo?
Don Rodrigo respiró hondo, asombrado por la determinación de la gran señora.
—Extraordinario. Esas pruebas son más que suficientes para llevar al señor Andrés tras las rejas, doña Valeria. Los documentos de la demanda estarán listos mañana por la mañana.
—Perfecto. Gracias, don Rodrigo —dijo Valeria, dando por terminada la llamada.
Valeria bajó el celular y miró la pantalla que aún mostraba la grabación del acto infame de su esposo de unos minutos atrás.
"Elegiste a la rival equivocada, Andrés. ¿Creías que soy una simple ama de casa débil? Ya veremos si tu amante sigue a tu lado cuando estés en la miseria", pensó Valeria.