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Las Enseñanzas Del Bambú

Las Enseñanzas Del Bambú

Status: Terminada
Genre:Época / Completas
Popularitas:539
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.

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Capítulo 2: La lección de la hoja en el río

​El comedor de la posada El Cisne Blanco no estaba diseñado para acoger a la alta aristocracia de la capital, y mucho menos a un duque que consideraba que la distancia idónea entre dos comensales debía calcularse en varas y no en pulgadas. Las vigas de roble ahumado del techo dependían de la buena voluntad de los siglos para no venirse abajo, y el aire olía a una mezcla densa de estofado de cordero, cerveza negra, cera de abejas y la leña húmeda que chisporroteaba con perezoso desganas en la chimenea principal.

​Lordian Augustus Vance ocupaba una mesa rincón, apartado del alboroto de los parroquianos locales. Tras la catástrofe del roble y el barrizal, había logrado cambiarse de ropa gracias a una maleta de viaje secundaria que su cochero Thomas había salvado de la berlina. Ahora vestía una camisa de lino blanco pulcro —aunque sin el bordado fino al que estaba acostumbrado—, un chaleco de paño oscuro pulidamente abotonado hasta el último ojal y una chaqueta de corte sencillo pero impecablemente cepillada.

​Su corbata, una tira de seda sobria, lucía de nuevo un nido perfecto, simétrico y despiadado.

​Frente a él reposaba un plato de barro con estofado de carne y una jarra de cerveza que no pensaba probar. Tenía en la mano derecha un tenedor de estaño cuyas púas no estaban del todo alineadas, un detalle que le provocaba una sutil y constante contracción muscular en el párpado izquierdo cada vez que lo miraba.

​—El problema de este lugar —murmuró Lordian para sí mismo, repasando con ojo clínico la mesa de madera mal cepillada— no es la falta de lujo, sino la ausencia total de un método organizativo. Los platos se sirven sin orden cronológico y la distribución del espacio desafía cualquier noción básica de geometría social.

​—Si sigues analizando la carne con esa cara de fiscal de la Corona, la comida va a enfriarse por pura vergüenza, señor Vance.

​La voz irrumpió en su radio de tranquilidad con la fuerza de un vendaval veraniego.

​Lordian alzó la vista despacio.

​Genevieve acababa de aparecer al lado de su mesa portando una bandeja de madera con una taza de té humeante y una manzana roja como el carmín. Se había cambiado el vestido embarrado por uno de tela sencilla de algodón de color lavanda, de mangas recogidas hasta los codos y sin el menor rastro de enaguas rígidas. Su cabello, aunque ya no contenía briznas de hierba, seguía negándose a someterse a los moños apretados de la época; caía en bucles desordenados sobre sus hombros, sujetos apenas por una cinta de terciopelo gastado.

​Y lo peor de todo, según el criterio de Lordian, era que sonreía. Una sonrisa amplia, descarada y llena de una vitalidad que resultaba casi ofensiva para un hombre que intentaba mantener el decoro.

​—Señorita Genevieve —saludó Lordian, componiendo una inclinación de cabeza tan breve que apenas desplazó un pulgada de aire—. Observo que ha sobrevivido a su caída del árbol sin mayores daños estructurales.

​—Oh, mi estructura está intacta, gracias por preocuparse —dijo ella, apoyando las manos en el respaldo de la silla vacía frente a él—. ¿Me permite? Las demás mesas están ocupadas por granjeros que hablan a gritos sobre el precio de la avena, y usted parece necesitar desesperadamente la compañía de alguien que no sea su propio malhumor.

​Sin esperar una invitación formal que jamás habría llegado, Genevieve apartó la silla y se sentó de un brinco. Tomó la manzana entre sus manos, la frotó contra la manga de su vestido y le dio un mordisco sonoro, crujiente, que hizo que un anciano de la mesa vecina se girara a mirar.

​Lordian cerró los ojos un instante y exhaló en tres tiempos.

​—Existen normas no escritas de etiqueta, señorita, que sugieren que una dama no debe sentarse a la mesa de un desconocido sin la presencia de una carabina o, al menos, un consentimiento previo expreso.

​—La etiqueta es una invención de la gente que tiene demasiado tiempo libre y muy poca imaginación —replicó Genevieve con la boca aún a mitad de masticar, aunque masticaba con una gracia tan natural que hacía difícil juzgarla—. Además, ya nos conocemos. Hemos rodado juntos por el barro, señor Vance. Eso nos convierte en viejos amigos o en socios de catástrofe. Elija usted el título.

​—Prefiero el término "víctima de un accidente provocado" —puntualizó él, tomando el tenedor deforme para pinchar un trozo de patata con precisión quirúrgica.

​Genevieve lo observó. Se apoyó de codos sobre la mesa —otra violación flagrante de las normas de urbanidad— y apoyó la barbilla en sus palmas, mirándolo con unos ojos verdes que brillaban a la luz de las velas como dos esmeraldas descaradas.

​—Mírese —dijo suavemente, aunque con una clara vena de burla—. Come como si estuviera resolviendo un problema de álgebra. Mueve el tenedor en ángulos rectos, no parpadea mientras mastica y apuesto a que está contando los masticados antes de tragar.

​Lordian se detuvo con el tenedor a mitad de camino hacia su boca.

​—Son treinta y dos masticados por bocado. Es la cifra científicamente probada para garantizar una digestión óptima y evitar el reflujo gástrico.

​Genevieve soltó una risita baja que hizo que el pulso de Lordian diera un brinco involuntario.

​—Es usted insoportable, ¿lo sabía? Tiene apenas treinta años y camina por el mundo con el peso de tres siglos sobre la espalda. ¿Nunca ha hecho algo solo porque sí? ¿Sin medirlo, sin calcularlo, sin ponerle un número?

​—El mundo funciona gracias a los números y las mediciones, señorita. Sin cálculo, las casas se derrumban, los puentes se caen y la sociedad colapsa en la barbarie.

​—Y sin risa, las casas son tumbas, los puentes no llevan a ninguna parte y la gente se vuelve como usted: de piedra —remató ella, tomándole la taza de té que la posadera acababa de dejar y deslizándola por la mesa hasta colocarla justo enfrente del plato de Lordian.

​El duque miró el recipiente. La superficie del líquido oscuro temblaba ligeramente por las vibraciones de las pisadas en el suelo de madera.

​—¿Qué se supone que debo hacer con esto? —preguntó él.

​—En el té está el universo entero si sabe mirarlo —dijo Genevieve, adoptando de pronto un tono más pausado, casi reverente, que hizo que la atmósfera entre ellos cambiara de intensidad—. Mi tío Tobías viajó durante diez años por las tierras de Oriente, más allá de los mares que conocen los mapas de la marina real. Me trajo libros, diarios y recuerdos. Decía que los sabios de aquellos templos le enseñaron que la mente de un hombre rígido es como una taza llena hasta el borde: no puede recibir nada nuevo porque todo lo que entra se derrama.

​Lordian miró la taza y luego a ella. La luz de la vela proyectaba sombras suaves sobre los pómulos altos de Genevieve y sobre el cuello despejado que la ausencia de corsé dejaba entrever. Había algo en su forma de hablar, un calor genuino, que desarmaba sus defensas con una facilidad pasmosa.

​—Mi taza no está llena de prejuicios, señorita. Está llena de orden —se defendió él, aunque su voz perdió parte de esa frialdad ensayada.

​—Está llena de miedo —corrigió ella en un susurro audaz, mirándolo directamente a los ojos.

​El silencio se instaló entre ambos, denso y cargado. Lordian sintió un cosquilleo en la piel de la nuca. Nadie, en toda su vida —ni sus preceptores en Oxford, ni los lores en el Parlamento, ni su augusta madre— se había atrevido jamás a decirle algo semejante. Y menos aún una muchacha de pueblo con las uñas ligeramente sucias de tierra y una cinta gastada en el pelo.

​—No le permito... —empezó él, poniéndose rígido.

​—Mire la taza, señor Vance —interrumpió ella con firmeza juguetona, señalando el recipiente—. Ve esa superficie. Si intenta controlar cada gota con las manos, terminará quemándose o volcándolo todo. Pero si deja que el té se asiente, el agua le devolverá su propio reflejo. Eso es el Ch'an, la quietud en medio del movimiento. La hoja no lucha contra la corriente del río; simplemente flota.

​—La hoja no tiene voluntad propia, señorita Genevieve. El ser humano sí.

​—Y la usa para construir sus propias jaulas —replicó ella rápidamente, con una chispa de triunfo en la mirada—. Hagamos un trato.

​—No hago tratos con desconocidas desafiantes.

​—Un trato muy simple —insistió ella, inclinándose un poco más hacia él. El aroma a pino y lluvia volvió a envolver a Lordian, haciendo que su concentración flaqueara de nuevo—. Mañana por la mañana, cuando la niebla se levante del prado, me acompañará a dar un paseo. Sin carruajes, sin sirvientes y sin esa corbata.

​—Mi corbata se queda donde está —sentenció Lordian categóricamente, llevándose una mano al cuello como para proteger su última fortaleza.

​—Bien, conserve la corbata si eso evita que se deshaga en pedazos —cedió ella con una sonrisa maliciosa—. Pero me acompañará. Y durante una hora, no dirá ni una sola palabra sobre horarios, presupuestos ni normas de etiqueta. Si logra hacerlo sin sufrir un colapso nervioso, me disculparé por haberlo empujado al barro y le dejaré en paz para el resto de su vida.

​—¿Y si fallo? —preguntó él, entrecerrando los ojos, atrapado por el desafío.

​—Si falla... me dejará enseñarle a volar una cometa de papel que me trajo mi tío de Cantón.

​Lordian soltó un bufido que pretendía ser de desdén, pero que sonó sospechosamente a diversión contenida.

​—Es un trato absurdo, desproporcionado e carente de cualquier lógica comercial.

​—¿Acepta entonces?

​El duque miró la boca de Genevieve. Había algo profundamente peligroso en la forma en que ella curva los labios cuando estaba a punto de ganar una discusión. Sintió una punzada de calor recorriéndole el pecho, un deseo irracional de ver hasta dónde era capaz de llegar aquella criatura salvaje para romper su armadura.

​—Acepto —dijo él con solemnidad, como si estuviera firmando un tratado de paz entre potencias europeas—. Pero le advierto que mi capacidad de autocontrol es legendaria. No perderé este desafío.

​—Ya veremos, señor Vance —dijo ella, poniéndose en pie con una gracia liviana—. Le veo al amanecer en la puerta de la posada. No llegue tarde. El sol no espera a las personas que cuentan los minutos.

​Genevieve le dedicó una última guiñada de ojo y se retiró hacia las escaleras que conducían a las habitaciones superiores, dejando tras de sí un rastro de risas sofocadas y el aroma imborrable de la campiña.

​Lordian se quedó solo a la mesa. Contempló la taza de té durante un largo minuto. Luego, despacio, con un gesto casi imperceptible, extendió la mano y retiró la corbata de su cuello, dejándola descansar sobre la mesa de madera.

​El aire frío de la posada le rozó la garganta desnuda, y por primera vez en muchos años, Lordian exhaló un suspiro que no estuvo dividido en tiempos.

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Isabel Sandoval
Eso se cuenta? /Slight//NosePick//Grin/
Isabel Sandoval
Ya está en la bolsa
Isabel Sandoval
jajaja
Isabel Sandoval
Hago eso y me rompo un hueso /Facepalm//Scare/
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja k chistosa y ya se enamoró ❤️
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