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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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15. Reúne a los hombres
El teléfono de Lucas vibró sobre la mesa de la cocina poco después de las nueve de la noche. Estaba sentado en el borde de la pila, descalzo, con los pies sobre las baldosas frías, bebiendo agua del grifo directamente del vaso cuando la pantalla se iluminó con un nombre sin apellido: "V."
- “Dime”, contestó Lucas, al segundo timbre.
- “Almacén del polígono. Veinte minutos. Trae a los hombres”, pidió Valentín.
Lucas colgó sin despedirse. Dejó el vaso en la pila, fue al dormitorio, se puso las botas, cogió la chaqueta de cuero negro que colgaba del respaldo de una silla y las llaves de la furgoneta de la puerta. Antes de salir marcó un número.
- “Raúl. Reúne a los demás. Polígono San José, nave catorce. Ahora”, ordenó Lucas.
.Lucas condujo en silencio por la SE-30, con las ventanillas bajadas y el aire de la noche entrando. En el asiento del copiloto, Raúl, un tipo ancho de hombros con la nuca rapada y una cicatriz en el labio inferior, comía pipas y escupía las cáscaras en un papel de aluminio.
- “¿Sabes de qué va?”, preguntó Raúl sin girarse.
- “No”, respondió Lucas.
- “La última vez que fuimos al almacén fue lo del catalán”, expresó Raúl.
Lucas no respondió. Sabía que Raúl preguntaba por preguntar, no porque esperara respuesta. En el asiento de atrás, dos hombres más que Lucas apenas conocía de nombre jugaban algo con las manos a la luz del móvil.
El polígono San José era una hilera de naves industriales de chapa pintada de gris, con portones abiertos de par en par y camiones aparcados en las rampas de carga. A esas horas solo funcionaba una mecánica con la puerta subida y una luz fluorescente que zumbaba. Lucas aparcó la furgoneta junto a la nave catorce, que tenía el portón cerrado. Había un Mercedes negro aparcado en diagonal frente a la puerta lateral. Valentín ya estaba dentro.
Los cuatro bajaron de la furgoneta. Lucas fue el primero en llegar a la puerta de metal. La empujó con el hombro y entró.
El almacén era un rectángulo de unos doscientos metros cuadrados con techo de chapa a seis metros de altura. No había estanterías, ni cajas, ni mercancía visible. El suelo era de hormigón pulido, gris, con manchas de aceite viejo en los bordes. En el centro exacto del espacio, bajo una lámpara colgante, había una silla de madera. En la silla, un hombre sentado con las manos atadas a la espalda con bridas de plástico blanco. La cabeza colgaba hacia delante, el mentón casi tocando el pecho. Llevaba una camisa manchada de sudor y un pantalón de pinza. Las rodillas separadas, los pies descalzos sobre el hormigón. Olía a orina.
Valentín estaba de pie a tres metros de la silla, de espaldas a la puerta. Llevaba el traje gris oscuro, la camisa abierta hasta el esternón y el pelo despeinado, como si hubiera salido de la cama sin mirarse al espejo. No se giró cuando oyeron entrar a los hombres. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón. A su derecha, sobre una mesa plegable de metal, había una caja de madera con el cierre de latón abierto.
Lucas se detuvo a cuatro pasos de su hermano. Los demás se quedaron detrás, sin saber dónde ponerse. Raúl se apoyó contra la pared, junto a un extintor. Los otros dos se quedaron de pie, mirándose entre ellos.
- “Cierra la puerta”, dijo Valentín sin volverse.
Raúl cerró el portón de metal. El ruido retumbó en el techo de chapa y se apagó en el silencio del almacén. Solo quedaron la lámpara del centro y una bombilla desnuda en la esquina junto a la mesa plegable.
Valentín se acercó a la silla. El hombre atado levantó la cabeza. Tenía la cara hinchada del lado izquierdo, un ojo semicerrado por un moratón que le bajaba desde la ceja hasta el pómulo. El labio inferior estaba partido, con un hilo de sangre seca que le llegaba a la barbilla. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, pelo castaño corto, complexión media, con las manos hinchadas de las bridas. Respiraba por la boca, con dificultad, como si la nariz estuviera tapada por coagulación.
- "Mírame”, dijo Valentín.
El hombre levantó la cabeza del todo. El ojo bueno, el izquierdo, estaba inyectado en sangre. Parpadeó varias veces, como si la luz de la lámpara le quemara.
- “¿Sabes por qué estás aquí?”, preguntó Valentín.
El hombre tragó saliva. Un hilo de saliva mezclada con sangre le colgó de la comisura del labio.
- “No he hecho nada”, dijo el hombre.
Valentín sacó la mano derecha del bolsillo. Con un gesto lento, casi distraído, abofeteó al hombre con el dorso de la mano. El golpe no fue fuerte. Fue seco, preciso, como si corriera una mosca. La cabeza del hombre se fue hacia la derecha y volvió.
- “No. Otra vez. ¿Sabes por qué estás aquí?”, volvió a preguntar Valentín.
El hombre cerró los ojos.
- “Sí”, dijo el hombre.
- “Dilo”, exigió Valentín.
- “Por la ruta de Huelva”, expresó el hombre.
Valentín asintió. Se apartó de la silla y caminó hacia la mesa plegable. Abrió la caja de madera. Dentro había herramientas: un alicates, un cúter, un mechero, una botella de medio litro de plástico transparente con un líquido amarillento. Lucas reconoció el olor antes de verlo, era gasolina.
Lucas no se movió. Estaba de pie, a cuatro pasos, con las manos a los lados del cuerpo y la mirada fija en la nuca de su hermano. Conocía aquella rutina. La había visto antes, en otro almacén, con otro hombre, otra silla, otra caja. No le producía náuseas ni miedo. Le producía algo peor, una quietud en el estómago, como si todo dentro de él se detuviera para no interferir.