Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 4: TENER EL CONTROL
Nicolas Donovan
Detesto perder el tiempo. El tiempo es la única variable en este maldito mundo que mi dinero no puede comprar ni duplicar, y la incompetencia de los que me rodean suele ser la mayor sanguijuela de mis minutos.
Estaba sentado detrás de mi escritorio de cristal negro, repasando un informe de adquisición de la división de tecnología en Shanghái, cuando el taconeo suave de la chica rompió el silencio de mi despacho. Alcé la vista.
Ahí estaba Chloe Bennett mi nueva asistente personal.
Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta alta, dejando al descubierto un cuello largo y pálido que se tragaba la luz de la mañana. Su blusa blanca estaba perfectamente planchada, pero el tejido era barato; lo supe al instante por cómo se ajustaba a la curva de sus hombros. No traía joyas. No traía el perfume empalagoso de las mujeres que suelen merodear mis oficinas buscando un poco de atención. Olía a jabón neutro, a lluvia fresca y a algo puramente salvaje que me tensó la mandíbula.
—Buenos días, señor Donovan —dijo. Su voz era suave, pero tenía una firmeza que no cuadraba con la timidez de sus manos, que sostenían una tableta con los pendientes del día.
—Los informes de la auditoría de París —ordené, sin preámbulos. Mi propia voz sonó más áspera de lo habitual, una advertencia silenciosa de que no estaba de humor para fallas.
Ella no dudó. Dio tres pasos firmes, colocó los documentos impresos exactamente a mi izquierda —donde guardo lo urgente— y dejó la tableta a un lado.
—Están listos, señor. El director financiero de la filial francesa intentó retrasar la entrega alegando diferencias en el huso horario, pero me comuniqué directamente con su despacho en París. Le advertí, que si los balances no estaban en su pantalla a las siete de la mañana, su carta de despido lo esperaría en la recepción del boulevard Haussmann. Aquí tiene el desglose.
La miré fijamente, entornando los ojos. Un destello de sorpresa cruzó mi mente, aunque mi rostro permaneció como una puta roca de hielo. Francés impecable. Una cría de veintiún años doblando el brazo de un ejecutivo de cincuenta en el corazón de Europa.
—¿Usó la intimidación, señorita Bennett? —pregunté, recostándome en mi sillón de cuero, entrelazando los dedos sobre mi abdomen.
—Usé la eficiencia, señor —respondió ella, sosteniéndome la mirada un segundo más de lo que cualquier empleado se atrevería, antes de bajar los ojos hacia sus notas—. Usted dejó claro que los retrasos son inaceptables. Solo cumplí con el estándar de UltraTech Donovan.
Una chispa de posesividad, oscura y repentina, me golpeó el estómago. El "estándar Donovan". Me gustaba cómo sonaba ese maldito apellido en su boca. Me gustaba el contraste de su fragilidad física con la agudeza de su mente. Esta chica era un diamante en bruto, una combinación peligrosa de inocencia visual y una inteligencia voraz que me estaba costando ignorar más de lo debido.
Me puse de pie lentamente, llenando el espacio de la oficina. Medía casi dos metros y sabía perfectamente el efecto intimidante que mi tamaño y mi posición ejercían sobre los demás. Caminé hacia el ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de mi traje. Desde aquí, la ciudad parecía un tablero de ajedrez donde yo movía las piezas a mi antojo. Pero en las últimas cuarenta y ocho horas, la única pieza que ocupaba mis pensamientos era la chica rubia que estaba detrás de mí.
Había algo en ella que no encajaba. Su currículum era brillante, sus idiomas perfectos, pero la desesperación que había visto en sus ojos verdes durante la entrevista seguía ahí, oculta bajo una fachada de asistente perfecta. ¿Por qué una estudiante con ese potencial aceptaría un trabajo matutino y nocturno que destrozaría sus horas de sueño? ¿Qué la empujaba al límite?
—Su rendimiento es impecable, señorita Bennett —dije, dándome la vuelta despacio para encararla—. Sin embargo, Recursos Humanos me informó que solicitó un adelanto de su primer bono de desempeño apenas cuarenta y ocho horas después de firmar el contrato. ¿Tiene algún problema financiero que deba conocer? La confidencialidad de esta oficina exige que su vida personal esté en orden.
Vi el momento exacto en que se tensó. El color abandonó sus mejillas y sus dedos apretaron la tableta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Dio un pequeño paso hacia atrás, un movimiento instintivo de defensa que solo encendió más mi instinto de cazador. Odio que me oculten cosas. Necesito el control absoluto de todo lo que entra en mi órbita, y ella ya estaba muy adentro.
—Mi vida personal está bajo control, señor Donovan —mintió, con la barbilla en alto. Un delicioso gesto de rebeldía—. El adelanto fue para un trámite académico urgente. No afectará mi trabajo en lo absoluto. Se lo aseguro.
Caminé hacia ella. Con pasos lentos, acortando la distancia hasta que quedé a menos de un metro de su cuerpo. Pude notar cómo su respiración se aceleraba, el ritmo errático de su pecho subiendo y bajando bajo la camisa blanca. El aroma a sándalo de mi oficina fue sepultado por su fragancia limpia y femenina. Era tan pequeña comparada conmigo, tan deliciosamente vulnerable.
—Espero que así sea —murmuré, bajando el tono de mi voz, permitiendo que el barítono ronco inundara el espacio entre los dos—. Porque si descubro que me está ocultando algo, o que su atención se desvía de mis asuntos, la penalización de su contrato se aplicará de inmediato. Y créame, señorita Bennett, no querrá deberle dinero a este imperio.
Ella tragó saliva, y sus ojos verdes se clavaron en los míos. No había miedo en su mirada, sino un desafío ardiente, una chispa de orgullo que me dio ganas de acorralarla contra el cristal de la ventana y averiguar si era tan intensa en todo lo demás como lo era defendiendo su maldito orgullo.
—Entendido, señor Donovan —susurró, con la voz ligeramente trémula.
—Retírese. Quiero los informes de Rusia para las dos de la tarde.
Ella asintió, dio la vuelta y caminó hacia la puerta con paso firme. Me quedé mirándola, siguiendo el vaivén sutil de sus caderas bajo la falda negra hasta que la puerta se cerró detrás de ella.
Me pasé una mano por el cabello, despeinándolo con frustración. Tenía cuarenta y tres años, un imperio que gobernar y una lista de responsabilidades que mantendrían despierto a cualquier hombre. No debería estar deseando a mi asistente de veintiuno. Pero mientras volvía a sentarme en mi escritorio, el eco de su voz y la firmeza de su mirada me dejaron claro una sola cosa: Chloe Bennett iba a ser mi perdición, y yo no iba a mover un solo dedo para evitarlo.