Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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El Sacrificio de una Madre
En la Sala de las Almas, Anastasia rompía en un llanto amargo e inconsolable. Se cubría el rostro con las manos mientras los sollozos convulsionaban su pecho espiritual.
—Todo fue una cadena de horribles errores... —murmuró entre lágrimas—. Todos sufrimos por no hablar... Si tan solo yo hubiera sabido cuánto me amaba Nataniel... Si tan solo le hubiera dicho la verdad sobre Óscar... Todos se destruyeron por mi culpa...
El ángel guardián posó su firme y cálida mano sobre el hombro de la joven reina.
—No te culpes, Anastasia. Eras una víctima del miedo y del silencio que imperaba en esa corte. Tu partida prematura dejó un vacío destructivo que quebró el destino de muchas almas nobles. Tu muerte no estaba escrita para esa noche; fue el fruto funesto de la imprudencia humana y la desesperación.
Anastasia alzó la mirada, buscando los ojos luminosos del ser celestial.
—¿No hay nada que pueda hacerse? ¿Deben quedar todos atrapados en ese infierno?
—Tu madre, desde las esferas celestiales donde habita, vio tu sufrimiento terrenal y el dolor aterrador que se desató tras tu partida —dijo el ángel con voz solemne—. Ella ha realizado un sacrificio de amor puro y definitivo por ti.
—¿Qué sacrificio? —preguntó la reina con el corazón en vilo.
—Tu madre ha renunciado voluntariamente a su propio derecho divino de reencarnar en su siguiente ciclo terrenal. Ha entregado toda su luz acumulada para ofrecerte un trato con las altas potestades de los cielos: entregar su futuro espiritual a cambio de concederte a ti una segunda oportunidad para reescribir tu historia en la tierra.
El ángel alzó su gran báculo plateado. Una aureola de luz blanca y dorada commenzó a emerger del cristal del suelo, envolviendo el cuerpo de Anastasia en un espiral resplandeciente.
—Regresarás al mundo de los vivos, Anastasia. Pero no regresarás a ciegas. Conservarás intactos todos y cada uno de los recuerdos de tu vida pasada, de la tragedia del acantilado y de las verdades ocultas que hoy te han sido reveladas en este espejo sagrado. Utiliza esta segunda oportunidad con sabiduría y coraje. Cura el corazón ciego y herido de tu rey, protege a tu fiel amigo Óscar del destino trágico que le aguarda, facilita los caminos del amor y cambia para siempre el destino del reino de Veloria.
Anastasia sintió una vibración intensa recorriendo todo su ser, seguida inmediatamente por una sensación vertiginosa de caída libre a través de un túnel de estrellas. De pronto, un soplo de aire helado y profundo penetró con violencia en sus pulmones, haciendo que su pecho se alzara en una inhalación desesperada.
Abrió los ojos de golpe.
Ya no estaba flotando en el espacio infinito de cristal líquido, ni sentía el dolor abrasador del rayo o la lluvia torrencial. Se encontraba acostada sobre un mullido colchón de plumas, arropada por las suaves y familiares sábanas de seda rosa de la mansión de su familia en el sur. El brillante sol de la mañana filtraba sus rayos dorados a través de las cortinas de encaje de la gran ventana, iluminando los jarrones con flores frescas sobre la mesa de noche.
Desconcertada y agitada, Anastasia se llevó las manos al rostro, al pecho y a los brazos. No había cicatrices de quemaduras, no había dolor en los pies. Su corazón latía con fuerza y vitalidad dentro de su pecho.
En ese instante, las pesadas puertas de madera tallada de su habitación se abrieron de par en par. Varios sirvientes y doncellas ingresaron en la estancia portando con sumo cuidado y reverencia un imponente vestido de novia de seda marfil, bordado minuciosamente con hilos de plata y microperlas.
—¡Muy buenos días, señorita Anastasia! —exclamó la doncella principal con una inclinación respetuosa y una amplia sonrisa radiante—. ¡Es hora de levantarse! Hoy es el día más importante y glorioso de su vida: la mañana de su boda con su majestad, el rey Nataniel.
Anastasia se quedó completamente petrificada en la cama. El tiempo había retrocedido. El reloj del universo se había rebobinado exactamente cuatro años atrás, hasta la mañana misma en que su historia —y su antigua pesadilla— había comenzado.
Lentamente, se puso de pie y caminó descalza hacia el gran espejo de cuerpo entero del peinador.
La joven de rostro pálido y mejillas rozagantes que la devolvía la mirada ya no era la muchacha ingenua, asustada y sumisa del pasado que caminaba a ciegas hacia un matrimonio por obligación. Ahora era una mujer que llevaba consigo el conocimiento del futuro, las memorias del dolor y la verdad revelada del cielo: sabía que detrás de la máscara de piedra del temible rey Nataniel no había un monstruo que la aborrecía, sino un hombre torpe que la amaba con desesperada y feroz locura.
Una sonrisa decidida, llena de coraje y matizada por una leve compasión, se dibujó en los labios de Anastasia mientras extendía sus dedos para tocar la suave seda plata del vestido de novia.
—Esta vez... las cosas serán completamente diferentes, Nataniel —murmuró para sí misma con firmeza.