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Siempre Tendrás 18

Siempre Tendrás 18

Status: Terminada
Genre:Enfermizo / Escuela / Amor eterno / Completas
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.

Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.

Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.

Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.

Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: La pelea de Kael

La pelea de Kael era el sábado a las seis de la tarde, en un gimnasio grande que queda cerca del centro, no en el gimnasio chico de don Héctor. Era el regional, y si ganaba pasaba a la final del sur y podía ganar plata para la máquina de su mamá. Me había contado que llevaba dos semanas entrenando doble, que se levantaba a las cinco de la mañana a correr y que después del colegio se iba directo con su tío y no paraba hasta las ocho.

Toda la semana estuvo nervioso. No nervioso de hablar mucho, nervioso de estar callado. En el recreo se sentaba y no comía todo el sándwich, solo la mitad, y me decía que tenía que estar liviano. En la azotea no pegaba al saco, solo hacía sombra, moviendo los brazos en el aire, con las vendas puestas.

El viernes me dijo ¿vas a ir mañana? Le dije que sí, que obvio que iba a ir. Me dijo que se iba a poner nervioso si me veía entre la gente. Le dije que me iba a poner detrás de su mamá para que no me viera tanto. Se rió y me dijo ya, pero no te escondas tanto.

El sábado le pedí permiso a mi mamá en la mañana. Le dije que era importante, que Kael peleaba y que quería ir a verlo. Mi mamá me dijo que sí, pero que me abrigara y que me tomara la pastilla antes y que le mandara un mensaje cuando llegara y cuando saliera. Le dije que sí a todo.

Llegué al gimnasio a las cinco y media con mi mamá, que me quiso acompañar hasta la entrada porque no conocía el lugar. Adentro había mucho ruido, música fuerte, gente gritando, olor a sudor y a linimento. Había un ring al medio, con luces blancas encima, y alrededor sillas de plástico. Busqué a la mamá de Kael y la vi en segunda fila, con su hermano chico en brazos y con una polera que decía Kael en la espalda, hecha a mano con letras de tela.

Me senté al lado de ella y me saludó con un abrazo. Me dijo que estaba nerviosa, que Kael no había dormido nada. Le dije que yo también estaba nerviosa y que no sabía nada de boxeo, pero que quería aprender. Me dijo que no había que saber, que solo había que mirar.

A las seis salió Kael con su tío, con una bata azul que le quedaba grande y con las manos vendadas. Se veía distinto, no como en el colegio, más serio, con la cara concentrada. Miró para todos lados y me vio y me hizo un gesto chico con la cabeza, como diciendo llegaste. Yo le hice el mismo gesto.

La pelea empezó y yo no entendía mucho, pero entendía que tenía que pegarle al otro y que no le pegaran. El otro chico era más alto y tenía el pelo rapado. En el primer round Kael se movía mucho, no se quedaba quieto, pegaba y se iba para atrás. Don Héctor le gritaba desde afuera, agáchate, pega con la izquierda, no te quedes pegado.

En el segundo round le pegaron una vez fuerte en la cara y me asusté. Su mamá apretó a su hermano y yo apreté la banca con las manos. Kael se limpió la boca y siguió, como si nada. Me acordé de cuando me dijo que cuando estaba en el ring no pensaba en nada más, y pensé que a lo mejor era verdad, que ahí arriba no pensaba en la máquina de su mamá ni en la casa que se llueve ni en nada.

En el tercer round Kael pegó más y mejor. Pegó un cruzado lindo, como el que me había enseñado a mí en la azotea, y el otro chico se fue para atrás. La gente gritó fuerte, todos los que venían con Kael. Su hermano chico gritaba Kael, Kael, con la voz chica.

Se acabó la pelea y los dos quedaron parados en el medio, respirando fuerte, con la cara roja y mojada. El árbitro les levantó las manos y después le levantó la mano a Kael. Había ganado. Su mamá lloró y lo abrazó fuerte cuando bajó del ring. Su hermano le pegaba en las piernas, contento.

Kael me miró desde el ring y me dijo gracias por venir. Yo le dije que había peleado bacán, que había pegado el cruzado que me enseñó. Se rió y me dijo que me lo había dedicado.

Nos fuimos caminando todos juntos hasta la micro, con su mamá y su hermano y don Héctor. Don Héctor me dijo tú le das suerte, cabra, desde que anda contigo pega mejor. Me dio vergüenza y le dije que no, que él siempre pegaba bien.

En la micro de vuelta Kael se sentó a mi lado, con la cara un poco hinchada y con una curita en la ceja. Le dije ¿te duele? Me dijo que no, que era parte de la pega. Le dije que a mí me dolía la espalda solo de verlo pelear. Se rió y me dijo que no me preocupara, que había ganado.

Llegué a mi casa y mi mamá me preguntó cómo había salido todo. Le dije que había ganado y que su mamá había llorado y que yo había gritado mucho. Me dijo que me notaba contenta. Le dije que sí, que estaba contenta.

Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno de cálculo. No taché nada, pero escribí: 6 de julio, Kael ganó el regional y me dedicó el cruzado. Y abajo escribí: su mamá me abrazó y me dijo gracias por venir.

Guardé el cuaderno y me acosté pensando en cómo se veía Kael arriba del ring, serio y concentrado, y cómo se veía abajo, con la cara hinchada y riéndose. Pensé que era el mismo, pero distinto, y que me gustaban los dos.

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