Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Ecos en las Sombras
Al día siguiente, el rumor de la extraña "tormenta" ocurrida en el estudio privado del segundo príncipe corrió como pólvora entre la servidumbre de palacio, aunque con la discreción propia de quienes temen perder la vida si hablan de más. Se decía que el Príncipe Jack había sufrido un ataque de ira militar debido a malos informes procedentes de las fronteras del norte y que había destruido parte del mobiliario de sus aposentos.
Jessica escuchó los murmullos de los sirvientes mientras desayunaba en sus habitaciones. Sin embargo, ella sabía perfectamente la verdad. No eran los informes militares ni la política del reino lo que había destrozado el estudio del príncipe; era ella. Ella había llevado al hombre de hielo al límite absoluto de su resistencia.
Con el corazón apesadumbrado por una mezcla de culpabilidad y un amor profundo que amenazaba con desbordarla, Jessica decidió buscarlo esa misma tarde. Ya no quería jugar a las provocaciones sensuales ni a los juegos de estrategia que había planeado leyendo el diario. Había visto la grieta cruda en el alma de Jack y comprendía que el dolor de él era tan real como su pasión.
Lo encontró en los jardines traseros del palacio, en un pabellón de piedra apartado donde solía refugiarse cuando la corte se volvía insoportable.
Jack estaba sentado en un banco de piedra, vistiendo una túnica sencilla de color gris oscuro. Tenía la mirada perdida en la nieve que comenzaba a caer suavemente sobre los rosales dormidos. Lo que más llamó la atención de Jessica fueron sus manos: ambos puños estaban fuertemente vendados con tiras de lino blanco, a través de las cuales aún se filtraban pequeñas manchas rojas de sangre seca.
Jessica caminó hacia el pabellón con pasos lentos y silenciosos. Esta vez no llevaba un vestido provocativo ni usaba perfumes intensos. Vestía un sencillo vestido de lana azul oscuro y un manto que la resguardaba del frío.
Al notar su presencia, Jack no se levantó ni lanzó ninguna frase mordaz. Parecía agotado, despojado de cualquier energía para mantener su habitual fachada de indiferencia. Simplemente giró el rostro hacia ella con la mirada ensombrecida.
—Si has venido a burlarte de mi falta de control, Jessica... has elegido un buen día —dijo él con una voz apagada, sin fuerzas para infundir frialdad a sus palabras.
Jessica no respondió de inmediato. Se acercó despacio, se arrodilló frente a él sobre la piedra fría del pabellón y estiró las manos con infinita ternura. Tomó suavemente entre sus dedos las manos vendadas y lastimadas del príncipe.
Jack se tensó instintivamente, intentando retirar las manos por miedo a lastimarla o por vergüenza de su propia debilidad, pero Jessica sostuvo su agarre con firmeza, negándose a soltarlo.
—Te hiciste esto por mi culpa... —susurró ella, rozando con la yema de sus dedos las vendas manchadas de sangre. Una lágrima cristalina se desprendió de los ojos de Jessica y cayó sobre la tela blanca que cubría los nudillos de Jack.
El príncipe se congeló al sentir la calidez de la lágrima. Miró a la joven duquesa arrodillada a sus pies, no como una figura provocadora o un objetivo de seducción, sino como la mujer que lloraba sinceramente por su dolor.
—No fue tu culpa —murmuró Jack, bajando la cabeza mientras su voz se quebraba por primera vez en años—. Fue mi propia debilidad. Llevo toda la vida creyendo que puedo controlarlo todo, que puedo sofocar cualquier emoción bajo la disciplina militar. Pero cuando estás cerca... pierdo la razón. No sé cómo ser el hombre que necesitas sin destruirte en el proceso.
Jessica se levantó lentamente y se sentó a su lado en el banco de piedra, sin soltar una sola de sus manos vendadas. Apoyó suavemente la cabeza sobre el hombro ancho del príncipe, permitiendo que el silencio y la calidez de su cercanía los envolviera a ambos bajo la escarcha del invierno.
—No necesito a un príncipe perfecto ni a un general invencible, Jack —dijo ella suavemente, mirando hacia el jardín nevado—. Solo necesito que dejes de luchar contra lo que ambos sentimos. No tienes que protegerme de ti mismo... porque ya pertenezco a este fuego desde hace mucho tiempo.
Jack cerró los ojos y, por primera vez desde que se conocían, apoyó su mejilla contra el cabello de Jessica, dejando escapar un largo suspiro de rendición. La batalla campal en su interior no había terminado, pero la máscara helada del Príncipe Frío se había roto definitivamente, dejando al descubierto al hombre que finalmente aceptaba su destino junto a ella.