Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 8 — Un lugar adonde ir
Esa noche la lluvia caía despacio sobre el balcón de la mansión Ardián. Alya permanecía sentada en el suelo, abrazándose las rodillas. Había apagado la luz del dormitorio a propósito; solo quedaba el resplandor tenue que se colaba desde afuera.
Las palabras de León en la cafetería seguían ocupándole la cabeza.
Voy a divorciarme de ella.
El hijo se queda conmigo.
Cada frase se repetía en su mente como una pesadilla en bucle.
Alya agachó la cabeza y se llevó las manos al vientre.
—Perdóname, pequeña... —susurró apenas.
Casi había tardado demasiado en darse cuenta.
Si se quedaba en aquella casa, no solo ella terminaría destrozada.
También este bebé.
Y Alya no iba a permitir que nadie le arrebatara a su hijo.
Pasara lo que pasara.
La puerta del dormitorio se abrió con suavidad.
León entró con paso tranquilo mientras se quitaba el saco negro. Su mirada cayó de inmediato sobre Sabrina, sentada en silencio junto al balcón.
—¿Todavía no te dormiste?
Alya no respondió.
León arrugó levemente el entrecejo y se acercó.
—¿Estás molesta por lo de esta tarde?
Silencio.
El hombre exhaló con mesura.
—Vanessa es solo una vieja amiga.
Alya dejó escapar una risa breve.
Pero aquella risa sonó amarga.
—Tranquilo —dijo en voz baja, sin mirarlo—. No me importa.
Esa respuesta, lejos de tranquilizarlo, le produjo a León una incomodidad difusa.
Porque sin saber bien por qué...
Estaba más acostumbrado a ver a Sabrina furiosa o celosa que con esa frialdad glacial.
León la observó unos segundos antes de decir:
—No le des tantas vueltas. No es bueno para el embarazo.
Después se dirigió al baño.
Mientras tanto, Alya contemplaba la lluvia con la mirada vacía.
Ya había tomado su decisión.
Tenía que irse antes de que fuera demasiado tarde.
A la mañana siguiente, Alya se sentó sola en la sala con el teléfono en la mano. Sus dedos se detuvieron sobre un nombre en la lista de contactos.
Tío Ares.
El hermano menor de la madre de Sabrina.
La única persona que aún mantenía un vínculo cercano con Sabrina después de aquel matrimonio.
La familia Elvara era prominente y adinerada, pero también celaba con fiereza su reputación.
Y Sabrina la había hecho pedazos la noche en que terminó en la cama con León.
Porque antes de eso...
El padre de Sabrina ya le había concertado otro matrimonio.
Un hombre de una familia de abolengo empresarial, mucho más estable que León.
Pero Sabrina rechazó todo por León.
Aquella decisión dejó a su padre profundamente decepcionado.
Y la relación de Sabrina con su familia se enfrió tras la boda imprevista.
Alya tomó aire antes de pulsar la tecla de llamada.
La línea se conectó a los pocos segundos.
—¿Hola?
Una voz masculina, cálida, respondió desde el otro lado.
Alya sintió un alivio inmediato.
—Tío...
—¿Eh? ¿Sabrina? —el tono de Ares denotó sorpresa—. Qué raro que me llames.
Alya forzó una sonrisa débil.
—Sí...
—¿Estás bien? Me enteré de que estuviste internada.
—Estoy bien.
Ares guardó silencio un instante antes de hablar con delicadeza:
—¿Estás llorando?
La pregunta le calentó los ojos a Alya al instante.
Qué extraño.
Ella no era la verdadera Sabrina.
Y sin embargo, aquel cuerpo parecía reaccionar por cuenta propia cada vez que percibía un afecto genuino.
—Solo estoy cansada, tío.
La voz de Ares se tornó grave de inmediato.
—¿Hay problemas con León?
Alya se mordió el labio.
Quería contarle todo.
El plan de divorcio.
La intención de León de quedarse con el bebé.
Lo sola que Sabrina había estado todo ese tiempo.
Pero al final, lo único que logró decir fue:
—Si algún día me voy de esa casa... ¿me ayudarías?
Silencio durante unos segundos.
Después, la voz de Ares sonó perfectamente serena.
—Tu tío siempre va a estar para ti.
Y esa frase tan sencilla casi hizo que Alya rompiera a llorar.
Por la tarde, Alya salió a escondidas para reunirse con Ares en un restaurante privado.
En cuanto la vio entrar con el vientre abultado, el hombre se puso de pie al instante.
Ares era apuesto para su edad. Tenía la mirada cálida y un porte que contrastaba por completo con la rigidez de la familia Ardián.
—Estás más delgada.
Alya le dedicó una sonrisa breve y tomó asiento.
—Tú sigues igual que siempre.
Ares la contempló un buen rato antes de decir en voz baja:
—No eres feliz ahí, ¿verdad?
La pregunta dejó a Alya en silencio.
Ares exhaló con calma.
—Desde el principio te dije que León no era el hombre adecuado para ti.
—Lo sé.
—En aquel entonces eras terca como una mula. Hasta te enfrentaste a tu propio padre.
Alya bajó la mirada.
En los recuerdos de Sabrina, ella había luchado con uñas y dientes por León, incluso cuando su familia se lo reprochó amargamente.
Porque para la Sabrina de entonces...
Casarse con León era el sueño más grande de su vida.
Lástima que aquel sueño se convirtió en herida.
—Quiero irme, tío —dijo Alya al fin.
La expresión de Ares se volvió seria al instante.
—¿Estás segura?
Alya se llevó la mano al vientre con suavidad.
—Tengo que salvar a mi hijo.
Y por primera vez desde que despertó en el cuerpo de Sabrina...
Estaba completamente segura de su decisión.