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Mechas Carmesí

Mechas Carmesí

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mujer poderosa
Popularitas:517
Nilai: 5
nombre de autor: AlexAugustus

Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.

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Capítulo 11: Cenizas y Acusaciones

Tres días después de la primera gran invasión de los zánganos, la ciudad parecía un organismo herido que intentaba lamerse las heridas mientras sangraba por dentro. El Barrio Bajo 17 ya no era solo un distrito marginal; se había convertido en una zona muerta, declarada “área de contención temporal” por las autoridades. Las evacuaciones masivas habían dejado edificios vacíos, calles llenas de escombros y un silencio opresivo roto solo por el ocasional zumbido de drones de vigilancia de hélix o el lejano eco de patrullas mixtas.

El costo humano había sido devastador. Ciento ochenta y siete civiles muertos confirmados, más de cuatrocientos heridos y miles desplazados. Los refugios temporales en el Distrito Medio estaban saturados. La gente dormía en pasillos, gimnasios convertidos en albergues y estacionamientos subterráneos. El olor a desinfectante, miedo y comida industrial llenaba el aire.

Mateo Ruiz caminaba entre las filas de camas improvisadas en el mayor refugio, el Centro Cívico Aurora. Su hábito táctico estaba limpio por primera vez en días, pero sus ojos reflejaban el agotamiento acumulado. A su lado, Elena Vargas cargaba una caja de medicamentos donados por la Orden de San Miguel. Su grupo había sido integrado temporalmente como “fuerza de apoyo civil” gracias a la alianza nacida en combate.

—Esto es peor que la invasión misma —murmuró Elena, entregando un paquete de analgésicos a una madre con dos niños pequeños—. La gente perdió todo. No solo sus casas. Perdieron la poca esperanza que les quedaba.

Mateo se arrodilló junto a un anciano que tosía con fuerza, posiblemente por inhalación de partículas demoníacas residuales. Colocó una mano sobre su pecho y murmuró una bendición de purificación. Una luz tenue dorada fluyó por unos segundos.

—Sobreviviremos —dijo Mateo con voz calmada, aunque no estaba seguro de creérselo del todo—. La alianza entre tu gente y la Orden está funcionando. Ya limpiamos cuatro nidos residuales juntos ayer.

Elena miró alrededor. Raúl y Carla distribuían sopa junto a novicias del convento. La cooperación ya no era solo táctica; se había vuelto casi orgánica. Los independientes aportaban conocimiento callejero y ferocidad, mientras los eclesiásticos ofrecían estructura, sanación y legitimidad moral.

—Nunca pensé que confiaría en un hombre de la Iglesia —admitió Elena en voz baja mientras caminaban hacia la siguiente fila—. Pero después de ver cómo protegiste a mis chicos… y cómo luchaste por gente que no te debía nada. Eso cambia las cosas.

Mateo sonrió con tristeza.

—Mi hermana Ana estaría feliz de vernos así. Ella siempre decía que las divisiones son el verdadero alimento de los demonios.

La repercusión más visible era la unión forzada en las calles. Grupos mixtos patrullaban ahora las zonas limítrofes entre el Distrito Medio y los Bajos. hélix había ofrecido “apoyo logístico” limitado, pero la mayoría de la gente confiaba más en los equipos combinados de Mateo y Elena. Habían ganado una reputación: “Los Guardianes del Umbral y la Cruz”.

Sin embargo, las repercusiones políticas eran mucho más turbias.

En la Torre hélix, Marcus Hale estaba de pie frente a una pared de pantallas holográficas que mostraban noticias de todos los canales. Su traje ejecutivo negro estaba impecable, pero sus nudillos aún mostraban moretones de la batalla.

—Los números son claros —dijo con voz fría a Victoria Lang y el resto de la junta—. La invasión costó 47 millones en daños a propiedades protegidas. Pero nuestra imagen pública subió un 12%. La gente vio a nuestros equipos interviniendo directamente. Marcus Hale en el campo de batalla se está volviendo viral.

Victoria frunció el ceño.

—Eclipse y Kurogane están lanzando una campaña brutal. Nos acusan de haber sabido sobre las fisuras y no advertir. Y todos coincidimos en culpar al Vaticano por “falta de prevención espiritual”.

Marcus sonrió con superioridad.

—Que sigan. Mientras se pelean entre ellos, nosotros consolidamos poder. Ya tengo reuniones con tres senadores. Ofreceremos “protección integral” a cambio de leyes que limiten las operaciones independientes y reduzcan la influencia eclesiástica en zonas urbanas.

La repercusión económica era brutal. Las acciones de hélix subieron un 8% por el miedo generalizado. La gente rica contrataba más protección. Los pobres, en cambio, se volvían hacia la Iglesia y los grupos como el de Elena. La división social se profundizaba.

En un estudio de noticias subterráneo improvisado en el Distrito Medio, Lilith Sinclair de Eclipse Dynamics daba una entrevista en vivo, con el rostro perfectamente compuesto y una expresión de indignación controlada.

—Fue un error lamentable de nuestra división de investigación —admitió con tono grave—, pero actuamos con la intención de contener las fisuras. La verdadera tragedia es que la Orden de San Miguel y el Vaticano ignoraron nuestras advertencias previas. Si hubieran cooperado con tecnología moderna en vez de rezos antiguos, muchas vidas se habrían salvado.

El entrevistador, pagado discretamente, presionó:

—¿Y qué hay de los reportes de que sus dispositivos fueron los que amplificaron las fisuras?

—Propaganda de hélix —respondió Lilith con calma—. Ellos quieren monopolizar el mercado.

En paralelo, Akira Tanaka de Kurogane apareció en otro canal, con un tono más sereno y filosófico:

—Esta tragedia demuestra que ni la fe ciega ni el capitalismo salvaje bastan. Necesitamos una tercera vía: tecnología responsable con rostro humano. Estamos dispuestos a ofrecer nuestros sistemas de contención a las comunidades afectadas sin costo inicial.

La guerra mediática era feroz. Cada corporación intentaba salir limpia mientras hundía a las demás. La Iglesia se convertía en el blanco común. Sacerdotes y monjas eran acosados en redes con hashtags como #FeObsoleta y #VaticanoFallido. En algunos barrios, hubo pequeños disturbios donde gente desesperada exigía “soluciones reales” en vez de bendiciones.

Verónica observaba todo desde la biblioteca del convento. Había regresado de su incursión solitaria en los Bajos con la misma serenidad aparente de siempre. Nadie sospechaba que ella había destruido más de doce nidos importantes. Los “terremotos localizados” seguían siendo atribuidos a inestabilidad de fisuras.

Sentada frente a su terminal holográfica, transcribía reportes mientras escuchaba las noticias. Sus mechas carmesíes parecían más vibrantes bajo la luz artificial. En su interior, la otra faceta se agitaba. Había probado su poder, y el sabor de la acción verdadera le había dejado un hambre contenida.

“Todavía no”, se repetía. “El momento no ha llegado.”

Pero sentía las fisuras creciendo. Lo que los zánganos habían iniciado era solo el preludio. Algo mucho más grande acechaba al otro lado.

El Padre Superior entró en la biblioteca, con expresión grave.

—Sor Verónica, la situación es delicada. El Vaticano ha enviado instrucciones: debemos mantener una postura de ayuda desinteresada, pero sin exponernos demasiado. Las acusaciones están dañando nuestra imagen global.

Verónica levantó la mirada con humildad.

—Haremos lo que siempre hemos hecho, Padre. Servir. Curar. Proteger con lo que somos.

El anciano suspiró.

—Mateo me ha informado de su alianza con los independientes. Es… riesgoso. Pero necesario. Apóyenlos en lo que puedan.

—Así se hará.

De vuelta en los refugios, las repercusiones emocionales eran las más profundas.

Elena Vargas estaba sentada junto a un fuego improvisado en el exterior del Centro Aurora, compartiendo una taza de café amargo con Mateo. La noche era fría.

—Perdí a mis hijos por un demonio —dijo Elena en voz baja—. Pensé que nada podía ser peor. Pero ver a toda esta gente… familias enteras destruidas. Niños que ya no sonríen. Eso duele más.

Mateo miró las llamas.

—Mi hermana Ana murió intentando proteger a otros. Cada vez que ayudo a alguien aquí, siento que sigo su camino. Tu grupo y el mío… estamos haciendo algo real. No por contratos. No por votos. Por las personas.

La alianza se había extendido. Otros grupos independientes se unían. Incluso algunos cazadores desencantados de corporaciones menores desertaban hacia ellos. Surgía una nueva fuerza: los “Guardianes Unidos”, una coalición informal pero efectiva.

Sin embargo, no todo era positivo. Había tensiones. Algunos independientes desconfiaban de la Iglesia por su lentitud histórica. Algunos eclesiásticos veían a los independientes como demasiado violentos y moralmente grises. Mateo y Elena actuaban como puentes, mediando disputas y demostrando con acciones que la unión era posible.

Un joven de diecinueve años se acercó al fuego. Había perdido a sus padres en la invasión.

—¿Van a volver los demonios? —preguntó con voz temblorosa.

Elena le revolvió el cabello.

—Vendrán. Pero estaremos aquí. Juntos.

Marcus Hale, desde su pent-house, revisaba reportes financieros mientras bebía whisky. Su intervención personal en la batalla había elevado su estatus interno. Ahora era visto no solo como ejecutivo, sino como líder guerrero.

—Las repercusiones nos favorecen —le dijo a Victoria en una llamada—. La gente tiene miedo. Compran protección. Y mientras las corporaciones rivales se desgarran, hélix se posiciona como la opción estable.

Pero incluso él sentía inquietud. Los sensores mostraban que las fisuras no se cerraban. Al contrario, se expandían lentamente. Lo que habían abierto no podía cerrarse fácilmente.

En el convento, Verónica salió al claustro interior esa noche. El jardín zen estaba silencioso. Se quitó el velo por un momento, dejando que su largo cabello rubio dorado con mechas carmesí cayera libremente hasta llegar poco más debajo de su espalda baja. Tocó una de las mechas con los dedos.

Había sentido cada nido destruido. Cada golpe había sido un recordatorio de quién era realmente. La bestia sagrada dentro de ella se removía con más fuerza. Sabía que pronto no podría contenerla.

Pero por ahora, seguía siendo la monja serena. La que ayudaba en los refugios al día siguiente. La que transcribía archivos. La que observaba.

Las repercusiones de la primera invasión se extendían como ondas en un estanque. Divisiones políticas más profundas. Alianzas inesperadas en las calles. Desconfianza hacia las instituciones. Miedo colectivo. Y, en las sombras, Verónica esperaba el momento en que ya no pudiera seguir escondiendo su verdadera naturaleza.

La ciudad respiraba con dificultad.

El velo estaba más delgado que nunca.

Y todos, sin saberlo, se preparaban para lo que vendría después.

**Escenas extendidas de las repercusiones**

Durante el segundo día post-invasión, Mateo organizó una misa improvisada al aire libre. Cientos asistieron, no solo por fe, sino por la necesidad de comunidad. Elena y su grupo se mantuvieron en los bordes, protegiendo el perímetro. Después de la ceremonia, ambos líderes hablaron con la gente.

—Esta no es solo una lucha contra demonios —dijo Mateo—. Es una lucha por mantener nuestra humanidad.

Elena añadió:

—Y por no dejar que los poderosos nos usen como piezas en su juego.

La gente aplaudía. La moral subía ligeramente.

**Guerra mediática**

Los canales corporativos emitían documentales “investigativos” las 24 horas. Uno acusaba al Vaticano de “ocultar conocimiento sobre las fisuras”. Otro culpaba a hélix de experimentación irresponsable. La opinión pública se polarizaba. Encuestas mostraban que la confianza en la Iglesia había caído un 22% en tres días, mientras que hélix mantenía su base rica, pero perdía apoyo popular.

**Impacto en Verónica**

En privado, Verónica visitó los refugios disfrazada con un hábito más sencillo. Curó discretamente a varios heridos graves. Cada vez que usaba su magia, sentía cómo la otra faceta pedía más espacio. Sus mechas carmesíes se calentaban bajo el velo. Sabía que estaba dejando rastros de energía que podrían atraer atención eventual, pero no podía quedarse de brazos cruzados.

**Reunión de Guardianes Unidos**

Mateo y Elena convocaron una reunión con líderes de otros grupos. Veintitrés personas en total. Definieron protocolos de respuesta rápida, zonas de responsabilidad y un sistema de comunicación encriptado. La alianza ya no era temporal. Se estaba institucionalizando.

**Marcus en acción**

Marcus visitó personalmente un refugio de élite para clientes premium. Prometió protección total y mostró sus heridas de batalla como prueba de compromiso. Su carisma calculado funcionaba. Nuevos contratos se firmaron por millones.

**Escena final en el convento**

Verónica se arrodilló en la capilla principal a medianoche. Las velas parpadeaban. Afuera, la ciudad aún humeaba.

—Dame fuerza para contenerlo —susurró—. O sabiduría para saber cuándo liberarlo.

Las mechas carmesíes brillaron intensamente por un segundo antes de calmarse.

La primera invasión había terminado.

Pero sus consecuencias apenas comenzaban a moldear el futuro de todos.

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