Monique es médica, independiente y decidida. Después de que su ex la traicionara, tomó una resolución radical: tener un hijo sola mediante inseminación artificial en una clínica de Albania. El procedimiento salió bien —o eso creyó—, hasta que un desconocido irrumpió en la sala en el peor momento posible.
Meses después, con una bebé preciosa en brazos y una vida reconstruida al lado de su familia en casa, Monique está convencida de que lo peor ya quedó atrás. Hasta que veinte hombres armados invaden el comedor durante el desayuno.
Al frente de ellos está Drilon Meksi: segundo hijo de la mafia albanesa Exilio, ejecutor implacable y —según él— el verdadero padre biológico de Estela.
Drilon no vino solo a reclamar a su hija. Vino a llevarse a las dos.
Arrancada de su mundo y encerrada en la mansión de una de las familias más temidas de Albania, Monique descubre que su única opción es aprender a sobrevivir entre mafiosos. Pero la matriarca Hana le enseñará que las batallas más importantes no se ganan con rabia, sino con inteligencia. Que el respeto pesa más que la imposición. Y que a veces los muros más gruesos no están en las fortalezas, sino dentro de las personas.
Mientras Monique lucha por proteger a Estela y recuperar su libertad, algo inesperado empieza a crecer entre ella y el hombre que juró odiar: pequeños gestos, conversaciones honestas, un padre que arrulla a su hija con una ternura que contradice todo lo que representa.
¿Puede una mujer libre enamorarse de un mafioso sin perderse a sí misma?
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capítulo 12
De vuelta en la mansión, la puerta de la habitación se abrió lentamente. Drilon entró en silencio, casi por instinto.
El ambiente era completamente diferente al resto de la mansión. Mientras los pasillos cargaban el peso de la tradición mafiosa, aquella habitación era luminosa, delicada y decorada en tonos claros.
Las paredes estaban pintadas de rosa. Muñecas y pequeños juguetes de madera que Agim talló a mano ocupaban un estante. Un móvil giraba suavemente sobre la cuna y una mecedora descansaba junto a la ventana.
Su padre se había empeñado en preparar esa habitación personalmente para su primera nieta. Drilon caminó despacio hasta la cuna.
Estela dormía profundamente, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. Sus pequeños puños estaban cerrados cerca del rostro, y la respiración tranquila hacía que su pecho subiera y bajara lentamente.
Se quedó unos segundos solo mirándola. Todavía era extraño. Muy extraño.
Durante toda su vida había aprendido a comandar hombres armados, negociar territorios y enfrentar enemigos sin vacilar.
Ahora estaba ahí, con miedo de despertar a una bebé de pocos meses. Una sonrisa discreta asomó en sus labios.
Pasó un dedo delicadamente por la pequeña mano de su hija. Al instante, Estela cerró los deditos alrededor del suyo.
Drilon se quedó inmóvil. Ese gesto tan simple tuvo más fuerza que cualquier juramento que hubiera escuchado en su vida.
Respiró hondo. Todavía no lograba creer que era padre. Nunca lo había planeado. En realidad, nunca imaginó que tendría hijos.
¿Qué tipo de futuro podía ofrecer un hombre como él?
Su vida siempre estuvo rodeada de violencia, sangre y decisiones difíciles. La mafia no perdonaba debilidades, ni errores, ni distracciones.
Y ahora existía una pequeña niña que dependía de él para absolutamente todo. Drilon bajó la cabeza y habló tan bajo que parecía conversar solo consigo mismo.
DRILON— No merecías nacer en este mundo... —Estela siguió durmiendo—. Quisiera que tu vida fuera diferente. —Cerró los ojos un instante—. Quisiera que pudieras correr en parques... estudiar sin guardaespaldas... hacer amigos... vivir sin miedo. —Su voz tembló apenas—. Pero existes. —Volvió a sonreír—. Y ahora voy a protegerte de todo, mi copito de nieve.
Con extremo cuidado, pasó un brazo por debajo del cuerpecito de la niña y con el otro le sostuvo la cabeza. La levantó despacio.
Estela refunfuñó bajito, restregando la carita contra el pecho de su papá, pero no despertó. Drilon le acomodó la manta alrededor.
Todavía le daba temor sostenerla. Parecía demasiado pequeña, demasiado frágil. Aun así, algo dentro de él le decía que ese era exactamente el lugar donde ella debía estar.
Salió de la habitación lentamente. En cuanto llegó al pasillo, se encontró con sus hermanos. Besnik fue el primero en notarlo.
BESNIK— ¿Entonces decidiste presentar a la princesa como se debe a sus tíos?
ALTIN— Lleva un buen rato aquí y todavía no la conocemos.
Drilon lo miró con una leve sonrisa.
DRILON— Está dormida.
Altin se acercó despacio.
ALTIN— ¿Puedo verla?
Drilon hizo un pequeño gesto afirmativo. Los hermanos los rodearon con extremo cuidado. Todos miraban a Estela como si observaran algo extraordinario.
BESNIK— Es diminuta.
ALTIN— Tú también lo eras.
BESNIK— Nunca fui tan pequeño.
Todos se rieron. Drilon negó con la cabeza.
DRILON— Fueron exactamente esas mentiras las que me hicieron crecer arrogante.
Las risas aumentaron. Besnik observó atentamente a su sobrina.
BESNIK— Se parece a la mamá.
Drilon respondió casi de inmediato.
DRILON— Gracias a Dios.
ALTIN— De acuerdo. Si hubiera sacado tu cara, pobrecita.
Drilon le lanzó una mirada de falsa indignación.
DRILON— Son unos ingratos.
BESNIK— Estamos siendo sinceros.
Drilon solo bufó. Estela emitió un pequeño sonido entre sueños.
Al instante, todos quedaron en silencio. Era casi cómico: hombres conocidos por infundir temor se quedaron inmóviles por un simple quejido de bebé. A Besnik se le dibujó una sonrisa.
BESNIK— Creo que ya manda más que todos nosotros.
ALTIN— Sin duda.
Besnik se inclinó un poco para verla mejor.
BESNIK— ¿Puedo cargarla?
Drilon lo miró desconfiado.
DRILON— ¿Estás seguro?
BESNIK— Claro.
ALTIN— Yo no lo dejaría.
BESNIK— Muchas gracias por la confianza.
Drilon respiró hondo. Con extremo cuidado, pasó a Estela a los brazos de su hermano. Besnik se puso completamente rígido. Parecía tenerle miedo hasta a respirar.
ALTIN— Relájate.
BESNIK— Parece hecha de vidrio.
DRILON— Todos sentimos eso la primera vez.
Besnik miraba a la niña completamente cautivado.
BESNIK— Es hermosa, hermano. Felicidades.
Drilon sonrió discretamente.
DRILON— Lo sé.
En ese momento, Hana apareció en el pasillo. Observó la escena unos segundos: los tres hombres peligrosos reunidos alrededor de un bebé. Su corazón se enterneció.
HANA— Nunca pensé que viviría para ver esto. —Todos la miraron—. Mis hijos peleándose por quién carga a una criatura.
Besnik sonrió.
BESNIK— Se lo merece.
Hana se acercó a su nieta y le acarició la frente con delicadeza.
HANA— Trajo luz a esta casa.
Drilon observó a su hija. Sabía que su madre tenía razón. Desde que Estela llegó, hasta los pasillos parecían menos fríos, las discusiones habían disminuido y los hombres sonreían más.
Ella transformaba el ambiente sin esfuerzo alguno. Hana volvió los ojos hacia Drilon.
HANA— ¿Estás feliz?
Tardó unos segundos en responder.
DRILON— Más de lo que imaginé.
Hana sonrió.
HANA— Da miedo, ¿verdad?
Soltó una pequeña risa.
DRILON— Mucho.
HANA— Eso nunca se va. —Drilon la miró—. Ser padre es vivir preocupado. —Le acarició el rostro a su nieta—. Pero también es descubrir un amor que ni sabías que existía.
Drilon volvió a observar a Estela. Cada palabra tenía sentido.
Antes de que ella naciera, creía que proteger significaba eliminar enemigos. Ahora entendía que proteger también era estar presente, era enseñar, era cuidar, era amar.
Besnik devolvió a Estela a los brazos de su hermano.
BESNIK— Creo que te prefiere a ti.
Drilon la recibió de nuevo. La niña seguía durmiendo profundamente.
HANA— Ya eligió su lugar favorito.
ALTIN— El regazo de papá.
Drilon bajó la cabeza y besó delicadamente la frente de su hija. En ese instante, hizo una promesa silenciosa.
No importaba cuántos enemigos aparecieran. No importaba cuántas guerras aún tendría que enfrentar.
Mientras tuviera fuerzas para respirar, nadie tocaría un solo cabello de esa pequeña niña.
Era su hija. Y por encima de cualquier cargo, poder o tradición de la familia, ese era el título que más se empeñaría en llevar.