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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:9.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL LATIDO DE UN NUEVO DESTINO

​El paso de las semanas en la Mansión Bustamante redefinió por completo el significado de hogar. La mudanza de los gemelos, Roberto y Robert, se concretó un fin de semana soleado, entre cajas de cartón, risas cómplices y la energía desbordante de los muchachos que, lejos de sentirse intimidados por la imponente arquitectura del lugar, se adaptaron con naturalidad a su nueva vida. Con su juventud, su frescura y esa picardía fraternal, los gemelos llenaron los pasillos de una alegría vibrante que terminó por sepultar cualquier rastro de la antigua y lúgubre soledad que había caracterizado al magnate durante tantos años.

​La convivencia diaria se transformó en un engranaje perfecto donde la felicidad dejó de ser una promesa lejana para convertirse en una rutina palpable. Las mañanas comenzaban entre risas alrededor de la enorme mesa del comedor, con doña Anahí sirviendo café fresco, María Fernanda contando sus ocurrencias y Federico organizando la logística diaria con una eficiencia inquebrantable. En medio de todo aquello, Jeremías y Ana Belén compartían miradas cómplices, roces furtivos bajo la mesa y besos robados en los pasillos cuando creían que nadie los veía.

​Para Jeremías, cada día al lado de Ana Belén era un recordatorio constante de que había ganado la batalla contra sus propios fantasmas. La sombra de su pasado matrimonial se había desvanecido por completo, reemplazada por la certeza absoluta de que el amor no exigía perfección, sino complicidad y entrega sin reservas. Y cuando el sol se ocultaba y el silencio arropaba la mansión, la dinámica entre ambos cambiaba de tono, encendiéndose con una intensidad abrasadora que desafiaba cualquier límite.

​En la intimidad de la recámara principal, protegidos del mundo exterior, las sábanas de seda volvían a ser testigos de un deseo indómito. La furia contenida durante el día se transformaba en una pasión desbordante donde las inseguridades quedaban reducidas a cenizas. Ana Belén, entregada por completo al ritmo febril y salvaje de Jeremías, se aferraba con fuerza a su cuello, arqueando la espalda y exigiéndole más, cabalgándolo con una entrega absoluta que lo arrastraba al éxtasis. Cada encuentro nocturno era un pacto de fuego, una reafirmación de que sus cuerpos encajaban a la perfección y de que el placer compartido borraba cualquier cicatriz antigua.

​Así transcurrieron seis meses de plenitud absoluta. Seis meses donde el amor, el respeto mutuo y la unión familiar se consolidaron como los cimientos inquebrantables de una vida en común. Sin embargo, en el fondo de la mente de Jeremías comenzó a germinar una inquietud silenciosa, un anhelo profundo que iba más allá de la comodidad de su silla de ruedas y del éxito arrollador de sus empresas. Había conversado largamente consigo mismo y, finalmente, decidió dar el paso más importante de su vida.

​Una tarde, aprovechando un momento de tranquilidad en el estudio privado, Jeremías reunió a las dos mujeres más importantes de su existencia: doña Anahí y Ana Belén. Con el rostro serio pero iluminado por una determinación inquebrantable, les expuso su decisión.

​—He estado pensando mucho en el futuro, en lo que hemos construido y en lo que todavía nos queda por delante —comenzó Jeremías, tomando aire profundamente antes de continuar—. Quiero operarme. Sé que los riesgos existen, sé que los médicos en el pasado dijeron que las probabilidades eran mínimas y que la lesión en la columna era sumamente compleja, pero en los mejores centros neurológicos del mundo hay avances extraordinarios y quiero intentarlo. No quiero conformarme con ver la vida pasar desde esta silla si existe una sola rendija de esperanza para volver a pararme, caminar a tu lado, Ana, y sostener a mi única hija y a ti con mis propias piernas.

​Doña Anahí se llevó las manos al pecho, conteniendo un sollozo de emoción contenida, mientras sus ojos se anegaban en lágrimas de orgullo. Ana Belén, por su parte, se levantó de inmediato de su asiento, se arrodilló junto a la silla de ruedas y le acarició el rostro con una devoción infinita.

​—Si tú quieres hacerlo, si sientes en tu corazón que debes dar ese paso, cuenta conmigo al ciento por ciento —le respondió Ana Belén con la voz temblorosa de la emoción—. Estaré a tu lado en cada clínica, en cada terapia y en cada tropiezo. Pero dime... ¿por qué hablas de esto ahora mismo con tanta urgencia?

​—Porque antes de ponerme en manos de los cirujanos y arriesgarme a cualquier escenario, quiero dejar todas las cosas perfectamente arregladas en mi vida —explicó Jeremías, esbozando una sonrisa tierna mientras entrelazaba sus dedos con los de ella—. Quiero proteger el patrimonio de mi hija, quiero asegurar el futuro de mi madre, y sobre todas las cosas, quiero que mi testamento, mis empresas y mi apellido lleven la marca legítima de la mujer que me salvó la vida.

​Llegada la noche, la mansión se vistió con un aire festivo y cálido que presagiaba un acontecimiento trascendental. Alrededor de la larga mesa del comedor se encontraba reunida la familia al completo: los gemelos, Roberto y Robert, conversando animadamente; doña Anahí, observando la escena con una sonrisa paternal; Federico, sentado en uno de los extremos con su habitual sobriedad pero contagiado por la calidez del ambiente; y la pequeña María Fernanda, quien no paraba de hacer travesuras mientras saboreaba su plato favorito.

​En un momento determinado de la cena, cuando la charla fluía con naturalidad y las risas resonaban en las paredes del comedor, Jeremías hizo un leve gesto con la mano para pedir silencio. La atmósfera cambió de inmediato; todos los rostros se volvieron hacia la cabecera de la mesa, intrigados por la expresión solemne y a la vez radiante del magnate.

​Con el corazón latiéndole con la fuerza de un novato a pesar de los años y de las cicatrices superadas, Jeremías extendió la mano por encima del mantel y atrapó con firmeza la mano de Ana Belén, que se quedó inmóvil ante el tacto. Los ojos verdes del empresario se clavaron en los de ella con una intensidad desarmante, reflejando todo el universo de gratitud, pasión y devoción que sentía en ese instante.

​—Quiero aprovechar este momento, con mi madre, con mi hija, con mi familia entera como testigo, para decir algo que debí hacer desde el primer día en que cruzaste las puertas de esta casa —comenzó Jeremías, con la voz firme pero cargada de una emoción que conmovió hasta al mismísimo Federico—. Ana Belén... me devolviste las ganas de vivir, le trajiste luz a mi oscuridad y sanaste un alma que creía podrida para siempre. No quiero pasar ni un solo día más de mi existencia llamándote compañera o pareja. Quiero que seas mi esposa ante la ley y ante Dios.

​El magnate hizo un movimiento lento y medido, deslizando con destreza una pequeña caja de terciopelo oscuro desde el bolsillo de su saco y abriéndola frente a ella para revelar un deslumbrante anillo de compromiso con un diamante central que brillaba bajo la luz de las lámparas de cristal.

​—¿Quieres casarte conmigo, Ana Belén, y ser la dueña absoluta de mi vida, de esta casa y de mi corazón por el resto de nuestros días? —le preguntó Jeremías, con la voz quebrada por la expectativa y una sonrisa luminosa dibujada en los labios.

​Un silencio expectante y reverente se apoderó del comedor por un segundo eterno. María Fernanda, que comprendía perfectamente la magnitud del momento, abrió los ojos con ilusión infinita y dio pequeños saltitos en su silla, conteniendo el grito de emoción. Roberto y Robert ensancharon una sonrisa cómplice, asintiendo con orgullo hacia su madre.

​Ana Belén sintió que las lágrimas brotaban libremente de sus ojos, rodando por sus mejillas sin que intentara detenerlas. La certeza de que el pasado había muerto y de que el futuro les pertenecía por completo la abrumó de felicidad.

​—Sí... Sí, mil veces sí, gigante testarudo —respondió ella con la voz rota por el llanto de alegría, inclinándose de inmediato para besarlo con desesperación ante la mirada de todos.

​La mesa entera estalló en aplausos y felicitaciones jubilosas. María Fernanda corrió a abrazar a ambos entre risas, mientras doña Anahí se secaba las lágrimas con un pañuelo y los gemelos brindaban con sus copas por el amor inquebrantable que acababa de sellar el destino de la familia Bustamante.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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