Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
NovelToon tiene autorización de Ana Luz Albarracín para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 21
Me levanto de esa cama suave y encuentro sobre la cómoda una camisa blanca. Espera... ¿me está diciendo que me acosté con un hombre anoche?
Maldición, ¿por qué me emborraché? Soy una tonta. Matteo me matará si se entera de esto, o si los periodistas se enteran.
Entra la persona que menos esperaba ver:Caín Capell, parecía que el destino todo el tiempo parecía burlarse de mi siempre poniéndolo en mi camino.
—...¿Tú y yo? —nos señalé con el dedo, dando a entender la duda de si habíamos tenido algo.
—Te acosté, te tapé y me fui a dormir al sillón del living —agregó Caín, mirándome fijamente—. Así que quédate tranquila: nunca nos acostamos.
Me entregó una taza de café con unas medialunas. ¡Dios mío, cómo extrañaba estas delicias! En Milán no hay nada igual.
Un suspiro gigante de alivio se me escapó del pecho, aflojando de golpe la tensión en mis hombros. Tomé la taza de café entre mis manos, dejando que el calor me devolviera el aliento.
—Maldición, Caín... casi me da un ataque —murmuré, dibujando por primera vez una pequeña sonrisa—. Gracias. De verdad.
—De nada —respondió él, guiñándome un ojo mientras tomaba un sorbo—. Aunque tengo que admitir que fue bastante divertido ver a la gran artista internacional perder el control por una noche.
Le tiré una almohada, enojada, mientras él la esquivaba y me miraba burlonamente.
Alcancé rápidamente mi celular, que estaba en la cómoda, y vi un millón de mensajes de Matteo, enojado, mandándome enlaces de noticias donde se me veía a mí en los brazos de Caín, diciendo que el hijastro del ministro Capell y la talentosa Sinclair estarían saliendo, entre otras cosas por el estilo.
—Mirá esto —dije, girando la pantalla del celular hacia él mientras la cabeza me daba vueltas—. Matteo me está enloqueciendo a mensajes y los portales ya armaron toda una novela.
Caín se inclinó hacia adelante, tomando el teléfono para leer los titulares que acompañaban las fotos de la noche anterior. En una de ellas se nos veía en la puerta del edificio, con su brazo alrededor de mis hombros para sostener mi caminata tambaleante.
Una sonrisa divertida volvió a asomar en su cara.
—Bueno, al menos capturaron mi mejor perfil —bromeó, devolviéndome el teléfono—. Y admitamos que la prensa tiene buena imaginación: "El romance secreto entre la cerámica y la política". Suena como el título de una novela barata.
—¡Caín, no te rías! —protesté, pasándome una mano por la cara—. Matteo está al borde de un colapso en Milán. Si esto sigue escalando, no van a hablar de mi colección, van a hablar de mi vida privada.
Él adoptó una postura más seria, aunque sus ojos mantenían ese destello tranquilo que lo caracterizaba.
—Tranquila, Morgana. Esto tiene solución fácil —dijo en tono reconfortante—. No hay necesidad de armar un escándalo ni de esconderte. Lo mejor en estos casos es adelantarse a la jugada: sacás un comunicado breve aclarando que solo somos amigos de hace tiempo que salieron a festejar un éxito profesional, o simplemente dejamos que la noticia muera sola en cuarenta y ocho horas cuando aparezca el chisme de otro.
Se sirvió un poco más de café y me miró fijamente.
—Llamá a Matteo, explicale la verdad y decile que arme una nota aclaratoria si lo cree necesario. Tu arte habla por sí solo, esto es solo ruido de fondo.
—Sos un genio.
Sonreí nerviosa y marqué el número de Matteo. Él me contestó enojadísimo, gritando:
—¡Ahora mismo sacás un comunicado antes de que se armen más disturbios!
Me cortó sin dejarme objetar y solamente me quedé mirando al frente, apretando mi celular.
Me levanté rápido y me fijé por la ventana, pero no vi a ningún periodista.
—Bueno, al menos la calle está despejada —dije, soltando un largo pliegue de aire y dejando caer la cortina.
Caín dejó su taza sobre la mesa y se acercó, cruzándose de brazos.
—Matteo está en pánico porque vive de prevenir incendios, pero esto se apaga rápido —dijo con la serenidad habitual que tanto me hacía falta—. Agarrá el teléfono. Vamos a escribir algo simple, sin dar demasiadas explicaciones. Cuanto más te justificás, más alimentás el chisme.
Me senté en el borde de la cama, abrí la aplicación de notas en el celular y me quedé mirando la pantalla en blanco con el dedo en el teclado.
—¿Qué pongo? —pregunté, alzando la vista—. Si pongo "somos solo amigos", suena a la típica frase de prensa que nadie cree.
—Exacto. No digas lo que no somos; enfocate en lo que sí pasó —propuso él, inclinándose un poco para ver la pantalla—. Arrancá agradeciendo la noche de ayer. Algo como: «Gracias a todos los que me acompañaron anoche en una velada tan especial para mi carrera...»
Fui tipeando cada palabra mientras él dictaba con pausa.
—Bien —continuó Caín—. Ahora sumemos la parte del festejo. «Celebrar el éxito de la exposición rodeada de arte y de grandes amigos de toda la vida, como Caín Capell, hace que este momento en Buenos Aires sea inolvidable.»
—Me gusta —admití, leyendo el párrafo en voz alta—. Marca que nos conocemos de hace tiempo y que estabas ahí festejando conmigo.
—Y cerramos enfocando todo en tu trabajo —concluyó él con una leve sonrisa—: «Mi corazón y mi energía siguen puestos en lo que viene. Nos vemos pronto en Milán.»
Leí el texto completo. Era breve, elegante, no atacaba a los medios y dejaba en claro que solo se trataba de una celebración entre amigos antes de mi regreso a Europa.
—Es perfecto —murmuré, aliviada—. Se lo mando a Matteo ahora mismo para que lo apruebe y lo subo.
—Te lo dije —respondió Caín, guiñándome un ojo—. El ruido mediático solo dura hasta que le das al botón de publicar.
—Ahora me voy y, por favor, no le digas a nadie que me emborraché.
Llamé a mi chofer y vino rápido, cosa que le agradecí; me sentía muy nerviosa e incómoda al tener que estar mucho tiempo en la misma habitación que Caín. Aunque las cosas pasaron hace muchos años, todavía le guardo rencor por haberme discriminado por ser pobre y no creerme digna de ser la amiga de su hermano.
El auto la dejó en el hotel, y tras desempacar lo indispensable en la habitación, el silencio por fin le dio un respiro. Sin embargo, la calma duró poco: el teléfono sobre la mesa de luz comenzó a sonar ensordecedoramente. Era Matteo.
Morgana atendió esperando otra reprimenda, pero al otro lado de la línea la voz de su marchand no transmitía enojo, sino un entusiasmo frenético.
—¡Morgana, no sabés lo que está pasando! —exclamó Matteo sin siquiera saludar—. Las métricas están fuera de control.
—¿De qué estás hablando, Matteo? —preguntó ella, frunciendo el ceño mientras se sentaba en el borde de la cama.
—Del comunicado, de las fotos, ¡de todo! —respondió él a gran velocidad—. El público enloqueció. La narrativa de ustedes dos juntos creó una ola gigante en redes. Las seguidoras de Caín y los nuevos fans que te descubrieron están fascinados con la idea de la pareja. Creen que hay una química increíble entre la artista y el entorno político.
Morgana suspiró, llevándose una mano a la sien.
—Matteo, ya aclaramos que solo somos...
—No importa lo que aclaramos, la gente cree lo que quiere creer —la interrumpió Matteo con tono triunfante—. Las cotizaciones de tus piezas se dispararon en las últimas dos horas. Las solicitudes de galerías privadas en Europa se duplicaron y el valor de la nueva colección que vas a presentar en Milán subió un cuarenta por ciento. Las finanzas del taller están en su punto más alto. Tu popularidad acaba de dar un salto colosal gracias a este revuelo.
Morgana se quedó en silencio, mirando el ventanal de la habitación. Por un lado, el despegue económico y profesional era todo lo que había soñado para consagrar su carrera; por el otro, le resultaba irónico y amargo que semejante impulso financiero viniera atado, precisamente, a la figura de Caín Capell.
Corté la llamada sin agregar nada más. Dejé el teléfono sobre la mesa de luz y el silencio de la habitación de hotel me envolvió de golpe, denso y pesado.
Me acerqué al gran ventanal que daba a la ciudad. Abajo, el tráfico de Buenos Aires fluía entre luces y sombras, un movimiento constante e indiferente a mi torbellino interno.
Una risa amarga se me escapó del pecho. Durante años había trabajado hasta que las manos me dolieran, moldeando la arcilla en la oscuridad del taller, puliendo cada detalle con la obsesión de quien busca transmitir un pedazo de su propia alma. Había buscado el reconocimiento por mi técnica, por mi disciplina, por el legado de Teté.
Y sin embargo, bastó un malentendido, un titular sensacionalista y la sombra de Caín Capell para que el mercado financiero del arte finalmente explotara a mi favor.
El aumento de las ventas y la cotización de mis obras eran el despegue definitivo con el que siempre había soñado para asegurar mi independencia. Pero el precio se sentía sucio. Se sentía como si el público no estuviera comprando mi talento, sino el morbo de una historia construida sobre el hombre que años atrás me había mirado por encima del hombro y me había juzgado por no pertenecer a su mundo.
Apreté los puños contra el cristal helado.
No iba a rechazar el éxito, porque me lo había ganado con años de esfuerzo real. Pero prometí en voz baja que, al poner un pie en Milán, demostraría que la única razón por la que mi nombre se mantendría en lo alto sería la excelencia de mi arte, y no el chisme de turno.
Luego de una larga reflexión con mi moral de lo que está bien y mal, me decidí: llamaría a Caín y le haría mi propuesta.