El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo XIII La valentía de la Luna
Punto de vista de Alexander
La mañana llegó y con ella mi determinación absoluta de hacer que Amelia aceptara nuestro vínculo para, finalmente, poder reclamarla como mía frente a todo el mundo.
Fui a la vivienda de los omegas a buscarla early. Desde la puerta de entrada, antes de tocar, alcancé a escuchar las risas limpias de los tres. Ellos eran reales, sinceros, sin las máscaras ni las maquinaciones políticas que infestaban la casa principal de la manada. Eso era precisamente lo que mi alma anhelaba tener.
—¿Te gustaría conocer el pueblo hoy? —preguntó Camilo con entusiasmo desde adentro.
—Sería increíble... aunque temo el rechazo de los demás —admitió la voz de Amelia, notándose transparente y sincera.
—Si estás a nuestro lado nadie se meterá contigo —comentó el joven omega con orgullo—. Además, muchos de los guerreros de la guardia exterior están profundamente en deuda con la doctora humana que les salvó la vida.
Empujé la puerta y entré en la casa. En cuanto los hermanos sintieron la densidad de mi presencia, se pusieron en pie de inmediato e hicieron una inclinación de cabeza.
—Alfa, bienvenido a nuestro humilde hogar —dijo Camilo en señal de respeto.
—Buenos días. Espero no interrumpir —fui directo al grano, fijando mis ojos dorados en mi pareja—. Amelia, tenemos que hablar.
—Buenos días, Alexander —contestó ella con una serenidad que me desarmó—. Por favor, pasa, desayuna con nosotros y después podemos ir a hablar con calma.
Sin más opciones, me senté a la mesa de madera rústica junto a los omegas. Esto era algo que nunca en la historia de la manada se había visto: el Alfa comiendo en el plato de la clase más baja. Elena, nerviosa, me sirvió un tazón de estofado caliente y una taza de café recién hecho.
—Gracias, Elena —dije con suavidad, intentando relajar la tensión del ambiente.
Amelia me observaba de reojo con una pequeña chispa de curiosidad en la mirada. Verla allí, sirviéndome el café sin ningún temor hacia mi título, hizo que Bruno rugiera de satisfacción en mi pecho.
Desayunamos en un silencio cómodo. Al terminar, me puse de pie y le extendí la mano a Amelia.
—¿Me concedes el honor de acompañarte a caminar por el pueblo? —le pedí, sosteniéndole la mirada.
Amelia dudó por un segundo, miró a Elena —quien le asentía disimuladamente con la cabeza para darle ánimos— y finalmente colocó su pequeña mano sobre la mía. La descarga de calor que recorrió mi piel al tocarla casi me hace perder la compostura.
Salimos a las calles empedradas de la manada. El sol matutino iluminaba las casas de madera y piedra. A medida que avanzábamos, los aldeanos y guerreros se detenían a mirar. Las murmuraciones no tardaron en aparecer, pero la actitud de Amelia cambió en cuanto pasamos cerca de la herrería.
—¡Doctora Amelia! —gritó un guerrero corpulento, el mismo a quien ella le había cosido la pierna dos días atrás. El hombre se acercó a paso firme y colocó su mano en el pecho, haciendo una reverencia no hacia mí, sino hacia ella—. Mi pierna está sanando perfectamente. Gracias por no dejar que me la amputaran.
—Es mi trabajo, Thomas. Asegúrate de no hacer esfuerzos pesados hoy —respondió ella con una sonrisa cálida que iluminó todo el lugar.
Ver el respeto genuino en los ojos del guerrero me llenó de un orgullo indescriptible. Amelia no necesitaba garras ni un lobo para imponerse; su valentía y su devoción por salvar vidas ya estaban conquistando a mi gente.
Sin embargo, el momento de paz duró poco. Al llegar a la plaza central, una voz chillona y llena de veneno cortó el aire.
—¡Qué espectáculo tan lamentable! —exclamó Sabrina, saliendo del edificio de administración flanqueada por dos ancianos del Consejo de la manada—. El gran Alfa de la Manada del Norte paseando a una simple humana como si fuera la reina de este territorio. ¿Acaso perdiste la cordura, Alexander?
Los dos concejales miraban a Amelia con profunda desprobación. Sentí a la bestia en mi interior arañar mis costillas, exigiendo sangre por la humillación que pretendían hacerle a mi mate.
Amelia dio un paso al frente, zafándose suavemente de mi agarre, y miró a Sabrina directamente a los ojos sin pestañear.
—Si el Alfa perdió la cordura o no, es asunto de él —declaró Amelia con una frialdad impecable—. Pero tú deberías empezar a preocuparte por tu propia cordura, Sabrina, porque pareces obsesionada con una humana que, según tú, no vale nada.
Los ancianos del consejo se quedaron atónitos ante la audacia de Amelia, mientras la cara de Sabrina se tornaba roja de pura rabia.
—Usted no puede dirigirse de esa manera a la hija de un Alfa —intervino uno de los ancianos con la cara roja de furia.
—A mí nadie me viene a humillar en mi propia cara —replicó Amelia con una firmeza helada, dando un paso al frente sin intimidarse—. Y mucho menos una mujer que vive de las migajas de la atención de un hombre que no la quiere.
Bruno erguía el pecho dentro de mí, vibrando de puro orgullo por el carácter indomable de nuestra compañera.
—Te lo dije ayer y te lo repito hoy —amenazó Sabrina, dando un paso amenazante mientras sus garras comenzaban a asomar por la rabia—: soy la futura Luna de esta manada. Espero que para cuando mi reclamo sea oficial ya no estés aquí... porque si sigues merodeando, me encargaré personalmente de destruirte.
Amelia no retrocedió ni un solo milímetro. Lo sostuvo la mirada con una frialdad impecable.
—Primero preocúpate por lograr que te conviertan en "Luna". Después vienes a darme órdenes.
—¡Suficiente insolencia! —rugió el anciano más antiguo del Consejo, golpeando su bastón contra el suelo—. Esta mortal debe aprender cuál es su lugar. ¡Exijo que sea sometida a veinte latigazos en la plaza por faltarle al respeto a la jerarquía!
En ese instante, el ambiente se congeló.
El aire alrededor de la plaza se volvió denso, pesado y difícil de respirar. Bruno soltó un rugido tan feroz en mi interior que la tierra bajo nuestros pies pareció temblar. La sonrisa triunfal de Sabrina se desvaneció en un segundo cuando la sombra de mi aura de Alfa cubrió la plaza por completo.
Me puse delante de Amelia, bloqueándola con mi cuerpo y encarando al Consejo con los ojos dorados encendidos en llamas salvajes.
—¿Te atreves a dictar sentencias en mi presencia, anciano? —mi voz no fue un grito; fue un gruñido cavernoso, distorsionado por la bestia, que hizo que los dos concejales dieran dos pasos atrás por puro instinto de supervivencia—. Se los voy a dejar ridículamente claro a todos: quien ose ponerle un solo dedo encima a Amelia, morirá por mi propia mano.
El silencio en la plaza fue absoluto. Nadie se atrevió a respirar.
—Yo soy el Alfa de esta manada —sentencié, dando un paso amenazante hacia el Consejo hasta hacerlos bajar la mirada—. Por encima de mi autoridad no hay nadie. Y si el Consejo vuelve a amenazar a la mujer que está bajo mi protección personal, consideraré sus palabras como una traición directa a la corona.
Giré sobre mis talones, tomé la mano de Amelia con firmeza pero con delicadeza, y me la llevé de allí sin volver a mirar atrás, dejando a Sabrina y a los ancianos temblando de rabia e impotencia.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto