Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: El nido de las víboras
El carruaje con las armas de la casa del barón se detuvo frente a la mansión familiar con un chirrido violento. Alexander bajó de un salto, empujando al lacayo que intentaba sostenerle la portezuela. Cruzó el vestíbulo a zancadas, desabrochándose el cuello del uniforme militar que ahora sentía como una soga apretada alrededor de la garganta. Sus manos temblaban de manera incontrolable, y el sudor frío continuaba empapándole la nuca. Las palabras del Emperador seguían retumbando en su cabeza, pesadas como lápidas. * perdiendo tierras, títulos y cabezas antes del amanecer*.
Al entrar al despacho principal, la imponente silueta de su padre, el viejo Barón de la Frontera, lo aguardaba junto a la chimenea. El hombre no esperó a que su hijo cerrara la puerta.
Se movió con una rapidez inesperada para su edad y, sin mediar palabra, descargó un revés con la palma abierta directamente sobre la mejilla de Alexander. El impacto resonó en las paredes de madera y obligó al joven a tambalearse hacia atrás, llevándose una mano al rostro encendido.
—¡Imbécil de nacimiento! —rugió el viejo barón, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¿Tienes idea de lo que has hecho esta noche? He recibido tres notas de los mensajeros del Duque de Westminster antes de que pusieras un pie en esta casa. ¡Has expuesto nuestra ambición ante todo el consejo imperial! Te arrastraste como un perro faldero ante la princesa heredera para que ella te tratara como a un pedazo de fango frente a los condes. ¡Has destruido treinta años de diplomacia en una sola velada!
—Padre... usted no lo entiende —balbuceó Alexander, con la voz rota y el orgullo hecho pedazos—. Ella... Vivianne no es la misma. Algo cambió en ella. Me miró como si... como si supiera lo que pensaba. No fue un simple rechazo, fue una ejecución pública.
—¡No me interesan tus excusas de cobarde! —le interrumpió el padre, dándole la espalda con profundo asco—. Te advertí que si jugabas con la corona, debías ser impecable. Ahora el nombre de nuestra familia está en la boca de cada cortesano de la capital. Si no arreglas este desastre, yo mismo te desheredaré antes de que el invierno congele las cosechas.
Alexander se desplomó sobre uno de los sillones de cuero, hundiéndose el rostro entre las manos. El pánico le devoraba las entrañas.
Dos horas más tarde, cuando la madrugada ya teñía de gris los ventanales, un golpe sutil y rítmico en la puerta de servicio del jardín alertó a Alexander. Tras despedir a los criados, abrió la madera pesada. Una figura envuelta en una capa de lana rústica y gastada se coló en el pasillo, bajándose la capucha con brusquedad.
Era Lucia. Había tenido que vestirse con las ropas comunes de una de sus sirvientas para cruzar la capital sin ser reconocida, tras el bochorno del baile. Traía el cabello desordenado y el rostro demacrado por el llanto de rabia.
—¡Tuvimos que quemar el vestido, Alexander! —siseó ella, entrando al despacho y tirando la capa sobre el suelo con desprecio—. El tul rosa quedó completamente inservible, apestando a vino agrio. ¡Esa maldita sirvienta de establo arruinó mi noche! Vivianne me trató como a una arrimada frente a las condesas... Tenemos que exigirle una audiencia mañana mismo. Ella tiene que compensarme por este insulto, tiene que destituir a esa empleada y devolverme mi lugar en sus aposentos.
Alexander la miró desde el escritorio, con los ojos inyectados en sangre y una expresión de vacío absoluto que congeló las quejas de la mujer.
—No habrá audiencia, Lucia —dijo él, con una voz extrañamente plana—. No volveremos a poner un pie en el palacio imperial.
—¿De qué estás hablando? —Lucia frunció el ceño, cruzándose de brazos—. Es solo un berrinche de Vivianne. Mañana llorará por mi ausencia y nos rogará que regresemos. Solo debemos presionar un poco...
—¡Que no lo entiendes! —Alexander se levantó de golpe, golpeando el mueble con ambos puños y haciendo que el tintero tintineara—. El Emperador me arrastró a su sala privada. Me tuvo de rodillas en el suelo, Lucia. Me prometió que si volvía a acercarme a su hija, si intentábamos el más mínimo agravio contra ella, mi familia perdería las tierras, los títulos y colgarían nuestras cabezas antes del amanecer. ¡Nos descubrieron! El plan del vino falló porque Vivianne sabía lo que venía. Ella nos tendió la trampa a nosotros.
Lucia dio un paso atrás, con la boca abierta y la palidez del miedo tiñéndole las mejillas. El aire del despacho pareció volverse helado. Sin embargo, la mente de la serpiente no se detuvo por el terror; la humillación y la codicia que sentía eran más fuertes que la advertencia del soberano.
—El Emperador te amenazó a ti... dentro del palacio —murmuró Lucia, entornando los ojos mientras una nueva y retorcida idea comenzaba a formarse en su cabeza—. Tienen la guardia en alto dentro de los muros reales. Pero el palacio no es todo el imperio, Alexander. Vivianne no puede controlar lo que la gente dice afuera.
—¿Qué estás planeando, Lucia? —preguntó él, temblando—. Si el Emperador se entera...
—No se enterará de que viene de nosotros —respondió ella, con una sonrisa maliciosa que le devolvió la vida a su rostro—. Vivianne siempre fue una tonta dócil; la corte la respeta ahora por el impacto de su vestido azul, pero la aristocracia es voluble. Yo tengo las cartas confidenciales que ella me enviaba todas las semanas. Cartas donde se quejaba de la severidad de su padre, donde lloraba por su soledad... Si esas palabras caen en las manos correctas, si sembramos el rumor de que la princesa heredera desprecia las leyes del imperio y que su nueva actitud es solo una máscara para ocultar su inestabilidad, la alta sociedad empezará a dudar de ella.
Lucia se acercó a Alexander, tomándolo de las solapas de la túnica con urgencia.
—Usaremos las redes de correspondencia de las hijas de los condes. Enviaremos los chismes camuflados entre mis cartas habituales de cortesía. Nadie sospechará de un par de misivas privadas entre amigas de la nobleza. Atacaremos su reputación desde afuera, donde la espada del Emperador no puede cortar el viento. Si la aristocracia le da la espalda, el Emperador no tendrá más remedio que buscarle un consorte que la controle... y ese seguirás siendo tú.
Alexander la escuchó, sintiendo cómo la ambición volvía a ganarle terreno al pánico en su pecho. El plan parecía seguro. Las cartas privadas eran sagradas en la corte, un terreno donde la guardia real no intervenía.
Lo que ninguno de los dos traidores sabía, mientras sellaban su nuevo pacto en la penumbra del despacho, era que el correo de la baja nobleza ya no era un espacio seguro. Al otro lado de la ciudad, en el palacio, los ojos de obsidiana de Vivianne y la red del Lobo del Norte ya estaban esperando el primer trazo de su tinta para cerrarle la trampa alrededor del cuello.
felicidades por tus novelas.