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Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.

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Capítulo 16

Capítulo 16. Rumbo a Guadalajara

La notaría olía a café malo y a papel nuevo, y yo llevaba puesto el traje sastre que me había comprado la semana anterior, el primero en años que había elegido pensando en cómo me veía yo y no en cómo le convenía verme a alguien más. Jimena entró delante de mí, con esa manera suya de pisar el mármol como si el suelo le debiera dinero.

—Buenos días —dijo, y no se lo dijo a nadie en particular, se lo dijo a la sala entera, para que todos supieran quién mandaba ahí.

Gustavo ya estaba sentado, con su abogado de traje brilloso y una cara de no haber dormido. Cuando levantó la vista y me vio, algo se le movió en el gesto, una mueca que quiso ser reproche y le salió súplica. Lo ignoré. Me senté, crucé las manos sobre la mesa y esperé.

Jimena no se anduvo por las ramas.

—Mi clienta renuncia a su veinticinco por ciento de Náyra Cosmética —leyó, deslizando el folio—. A cambio: la compensación en efectivo que ya está desglosada, en pesos, aquí; el departamento de la Ciudad de México; y la finca cafetalera de Córdoba. Todo ante notario, todo hoy. Sin apelación, sin cláusulas de arrepentimiento, sin volver a vernos las caras. —Alzó la vista—. ¿Firmamos o seguimos perdiendo la mañana?

El abogado de Gustavo abrió la boca para regatear. Gustavo le puso una mano en el brazo y lo calló. Ahí entendí que ya no le quedaba con qué pelear. Grupo Mendívil le había parado la maquila "por fallas técnicas" desde hacía semanas, la bodega de Náyra se le estaba secando, y el bendito salto a la bolsa dependía de que las líneas volvieran a caminar. Necesitaba cerrar esto y correr a rogar. Yo era, de pronto, el trámite que le estorbaba entre él y su naufragio.

—Regina —dijo, y usó mi nombre como quien usa una llave vieja que ya no abre—. Podríamos hablarlo. Tú y yo. Sin abogados.

—Con el señor Rendón ya no tengo nada que hablar —contesté, y me sorprendió lo tranquila que me salió la voz—. Firme donde le indican.

Firmó. Le tembló la mano en la primera hoja y ya no en las demás, porque la costumbre de perder se agarra rápido. Yo firmé después, con la pluma que me tendió el notario, y cada rúbrica fue más ligera que la anterior. Cuando puse la última, esperé sentir algo grande: un duelo, un vértigo, la pena de trece años cayéndome encima. No sentí nada de eso. Sentí que me quitaban un abrigo mojado que llevaba puesto tanto tiempo que ya lo confundía con mi propia piel.

Afuera, en la banqueta, Jimena me apretó el brazo.

—¿Estás bien, comadre?

—Estoy libre —dije—. Es distinto. Es mejor.

Se rió, me dio un beso tronado en la mejilla y me empujó hacia el taxi.

—Órale, pues. Que la señora Ávalos tiene avión.

Volamos a Guadalajara esa misma tarde, la bola entera del gimnasio Vitalis, treinta y tantas mujeres con maletas de colores y esa euforia de recreo que da salir de la ciudad. Lorena y yo caímos en la misma habitación, dos camas, una ventana que daba a un cielo distinto, más limpio, más alto. Cenamos con las demás, nos reímos de tonterías, y ya de madrugada, cuando apagamos la luz, la oí revolverse en la cama de al lado.

—¿Regina? ¿Estás despierta?

—Ajá.

Hubo un silencio de esos que anuncian confesión.

—A veces pienso en no volver —dijo, muy bajito, como si las paredes pudieran acusarla—. No para siempre. Nada más… no volver un rato. Que se las arreglen sin mí. El señor Paredes, los niños, la casa. Todo. —Se le quebró un poco la voz—. Dieciocho años cocinando, lavando, cargando mochilas, y el otro día mi hijo el grande me preguntó que a qué me dedicaba. A qué me dedico. Como si esto no fuera dedicarse a algo. Como si yo fuera el sillón.

No le dije "no digas eso". No le dije "pero si tú los adoras". Esas frases se las dicen a una para callarla, no para acompañarla. Me quedé viendo el techo oscuro y le dije la verdad.

—Yo dejé a mi madre y a mi pueblo a los veintitrés por casarme con un hombre que todos me juraron que me iba a hacer feliz. Mi mamá me gritó en la puerta que me iba a arrepentir, que una mujer que abandona a los suyos se pudre sola. Me subí al camión de todos modos, con una maleta y una necedad del tamaño de una casa. —Solté el aire despacio—. Se equivocó en el hombre, la muy… en eso se equivocó completito. Pero en lo de subirme al camión, no. Ahí tuve razón yo. Irse no siempre es abandonar, Lorena. A veces es lo único honesto que a una le queda.

La oí llorar quedito, sin drama, ese llanto de mujer grande que ya no busca que la consuelen sino que la entiendan. Estiré la mano en la oscuridad y encontré la suya entre las dos camas. Nos quedamos así un rato largo, dos desconocidas de tanto conocerse, agarradas de la mano en un cuarto de hotel de una ciudad que no era la nuestra, alumbrándonos como se alumbra la gente cuando ya nadie más se acuerda de prenderle la luz.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó al fin, con la nariz tapada—. Tú. Ahora que estás libre.

Me lo pregunté yo también, en serio, por primera vez sin miedo.

—No sé —dije—. Pero por primera vez en mi vida, la respuesta me toca a mí.

Me levanté antes que ella y me asomé a la ventana. Guadalajara amanecía morada y limpia allá abajo, y yo, con mi cuerpo nuevo de meses de gimnasio, mi cuenta en pesos que no dependía de ningún hombre, mi divorcio firmado y ni una sola lágrima que le debiera a nadie, sentí una cosa que hacía años no sentía: que el día que empezaba era mío. Todos los que venían eran míos. "El futuro es tuyo", decía la tarjeta que un fantasma cortés me había dejado junto a unas gardenias. Por fin le creía.

El teléfono me vibró en la mesita. Un mensaje de Jimena, madrugadora como todo bicho de rapiña:

"Chisme fresco, comadre: tu ex lleva tres días plantado en la puerta de Grupo Mendívil como perro sin dueño, rogando que le reactiven la maquila. Dicen que hasta lo hicieron subir. El heredecito ese lo trae de un hilo. Qué delicia, ¿no? Karma con corbata."

Sonreí. No por venganza —o no solo—, sino por la simetría de las cosas. El hombre que trece años me midió por lo que yo no le daba, ahora mendigaba a la puerta de otro.

Debajo, otro mensaje, este de un número que me apreté a reconocer: el profesor Salcedo.

"Me enteré de que renunciaste a tu parte de esa fábrica de pomadas. Bien. Nunca fuiste para socia de mediocres. Cuando vuelvas a la ciudad, date una vuelta por el laboratorio. Esas manos tuyas se están echando a perder de tanto no hacer nada útil. Y no me hagas ir por ti, que ya estoy viejo para andar arreando talentos."

Me quedé viendo la pantalla más tiempo del que hacía falta. Algo se me encendió en el pecho, chiquito y terco, como la brasa aquella de la primera noche, solo que esta no era ajena. Esta la prendía yo.

Bajé al vestíbulo por un café, todavía con el mensaje dándome vueltas. Y entonces pasó. Una sombra cruzó por el filo del ojo —una figura conocida sin ser conocida, un modo de moverse que yo había visto antes sin poder decir dónde— y se perdió detrás de una columna antes de que alcanzara a girar la cara. Al mismo tiempo, el teléfono se me iluminó en la mano con una notificación sin nombre, sin número, sin firma.

Levanté la vista.

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