"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El espionaje de Mariana.
Durante las dos semanas siguientes, Mariana intensificó su investigación con la meticulosidad de un detective profesional. Valeria empezó a notar pequeñas cosas que al principio le parecieron paranoias pero que pronto se convirtieron en evidencias: un auto estacionado frente a su edificio a horas extrañas, preguntas casuales de parte de otros familiares sobre sus actividades nocturnas, mensajes de Mariana a Andrés preguntando "cómo está Val" con una frecuencia inusitada. La cuñada estaba tejiendo una red a su alrededor, y Valeria se sentía como una mosca atrapada en el centro, viendo cómo los hilos se cerraban sin poder hacer nada para escapar.
Una noche, mientras Valeria se preparaba para ir al club, recibió un mensaje de WhatsApp que la hizo temblar.
WhatsApp – Mariana
21:34
Mariana: Val, ¿estás en casa? Andrés me dijo que hoy tenías cena con amigas, ¿no es así?
Val: Sí, salgo en un rato. Ya me estoy arreglando.
Mariana: Genial. Pasá un lindo momento. ¿Con quiénes vas a ir?
Val: Con las de siempre. Mariela, Caro y Flor.
Mariana: Qué bien. Yo justo estoy haciendo una nota sobre restaurantes nocturnos en la ciudad. ¿A cuál van? Por ahí me sirve para la nota.
Val: Uno nuevo en Palermo. No me acuerdo el nombre exacto, es medio raro. Después te paso la dirección.
Mariana: Dale, espero. Divertite.
Valeria sabía que Mariana no se iba a quedar esperando. Sabía que, probablemente, ya estaba en la calle, apostada en algún lugar cercano, lista para seguirla. Esa noche, antes de salir, tomó una decisión desesperada: llamó a Mariela, su amiga real, la única del grupo de la secundaria que todavía frecuentaba, y le pidió un favor inmenso.
—Mari, necesito que me cubras —dijo Valeria, con la voz temblorosa.
—¿Cubrirte de qué? ¿Qué pasó, Val? —preguntó Mariela, alarmada.
—Si alguien te pregunta, esta noche estuvimos cenando juntas. Las cuatro. En el restaurante "La Trattoria" de Palermo. Vos, Caro, Flor y yo.
—Val, ¿en qué lío te metiste? ¿Por qué necesitás una coartada?
—Después te explico, Mari. Te lo juro. Pero ahora no puedo. Por favor, confiá en mí. Sos mi única amiga que puede hacer esto.
—Está bien, Val. Lo hago. Pero me debés una explicación. Y una cena de verdad, no de mentira.
—Gracias, Mari. No sabés cuánto significa esto para mí. Te debo la vida.
Esa noche, Valeria llegó al club con el corazón en la boca. Se cambió en el camarín con manos temblorosas, se aplicó el maquillaje de Luna y salió al escenario, pero su mente estaba en otro lado. En Mariana. En su investigación. En el auto que quizás la había seguido hasta la puerta del Eclipse.
—Luna, ¿estás bien? Te noto rara —dijo Lorena, mientras se ajustaba el body plateado antes del show.
—Mi cuñada me está investigando. Es periodista. Cree que escondo algo.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé, Lore. Mentir, por ahora. Seguir mintiendo hasta que no pueda más.
—Las mentiras tienen patas cortas, Val. Ya te lo dije una vez.
—Lo sé. Pero si digo la verdad ahora, pierdo a Andrés. Y si pierdo a Andrés, pierdo a mis hijos. Y si pierdo a mis hijos, me muero.
—Entonces tené cuidado. Esa mujer es peligrosa. No por mala, sino por terca. Los periodistas no se rinden hasta que encuentran la verdad.
Valeria asintió, pero en el fondo sabía que el cerco se estaba cerrando. Mariana estaba cerca. Demasiado cerca. Y no iba a parar hasta descubrirlo todo.