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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:786
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Cap 6: El callejón

La víspera del examen, Herminia me mandó por pan cuando ya estaba oscureciendo.

Yo tenía el lápiz y los papeles preparados sobre la cama. Los guardé en la bolsa de tela que llevaba cruzada; no quería que desapareciera nada mientras estaba fuera. Quise preguntarle por qué no iba Bianca, pero ella ya me estaba poniendo las monedas en la mano.

—Y no te entretengas.

Me fui por la calle de los comercios, donde todavía quedaban algunas cortinas abiertas. Con poca luz me costaba distinguir los desniveles de la banqueta; prefería pasar frente a los escaparates encendidos. Había mejorado de la fiebre, aunque las piernas se me cansaban pronto. Solo quería volver, dejar todo listo y dormir.

Ulises me esperaba cerca de la panadería. Con él había otros cinco muchachos. Reconocí a dos de los que se reunían con él por las tardes.

—Mi mamá dice que vengas con nosotros.

—Me mandó por pan.

—Ya no hace falta.

Intenté pasar por el lado del puesto cerrado. Uno de los muchachos se movió para taparme.

—¿Adónde quieren que vaya?

—A un lugar. Mañana te llevamos.

Miré a Ulises. Él sostuvo la mirada y sonrió. Al día siguiente, si yo no aparecía en el examen, Herminia tendría otra explicación que darle a Lázaro: la niña se había ido por su cuenta, la niña desperdiciaba las oportunidades.

No sabía si el maestro la creería. No quería averiguarlo encerrada en alguna parte.

—Está bien. Espérame, se me soltó la agujeta.

Me agaché cerca de la esquina. Desde allí podía ver el cruce, donde aún pasaban coches. No intentaba llegar a casa; quería alcanzar la luz y hacer que alguien se detuviera.

Cuando uno se volvió para hablar con Ulises, corrí.

Alcancé a gritar una vez. Él me agarró del suéter antes de llegar al cruce y tiró hacia atrás. Perdí el equilibrio. La cachetada llegó cuando intentaba levantar la cabeza.

Me tapó la boca y me arrastró hacia un pasaje de servicio. Mordí su mano. Me la quitó con un insulto y otro me sujetó por los brazos.

—Camina, pinche escuincla.

No podía apoyar bien los pies. Miraba las puertas, buscando una que estuviera abierta. Al fondo del pasaje había un portón y una luz encendida. Me dejé caer para obligarlos a detenerse.

El del encendedor se agachó a jalarme. Se le cayó al suelo cuando alguien habló desde el portón.

—Suéltenla.

Ulises levantó la vista. El muchacho que había salido llevaba unas llaves en la mano. Parecía molesto por el ruido; detrás de él se veía parte de un coche.

—Santiago —dijo Ulises—. No, es mi hermana. La estamos llevando a la casa.

Me aflojó el brazo. Los otros dejaron de reírse.

El muchacho miró cómo me sujetaban y después a mí, en el suelo. No dijo nada. Yo no sabía cuánto duraría su curiosidad antes de que aceptara la explicación de Ulises.

Recogí el encendedor. Lo prendí lo justo para iluminarme la cara.

—Mira cómo me está llevando.

El labio me goteaba. Quise limpiarlo, pero mantuve la mano quieta para que alcanzara a verlo.

—Me quieren encerrar hasta mañana. Tengo un examen.

—No le creas —dijo Ulises—. Se pone así porque…

Santiago sacó el teléfono.

—¿Le marco a alguien de tu escuela para que vengas a explicarlo?

Ulises me soltó por completo. Yo me pegué a la pared, fuera del alcance de su mano.

—Ya nos íbamos.

—Pues vete.

Los otros fueron saliendo primero. Ulises tuvo que seguirlos. Al pasar junto a mí me dijo algo entre dientes, demasiado bajo para que Santiago lo oyera. No le contesté. Estaba intentando enderezar las piernas sin caerme otra vez.

Santiago esperó hasta que se fueron.

—¿Puedes caminar?

Asentí. Cuando lo intenté, tuve que apoyarme en la pared.

Él guardó el teléfono y abrió el portón. No me agarró. Esperó, con las llaves en la mano, hasta que llegué al coche.

—¿Adónde te llevo?

Pensé en la casa. Herminia preguntaría por el pan y Ulises tendría tiempo de contarle su versión.

—A Boutique Praga. La dueña me conoce.

Le indiqué el camino. Durante el trayecto quiso saber qué examen presentaba y a qué hora. Contesté lo necesario, con la manga en el labio. Me daba vergüenza manchar el asiento y me daba más rabia estar pensando en eso.

Me dejó frente a Praga. La cortina del local estaba abajo, pero había luz en la puerta de la vivienda.

—No te vuelvas por donde está tu hermano —dijo.

—No es mi hermano.

Santiago miró hacia la calle por la que habíamos venido.

—Mejor.

Toqué. Él esperó hasta que Susana abrió y luego arrancó sin despedirse.

Susana me hizo entrar. Me limpió con agua y una gasa mientras yo le explicaba lo del examen. Cada vez que decía Ulises, apretaba un poco más la boca.

—Tú esta noche te quedas aquí. Yo aviso que estás conmigo.

Le agarré la muñeca.

—No deje que me lleven.

—No van a pasar de esa puerta.

Le creí lo suficiente para soltarla. Cenamos en la trastienda. Después revisó conmigo que tuviera los documentos y me puso una cobija en el cuarto donde guardaba las cajas.

Antes de acostarme fui a comprobar la cerradura. Susana me oyó y no se burló. Me mostró dónde estaba el interruptor de la luz por si despertaba de noche.

Dormí a ratos. Cada vez que abría los ojos, tardaba un momento en recordar que no estaba detrás de la cortina de Bianca.

Por la mañana, Susana me hizo comer y me prestó un lápiz de repuesto. Me dolía el labio al morder, así que tuve que ir despacio aunque quisiera salir corriendo.

Santiago estaba junto a su coche.

—Voy al Monteverde —dijo cuando me vio—. Súbete.

Susana lo saludó desde la puerta. Yo la miré para confirmar que estaba bien irme con él. Ella asintió y me recordó que después del examen volviera a contarle.

En el camino supe que Santiago Ríos estudiaba preparatoria allí. Secundaria y prepa compartían instalaciones. Ulises lo conocía de las canchas y de los grupos que organizaban las fiestas; anoche había temido perder delante de él más de lo que temía mis gritos.

—¿Por qué volviste? —pregunté.

Santiago señaló el portón de la escuela, al que ya nos acercábamos.

—¿No querías llegar?

No insistí. Me bajé con mis papeles y los dos lápices.

Dentro, una maestra comprobó mi nombre. Me preguntó por el labio y le dije que me habían revisado. Esperó a que pudiera beber agua antes de indicarme el salón.

Me senté cerca del pizarrón. Había conseguido entrar. Ahora las hojas, las preguntas y el tiempo del reloj dependían de mí.

Repartieron español y matemáticas. Reconocí el tipo de ejercicios. Coloqué el lápiz de repuesto al borde del pupitre y alguien lo alcanzó antes de que rodara al suelo.

—Se te iba a caer.

Volteé para dar las gracias.

Rogelio tenía doce años. La cara redonda, el cabello peinado con agua. Me tendía el lápiz y una goma nueva, esperando que los tomara.

Durante un segundo volví a oírlo arriba de la escalera: "Papá está aquí".

Tomé mi lápiz sin tocarle los dedos.

—La goma no.

El maestro pidió silencio. Rogelio se volvió hacia su examen y yo tuve que leer tres veces la primera pregunta antes de entenderla.

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