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La Venganza Silenciosa de la Esposa

La Venganza Silenciosa de la Esposa

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Divorcio / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Nadhira ohyver

Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.

Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.

Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.

Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.

Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.

NovelToon tiene autorización de Nadhira ohyver para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Tania se quedó inmóvil en el vestíbulo de Hartadinata Internacional, con la vista clavada en la pantalla de su celular mientras un sudor frío comenzaba a perlarle las sienes. El bullicio del vestíbulo —los pasos apresurados, las conversaciones de los empleados— se desvaneció a su alrededor, dejando únicamente aquel mensaje breve martilleándole la mente. El corazón le latía desbocado, pero su sentido común tomó las riendas de inmediato.

—Farah —murmuró para sí—. Claro, esto es cosa de Farah. Solo está fanfarroneando.

Tania lo comprendió con frialdad. Farah no tenía pruebas reales; solo intuición afilada y celos desmedidos. No iba a caer en la precipitación ni en el pánico, porque el pánico delataría su punto débil. Inspiró hondo y dominó cada fibra de emoción que amenazaba con desbordarse.

Con toda calma, eliminó el mensaje. Acto seguido, bloqueó el número para no recibir más textos. Aunque el número quedó vetado, lo guardó como contacto bajo el nombre "Farah la Víbora", para tenerla vigilada más adelante.

Tania irguió la espalda, se alisó la ropa y echó a andar con el aplomo de una esposa legítima que sostiene las riendas. Estaba lista para enfrentar a Farah con la serenidad como única arma.

* * *

Esa noche, la mesa del comedor se sentía más tensa que por la mañana. Diego estaba absorto en su celular, ajeno a la atmósfera opresiva. Farah observaba a Tania con una expresión cargada de intenciones, los ojos rebosantes de suspicacia y malicia, tratando de quebrar su compostura. Tania fingió no percatarse; se concentró en su plato y mantuvo el control del escenario. Doña Carmen se limitó a observar en silencio, ocultando una sonrisa discreta ante el juego de su nuera.

Farah, incapaz de soportar aquel silencio, lanzó el anzuelo.

—Tania, se te ve agotadísima hoy. Trabajar en una empresa grande debe ser muy pesado, ¿no? —Había un dejo de sorna y superioridad en su voz.

Tania respondió con una sonrisa apenas esbozada.

—Para nada, Farah. Disfruto mucho mi trabajo. Sobre todo porque va con mi vocación.

* * *

Después de la cena, Diego, incómodo bajo la mirada suspicaz de Farah, le pidió que hablaran a solas. Se dirigieron al jardín trasero y, amparados por la oscuridad de la noche, se creyeron a salvo de los ojos de Doña Carmen y de Tania. Lo que ignoraban era que Tania había instalado un pequeño dispositivo de escucha en esa zona; desde su estudio, captaba cada palabra de la conversación.

—Diego, le mandé un mensaje de amenaza a Tania, pero no se inmutó en lo más mínimo —soltó Farah, exasperada—. Estoy segura de que se hace la tonta.

Diego exhaló un suspiro largo, irritado por la torpeza y la temeridad de Farah.

—Farah, ¿qué te pasa? Ya te lo dije: Tania es ingenua. No causes problemas; si ella empieza a sospechar, los perjudicados seremos nosotros. ¡El acuerdo prenupcial es lo que importa! —Golpeó con el puño la mesita del jardín.

Farah resopló.

—¡Pero, Diego! ¡Ella sospecha algo! ¡Estoy segura!

En su estudio, Tania escuchaba la grabación de la conversación entre Diego y Farah con una sonrisa satisfecha. Cada palabra, cada matiz de pánico en la voz de Diego, quedaba registrado a la perfección. Farah, ya caíste en mi trampa. Y tú, Diego, eres demasiado estúpido para ver lo que se avecina.

* * *

A la mañana siguiente, unos golpes secos en la puerta de la habitación de huéspedes rompieron el silencio. Doña Carmen aguardaba de pie en el umbral, el rostro severo, despojado de toda amabilidad fingida.

—¡Farah! ¡Arriba! —ordenó con voz impregnada de autoridad—. Tania ya no puede seguir preparando el desayuno; tiene que ir a trabajar. Ahora te toca a ti reemplazarla.

Farah, todavía medio dormida, resopló con fastidio. Pero el tono de Doña Carmen no admitía réplica. A regañadientes, se levantó y siguió a la señora hasta la cocina, refunfuñando entre dientes sobre lo injusto de su suerte. Después de esto podré descansar tranquila en la casa y ganarme el cariño de Diego, pensó.

En la mesa, Diego y Tania ya estaban sentados esperando. Tania lucía impecable y profesional; Diego, en cambio, seguía enfrascado en su celular. Farah depositó los platos en la mesa; un leve olor a quemado flotó en el aire.

Se sentó con una sonrisa forzada.

—Perdón, Diego, la comida me quedó un poquito pasada.

Diego probó un bocado. Su expresión se transformó al instante; contuvo el sabor extraño en la boca. Contempló el plato, luego desvió la mirada hacia Tania, cuyo desayuno siempre era perfecto.

—Mmm... sí... tiene un sabor... peculiar, Farah —dijo, intentando ser cortés, aunque la decepción se le notaba en los ojos—. Muy diferente a la cocina de Tania.

Sin darse cuenta, Diego empezó a comparar la comida de Farah con la de Tania. Ella, que siempre le preparaba su desayuno favorito de manera impecable, se limitó a guardar silencio y a sonreír discretamente detrás de su taza de café, saboreando esa pequeña victoria.

Farah, al oír la comparación, se enfureció. Pero antes de que pudiera protestar, Tania se le adelantó con voz suave y un aire de aparente defensa.

—Quizá Farah todavía está aprendiendo, Diego —dijo con un tono que sonaba sincero pero destilaba ironía—. Con el tiempo se irá acostumbrando y su sazón mejorará. Su futuro esposo será muy afortunado... es perfecto que pueda practicar aquí para convertirse en una buena esposa.

El rostro de Farah enrojeció hasta las orejas. Sabía que Tania la estaba provocando. Alcanzó a captar la fugaz sonrisa triunfal en sus labios.

¡Si pudiera grabar esa cara!, pensó Farah, ardiendo de rabia. ¡Para que Diego vea que Tania no es la esposa ingenua y dócil que él cree!

Tania se puso de pie, lista para marcharse.

—Me voy, Doña Carmen, Diego —dijo con naturalidad, dejando atrás a Diego, que aún contemplaba el desayuno en su plato, y a Farah, acorralada y furiosa.

Tania cruzó la puerta con una mueca satisfecha. Su plan de venganza seguía su curso sin tropiezos: un paso pequeño, pero significativo, para abrirle los ojos a Diego.

Iba a administrarle a Farah una terapia de choque, gota a gota.

* * *

En la empresa Hartadinata.

Esa mañana, en el estacionamiento de Hartadinata Internacional, Renzo acababa de bajar de su auto. Sus ojos captaron la silueta elegante de Tania, que descendía de un pequeño auto amarillo. Renzo vio la oportunidad perfecta para cumplir las instrucciones de Rey. Esperó a que Tania entrara al vestíbulo del edificio y se aseguró de que estuviera a salvo adentro.

Luego caminó con paso pausado y calculador hacia el auto de Luna, que se disponía a marcharse. Luna se sobresaltó al encontrar el rostro de Renzo justo frente a su ventanilla, con los nudillos golpeando el cristal.

Desde el interior, Luna presionó el botón y la ventanilla del lado izquierdo se deslizó hacia abajo.

—¿Se le ofrece algo? —espetó Luna con sequedad. Cara de pocos amigos, sin rodeos.

—¿Podríamos conversar un momento? —preguntó Renzo, cuidando de mantener un tono amable.

—¿Conversar? ¿Para qué voy a hablar con usted? Ni nos conocemos —replicó Luna, y ya iba a subir la ventanilla.

—Acabo de ver a la señora Tania bajar de su auto —la interrumpió Renzo rápidamente—. Si no es indiscreción, ¿qué relación tiene usted con la señora Tania?

—Ay, por favor, ¿y tú quién eres? —estalló Luna, encendida—. ¿Por qué te metes tanto en la vida ajena? Cara de tipo rudo, pero chismoso como vecina de barrio.

Renzo contuvo a duras penas la risa, sorprendido por la fiereza de aquella mujer.

—¿Podríamos hablar allá, señora? —insistió, señalando un pequeño jardín junto al estacionamiento.

—Señora, señora, señora... ¿Qué, soy tu mamá o qué? —protestó Luna, pero al final apagó el motor y bajó del auto.

Caminaron juntos hasta el jardín contiguo al estacionamiento.

—Rápido, ¿qué quieres decirme? ¡No tengo todo el día! —lo apremió Luna, cruzándose de brazos, con el ceño todavía fruncido.

Renzo soltó un breve suspiro. Era la primera vez que se enfrentaba a una mujer tan directa como Luna.

—Mire, si no es molestia, ¿cuál es su relación con la señora Tania?

—¡Otra vez con lo de "señora"! —protestó Luna de nuevo—. Soy soltera, no soy ninguna señora.

—Está bien, está bien, entonces ¿cómo debo llamarla?

—Luna —respondió escuetamente, sin abandonar su gesto adusto.

—De acuerdo, Luna —concedió Renzo—. Entonces, ¿qué relación tienes con la señora Tania?

—¿Por qué andas preguntando por la vida de los demás? ¿Acaso todos los empleados de Hartadinata son tan entrometidos como tú? —Luna no paraba de hablar—. No te hagas el listo, ¿eh? Tania está casada. Y yo, como su mejor amiga, no voy a permitir que otro hombre más le haga daño. —Por lo que Luna dejó escapar, Renzo dedujo que el matrimonio de Tania no marchaba nada bien.

Renzo, exasperado por la verborrea de Luna, le tapó la boca con la mano sin pensarlo, cortándole el torrente de palabras. Luna montó en cólera; los ojos se le abrieron como platos. Renzo retiró la mano de inmediato y se disculpó.

—Perdón, perdón, no fue mi intención, Luna —se apresuró a decir, con el rostro enrojecido de vergüenza—. No tengo malas intenciones con la señora Tania. Solo cumplo órdenes de mi jefe, el señor Rey. Ni yo mismo entiendo por qué me pidió averiguar sobre ella; supongo que quizás ambos compartieron alguna historia en el pasado.

—¿El señor Rey es tu jefe en la empresa? —preguntó Luna, suavizando un poco el tono al recordar su plan de emparejar a Tania con alguien influyente.

—Sí, es el hijo de don Herry, el dueño de Hartadinata.

—¿Y es guapo? —En vez de responder a la pregunta de Renzo, Luna disparó otra muy distinta; le brillaron los ojos de curiosidad.

—¿Por qué la curiosidad? —Renzo le devolvió sus propias palabras con una sonrisa socarrona. Luna bufó, molesta.

—No pienso decirte nada a menos que me organices una reunión con tu jefe. Déjame evaluarlo primero, a ver si la información que le dé no pone en riesgo a mi amiga.

—De acuerdo —aceptó Renzo—. Antes tendré que consultarlo con el señor Rey. Siendo así, ¿puedo pedirte tu número de celular, Luna?

—Típico pretexto —se burló Luna, pero aun así le dictó su número.

Renzo esbozó una sonrisa discreta, satisfecho por haber conseguido aquel contacto valioso. Finalmente se separaron en ese jardín, cada uno con una misión recién colisionada contra la del otro.

Continuará...

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Adarely Garcia
esta interesante, pero ya se hizo muy monótono... cómo puede llevar 7 meses teniendo a esos son en su casa y con todas las pruebas que lleva, no ha hecho nada 😠😬
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