Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
Capítulo 17: Te extraño
Esa tarde, al salir de la empresa, me sonó el teléfono en la banqueta.
Era mi mamá. Doña Marisol, con la voz temblona.
—Mija. Ya. Ya salió tu papá del hospital. Mañana lo dan de alta. Se salvó, Sofía. Se nos salvó.
Me tuve que recargar en la pared. Se me doblaron las rodillas de puro alivio. El médico decía que ya no podría con el trabajo pesado del cafetal, nunca más, pero estaba vivo, iba a estar vivo, y ese peso que yo venía cargando desde que empezó todo —el dinero, el hospital, el miedo— se me cayó de los hombros de golpe.
Lloré ahí, sola, en la banqueta, con la gente pasando y volteándome a ver, y no me importó. Llora cuando quieras llorar, me había dicho él. Y lloré de gusto, por primera vez en meses.
Cuando me calmé y quise irme a la casa, mis pies me llevaron solos. No al departamento que rentaba con Alondra. A la casa de Damián.
Y ahí, subiendo en el elevador, me cayó el veinte con un vuelco en el pecho: su casa ya es mi casa. Sin haberlo decidido. Ya no sé dónde vivo yo.
—————
Crucé la puerta y él estaba en el sillón, con la camisa arremangada y unos papeles. Levantó la vista, me vio la cara todavía roja de tanto llorar, y dejó los papeles.
—¿Qué pasó?
—Mi papá. Sale mañana. Se salvó. —Y se me volvió a quebrar la voz.
Damián no dijo nada cursi. Solo abrió el brazo, y yo me metí ahí, y me apretó fuerte, y me dejó llorar lo que me faltaba contra su camisa.
Cuando por fin me sequé, hice un puchero para aligerar el aire.
—Hoy nada más platicamos, ¿eh? —le puse las manos en el pecho, jugando—. Nada de lo otro. Ando cansada y sentimental. Solo platicar.
Él arqueó una ceja con esa sorna suya.
—Como usted diga, señorita Nieto.
Mentiroso.
Empezó con un beso en la frente. Nada más. Después otro en la sien. Después uno lento en el cuello, justo abajo de la oreja, donde sabía que me deshacía, y yo protesté —"dijiste que nada más platicar"— y él murmuró contra mi piel "estoy platicando, mira nada más cuánto te digo", y me fue recostando en el sillón sin prisa ninguna.
Me fue quitando la ropa de a poquito, no con la urgencia de las otras veces, sino como quien tiene toda la noche y no piensa desperdiciarla. Me besó el hombro, la clavícula, me bajó el tirante con un dedo. Me recorrió con las manos abiertas, despacio, aprendiéndome de nuevo, y con cada caricia yo sentía que se me subía el calor a la piel sin permiso, que se me arqueaba la espalda sola, que ya no era el trato, que ya no eran los quinientos mil, que era yo, mi cuerpo, mis ganas, buscándolo.
Me llevó al borde con la mano y con la boca, despacio, atento a cada respingo mío, midiéndome.
—¿Sí? —preguntó, ronco, deteniéndose justo antes—. ¿Quieres que…?
—No —dije, roja, muriéndome—. Dijiste que no. Aguántate.
—Aguántate tú —se rió bajito contra mi vientre, y no paró.
Me sostuvo ahí, en la orilla, mucho rato, hasta que yo misma, temblando, con la cara ardiendo de vergüenza y de deseo, me di cuenta de la verdad: lo deseaba. No lo necesitaba por la deuda. No lo aguantaba por el trato. Lo quería. Con todo el cuerpo. Y esa vergüenza dulce, la de descubrirme deseando a un hombre por gusto y no por pago, fue lo que más me sacudió de toda la noche.
—————
Después, en la oscuridad, con mi cabeza en su pecho, Damián habló distinto. Con una voz que yo no le conocía, más baja, sin filo.
—Llevaba casi cinco años sin tocar a una mujer —dijo, mirando el techo—. Antes de ti.
Me quedé muy quieta.
—¿Por qué?
Tardó en contestar.
—Roxana andaba siempre rondando. La evitaba porque era amiga de… —se detuvo— de alguien. De una mujer con la que anduve. Verla a Roxana me la recordaba a ella. Como una cachetada, cada vez.
Y entonces me contó. Sin autocompasión, con un dolor seco, como quien lee un expediente viejo. Nadia. Nadia Reyes. La conoció cuando él no era nadie, cuando quebró tres veces y no tenía ni para comer. Ella lo mantuvo un tiempo. Y cuando él tocó fondo por tercera vez, cuando no le quedaba nada, ella se fue. Con otro. Le rogó de rodillas que no lo dejara —él, Damián Godoy, el Verdugo, de rodillas— y ella se fue igual.
—Caí en un pozo del que tardé años en salir —dijo—. Y cuando salí, me juré dos cosas. No volver a arrodillarme por nadie. Y no volver a entregarle el corazón a nadie. —Hizo una pausa—. De ahí salió el que todos le temen. No nací así, nena. Me hicieron así.
No supe qué decir. Le tomé la mano en la oscuridad y se la apreté. El hombre de hielo tenía, debajo, una quemadura vieja.
—————
Esa madrugada, mientras yo dormía, Damián soñó.
Soñó que estaba en el andén de una estación, y que Nadia se subía a un tren, y que él, por primera vez, no corría atrás. Que le decía adiós con la mano, en paz, sin rencor, y la veía irse sin que le doliera. Despertó liviano, con una ligereza que no recordaba desde hacía años, y se dio cuenta, de golpe, de algo que lo sacudió:
Desde que yo había llegado a su vida, no había vuelto a pensar en Nadia. Ni una sola vez. La sombra que lo había perseguido cinco años se había disuelto sola. Y la había disuelto yo, sin proponérmelo, con mis cremas en su baño y mis cólicos y mis "nene".
Me miró dormir un rato, largo, con el pelo revuelto sobre su almohada y una mano metida bajo su costado, y sintió algo que le apretó el pecho: no quería que me fuera. Nunca. Y eso, para un hombre que se había jurado no volver a necesitar a nadie, era casi peor que una amenaza.
—————
Los días siguientes fueron de una calma rara, dulce, como de convalecencia.
Y una tarde pasó lo que le dio nombre a todo.
Yo estaba en la oficina, tarde, cerrando unos pedidos, y Damián me marcó para una cosa de trabajo —un proveedor, un pago, no me acuerdo bien—. Arreglamos el asunto en dos minutos. Y después ninguno de los dos colgó.
Nos quedamos así, cada quien en su lado de la ciudad, con el teléfono pegado a la oreja, hablando de nada. De que si ya había cenado. De que el proveedor era un baboso. De una película que ninguno de los dos había visto. La llamada se fue alargando sola, de negocio a plática, de plática a esa cosa tibia que se dice cuando ya no hay nada urgente que decir y uno solo quiere seguir oyendo la respiración del otro.
—Bueno —dije al fin, aunque no quería—. Te dejo, que ya es tarde.
—Ajá.
Ninguno colgó.
—Damián.
—Mmh.
—Te extraño —se me salió. Así, sin pensarlo. Con él a diez minutos de distancia, en la casa a la que yo iba a llegar en un rato, y aun así—: Te extraño.
Se hizo un silencio en la línea. Uno de esos que pesan.
Y del otro lado, con esa voz baja que solo usaba conmigo, Damián no lo desmintió, no se burló, no se hizo el duro.
—Yo también —dijo.
Nada más. "Yo también". Pero fue como si se cayera una pared. La línea del trato —los quinientos mil, el acuerdo, el "eres mi antojo"— se volvió esa noche, sin que ninguno lo firmara, sin que ninguno lo nombrara del todo, un noviazgo de verdad. De los que extrañan. De los que duelen si faltan.
Colgué y me quedé mirando el teléfono con una sonrisa de tonta.
—————
Esa misma noche, cuando llegué, él ya estaba dormido.
Pero en la mesa de noche, del lado de él, la pantalla del celular se encendió un momento cuando la rocé sin querer. Y alcancé a ver, antes de que se apagara, la pantalla de contactos abierta en una letra, y un espacio vacío donde, supe después, esa madrugada él había estirado el brazo, buscado un nombre, y lo había borrado sin decir una palabra.
Un nombre que la pantalla mostró un segundo antes de desaparecer para siempre:
Nadia.
Yo no entendí lo que veía. Apagué la pantalla, me acosté a su lado, y me dormí abrazándolo, sin saber que esa noche él había cerrado, en silencio, la puerta de una herida de cinco años. Por mí. Para que lo que sentía por mí fuera limpio, sin fantasmas. Aunque yo tardaría en enterarme, y aunque el nombre borrado volvería, más adelante, a tocar a nuestra puerta en persona.