La Chica que Compró al Príncipe Esclavo
Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.
Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.
Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.
Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.
Salvarlo fue un acto de compasión.
Amarlo podría costarle la vida.
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CAPÍTULO 22 Cincuenta mil monedas de oro
—¿Cincuenta mil monedas de oro?
Elena había repetido aquella cifra al menos siete veces durante los últimos cinco minutos.
—Correcto —respondió Lord Varek.
—¿Cincuenta mil?
—Sí.
—¿Cinco... y cuatro ceros?
—Ese no es el número correcto, pero aprecio el esfuerzo.
La joven se dejó caer sobre una silla.
—Necesito un momento.
—Es una reacción bastante razonable —admitió Seraphina.
Durante toda su vida, Elena había considerado que una moneda de plata era una cantidad importante de dinero. Trescientas siete monedas habían representado prácticamente todo lo que ella y su familia podían reunir.
Y ahora acababa de descubrir que la cabeza del hombre sentado a tres metros de ella valía una fortuna suficiente para cambiar el destino de países enteros.
—Tengo una pregunta.
—Adelante —dijo Adrien.
—¿Cómo sigues vivo?
Aquella pregunta provocó varias sonrisas en el salón.
—Me hago la misma pregunta algunas mañanas.
—¡No, hablo en serio! ¡Quince años! ¿Cómo sobrevives quince años con medio continente intentando encontrarte?
Adrien permaneció en silencio unos segundos.
—Aprendes.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Cassian Veridian cruzó los brazos.
—La recompensa no es el verdadero problema.
—¿Hay algo peor que cincuenta mil monedas de oro? —preguntó Lyra.
—Mucho peor.
—No me gusta hacia dónde va esta conversación.
Seraphina suspiró.
—La recompensa solo significa que las personas codiciosas comenzarán a buscarlo.
—¿Y qué significa eso?
—Que las personas realmente peligrosas ya vienen en camino.
El salón volvió a quedar en silencio.
—¿Qué clase de personas? —preguntó Elena.
Nadie respondió inmediatamente.
Finalmente, uno de los hombres de negro habló.
—Hace quince años existía un grupo conocido como los Doce Cuervos.
El rostro de Adrien se endureció.
—Pensé que todos habían muerto.
—Eso también creíamos nosotros.
—¿Quiénes son los Doce Cuervos? —preguntó Tom.
El hombre dudó un momento antes de responder.
—Los asesinos responsables de la muerte de la familia imperial.
Las palabras parecieron absorber toda la calidez de la habitación.
—Oh.
—Sí —respondió Seraphina—. Ese tipo de "oh".
Elena observó a Adrien.
Nunca le había preguntado cómo había sobrevivido aquella noche.
Nunca le había preguntado qué había visto.
Y, por primera vez desde que lo conocía, no estaba segura de querer saber la respuesta.
—¿Cuántos años tenías? —preguntó en voz baja.
Adrien tardó unos segundos en responder.
—Siete.
Toda la habitación quedó en silencio.
—Siete...
—Elena...
—No. Espera.
La joven bajó la mirada hacia sus manos.
Siete años.
Había pasado los últimos días viendo a Adrien como un hombre fuerte, reservado y difícil de comprender.
Pero, antes de todo eso, había sido un niño.
Un niño que perdió a su familia.
Un niño que pasó quince años huyendo.
Un niño que aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser cruel.
—Eso no es justo.
La frase salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.
Adrien soltó una pequeña risa.
—No. Supongo que no lo fue.
—¿Y nadie hizo nada?
—Algunas personas lo intentaron.
—¿Y?
—Murieron.
La respuesta fue tan simple que resultó aún más dolorosa.
Lord Varek, que normalmente encontraba humor en casi cualquier situación, permaneció en silencio.
—Por eso quería irme —continuó Adrien—. Porque esto es lo que ocurre.
—¿Qué?
—Las personas comienzan a hacer preguntas.
—Eso no tiene nada de malo.
—Luego comienzan a preocuparse.
—Eso tampoco.
—Y finalmente terminan involucrándose en asuntos que jamás debieron conocer.
Elena lo observó durante varios segundos.
—¿Sabes cuál es tu problema?
—Tengo la sensación de que voy a arrepentirme de preguntar.
—Llevas quince años tomando decisiones por otras personas.
—¿Perdón?
—Decides quién puede ayudarte. Decides quién debe alejarse. Decides quién merece conocer la verdad.
Adrien abrió la boca para responder, pero ella continuó.
—Y nunca se te ocurrió preguntarles qué es lo que quieren.
Por primera vez en mucho tiempo, el antiguo príncipe no tuvo una respuesta.
—Eso es ridículo.
—¿Lo es?
—Sí.
—Entonces dime una cosa.
Elena dio un paso hacia él.
—¿Me preguntaste si quería salvarte?
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque...
Se detuvo.
Porque no tenía una respuesta.
—Exactamente.
Lyra levantó discretamente el pulgar.
—Punto para Elena.
—No estamos llevando la puntuación.
—Yo sí.
Seraphina observó la escena con evidente diversión.
—Es fascinante.
—¿Qué cosa? —preguntó Cassian.
—Quince años de espías, asesinos y conspiraciones... y resulta que la única persona capaz de discutir con el príncipe perdido es una joven de un pueblo pequeño.
—Eso no es precisamente una habilidad útil.
—Discrepo.
En ese momento, el sonido de una explosión resonó en el exterior.
Las ventanas del edificio temblaron.
Todos se pusieron inmediatamente de pie.
—¿Qué fue eso? —preguntó Elena.
Uno de los guardias entró corriendo.
—¡Han atacado la puerta norte de la ciudad!
—¿Quiénes?
El guardia tragó saliva.
—No llevan estandartes.
Adrien cerró lentamente los ojos.
—Llegaron antes de lo esperado.
—¿Quiénes llegaron? —preguntó Elena.
Por primera vez desde que lo conocía, vio algo parecido al miedo en sus ojos.
—Los Doce Cuervos.
Y, en algún lugar más allá de las murallas de Elaris, una figura encapuchada observaba la ciudad mientras sostenía una antigua daga de plata.
Habían esperado quince años.
Quince largos años.
Pero la cacería del último heredero de Asteria finalmente había terminado.