Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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El eco del impacto
No hubo advertencia. No hubo un segundo más de discusión. Antes de que pudiera procesar la amenaza implícita en sus palabras, Sebastian acortó los últimos milímetros que nos separaban. Su mano abandonó la pared para enredarse con fuerza en mi cabello, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, y sus labios cayeron sobre los míos con la fuerza de un impacto.
Fue un beso hambriento, rudo, cargado de toda la furia y los celos que se había estado guardando.
Al principio, la indignación me quemó el pecho. Intenté empujarlo, apoyando mis manos contra su chaqueta de tela gruesa, pero su cuerpo era una pared de piedra que me mantenía firmemente atrapada contra el muro del recibidor. Quise gritarle, reclamarle que no tenía derecho, pero en cuanto abrí la boca para protestar, él profundizó el beso, adueñándose por completo de mi respiración. Y entonces, mi propio cuerpo me traicionó. El calor de su aliento, el olor a madera de su loción y los años de deseos reprimidos estallaron en mi interior, transformando mi resistencia en un suspiro tembloroso que se entregó por completo a él.
Sebastian
Me volví loco. Escucharla hablar de ese imbécil, verla defenderlo en mi propia cara, simplemente rompió el último rastro de mi control. Necesitaba callarla, necesitaba demostrarle que no me importaba un demonio lo que dictaran las reglas o las malditas líneas que nos separaban.
Cuando mis labios tocaron los suyos, la descarga de adrenalina casi me hace perder el sentido. Sentí sus manos protestando contra mi pecho, su cuerpo rígido intentando zafarse, y por un microsegundo la culpa intentó frenarme. Pero no pude. La estreché más contra mí, sintiendo la delicadeza de su cintura bajo mis dedos, devorándola con una desesperación que me asustó a mí mismo.
Entonces, sentí el cambio. Su cuerpo se ablandó contra el mío, sus manos dejaron de empujar para aferrarse con fuerza a mi camisa, y correspondio el beso con la misma intensidad salvaje con la que yo la estaba reclamando. El mundo exterior desapareció. En ese recibidor oscuro, solo existía el sonido de nuestras respiraciones agitadas y la certeza de que acabábamos de quemar el puente detrás de nosotros.
Sophia
La falta de aire nos obligó a separarnos, pero el hechizo no se rompió despacio; se hizo añicos. En cuanto sus labios soltaron los míos, la realidad me golpeó en la cara con la fuerza de un balde de agua fría. Vi mis manos arrugando su camisa, sentí el calor de su cuerpo todavía pegado al mío y una mezcla de vergüenza, rabia y pánico me inundó las venas.
Antes de que él pudiera decir una sola palabra o acariciar mi rostro, la adrenalina tomó el control. Levanté la mano derecha y, con toda la fuerza de la indignación que todavía me quemaba por dentro, descargué una bofetada limpia sobre su mejilla.
El impacto seco resonó en todo el recibidor.
—¡No vuelvas a tocarme así en tu maldita vida! —le grité, con la voz quebrada y la respiración entrecortada, limpiándome los labios con el dorso de la mano aunque todavía me escocieran por su contacto. El pecho me subía y bajaba violentamente. Me dolía la mano, pero me dolía más el alma por haber cedido, por haberle demostrado que tenía ese poder sobre mí.
Sebastian
El golpe me giró la cara hacia un lado, dejando un ardor ardiente en mi mejilla que no se comparaba en nada con el vacío repentino en mi pecho. El sonido de la bofetada se extinguió, dando paso a un silencio sepulcral, espeso, que casi se podía cortar con un cuchillo.
Me quedé estático, con la mirada fija en el suelo durante unos segundos interminables mientras la nube de la locura se disipaba por completo. La culpa me cayó encima como una losa de concreto, aplastando todo mi orgullo y mi furia previa. Al levantar la vista y verla ahí, temblando, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y limpiándose de mis besos como si fuera veneno, me sentí el ser más miserable del planeta.
Di un paso atrás instintivamente, levantando las manos en señal de rendición, alejándome de su espacio personal mientras el remordimiento me carcomía por dentro.
—Sophia... yo... —mi voz, antes firme y autoritaria, se arrastró como un susurro roto—. Perdóname. Lo siento de verdad. No debí... perdí el control. No sé qué me pasó.
La miré una última vez, asustado de mi propio impulso y del daño que acababa de causar en la única cosa que me importaba proteger. Sin esperar una respuesta que sabía que no merecía, me di la vuelta, abrí la puerta principal que minutos antes había bloqueado y salí a la noche, dejando que el frío de la calle intentara apagar el desastre que acababa de provocar.