una niña arrancada de su casa, un silencio que duele a todos los que la conocen y un secreto que se esconde bajos las propias narices del jefe de la mafia Alemana.
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El aroma de un nuevo comienzo
Los rayos del sol atravesaban las grandes ventanas de la mansión cuando la puerta de la habitación de Zonia se abrió lentamente.
La joven permaneció inmóvil durante unos segundos. Luego de que Eleonora le había cepillado el cabello, le dijo que volvería a buscarla en poco tiempo, que aprovechará para higienizarse un poco.
Había escuchado el suave llamado de Eleonora hacía apenas unos minutos.
—Hola de nuevo, querida. Cuando estés lista, me gustaría que me acompañaras a la cocina.
No era una orden. Era una invitación.
Pero Zonia aún no conocía la diferencia.
Salió de la habitación con pasos silenciosos y descendió las escaleras mientras Eleonora la esperaba al pie de las mismas con una cálida sonrisa.
—Hoy vamos a preparar el almuerzo juntas. Creo que una ayudante como vos me vendría muy bien.
Zonia asintió apenas. Eleonora sonrió para sí.
Había notado algo la noche anterior. La muchacha solo reaccionaba cuando alguien le indicaba qué debía hacer.
Por eso había decidido cambiar poco a poco su manera de hablarle.
No quería que sintiera que seguía viviendo entre órdenes.
Quería que, algún día, descubriera que podía elegir.
La cocina estaba iluminada por la luz de la mañana y olía a café recién hecho.
Kai y Erik habían salido temprano para resolver algunos asuntos de la organización, por lo que la enorme casa se encontraba inusualmente tranquila.
Solo algunos guardias recorrían el exterior cumpliendo con sus tareas habituales.
Eleonora dejó un delantal blanco sobre la mesa.
—¿Te gustaría usarlo?
Zonia observó la prenda unos segundos antes de tomarla con cuidado.
La mujer la ayudó a colocárselo.
—Muchísimo mejor —dijo con una sonrisa.
Luego apoyó sobre la mesada un recipiente grande.
—Hoy vamos a hacer un bizcochuelo. Es una receta muy sencilla.
Mientras hablaba, iba colocando uno a uno los ingredientes.
Harina. Azúcar. Huevos. Leche. Manteca.
Zonia seguía cada movimiento con absoluta atención.
—Primero mezclamos los ingredientes secos.
Eleonora le entregó una cuchara de madera.
—¿Querés intentarlo?
La joven tomó la cuchara con delicadeza y comenzó a mezclar despacio.
Sus movimientos eran cuidadosos, casi temerosos, como si esperara equivocarse en cualquier momento.
Eleonora observó el recipiente y sonrió.
—Lo estás haciendo muy bien.
Aquellas palabras parecieron quedar suspendidas en el aire.
Zonia no respondió.
Pero por un instante sus hombros dejaron de verse tan tensos.
Continuaron preparando la mezcla entre silencios tranquilos.
Por primera vez desde que había llegado a la mansión, el silencio no resultaba incómodo.
Era un silencio distinto.
Un silencio sereno.
Cuando la preparación estuvo lista, Eleonora abrió un cajón y sacó una tableta de chocolate.
—Ahora viene mi parte favorita.
La colocó sobre una tabla de madera y le acercó un cuchillo pequeño.
—¿Me ayudás a cortarlo? Vamos a hacer chispitas de chocolate.
Zonia tomó el cuchillo con ambas manos. Nunca se le había permitido usar uno, pero recordaba como Kai y Erik lo habían usado la noche anterior para cortar su carne.
Comenzó a cortar pequeños trozos con enorme concentración.
Uno tras otro. Sin apurarse. Cuando terminó, Eleonora acercó la tabla.
Los pedacitos no eran todos iguales.
Algunos eran más grandes.
Otros diminutos.
La mujer soltó una pequeña risa.
—Quedaron perfectos.
Tomó un puñado y los dejó caer sobre la mezcla.
—Ahora el bizcochuelo va a quedar mucho más rico gracias a vos.
La joven permaneció inmóvil.
No sonrió.
Pero levantó apenas la vista hacia el recipiente durante un segundo antes de volver a bajarla.
Era un gesto casi imperceptible.
Sin embargo, Eleonora lo notó.
Y decidió no decir nada.
Algunas victorias eran demasiado delicadas para nombrarlas.
Minutos después, el bizcochuelo ya estaba dentro del horno.
Un agradable aroma comenzó a extenderse por toda la cocina.
Fue entonces cuando la puerta principal de la mansión se abrió.
Se escucharon pasos firmes atravesando el amplio recibidor.
—¡Eleonora! Ya llegué.
La mujer levantó inmediatamente la cabeza.
Reconocería aquella voz entre miles.
Salió de la cocina con una sonrisa.
—¡Alana!
La joven dejó su mochila en el suelo y la abrazó con fuerza.
—Qué gusto volver a verla.
—Y a mí verte a vos.
Eleonora acarició con cariño su mejilla.
—¿Cómo estuvo Rumania?
—Frío, trabajo y pocas horas de sueño. Como siempre.
Las dos rieron suavemente.
Después, Eleonora bajó un poco la voz.
—¿Erik te contó lo ocurrido anoche?
La expresión de Alana cambió de inmediato.
—¿Ella está aquí?
Eleonora asintió.
—En la cocina. Pero... tené paciencia. Todavía está muy asustada.
Alana respiró hondo antes de caminar lentamente hacia la puerta.
Al entrar, encontró a Zonia de espaldas, observando el horno en absoluto silencio.
Era mucho más joven de lo que había imaginado.
Y mucho más frágil.
Su extrema delgadez llamaba la atención de inmediato.
Durante unos segundos no dijo nada.
Simplemente la observó.
Después dio un paso al frente.
—Hola.
Zonia no reaccionó.
Continuó mirando el piso.
—Soy Alana.
Silencio.
Eleonora apareció detrás de ella.
—Todavía no habla.
Alana asintió lentamente.
No insistió.
Se acercó apenas un poco más.
—No tenés que responderme ahora. Solo quería que supieras quién soy.
La joven permaneció inmóvil.
Ni siquiera levantó la cabeza.
Alana comprendió entonces que no era falta de educación.
Era miedo. Un miedo tan profundo que ni siquiera permitía un simple saludo.
Sintió un nudo en el pecho.
Había visto muchas cosas durante sus misiones.
Pero pocas veces había encontrado una mirada tan apagada.
Sin querer romper aquel momento, tomó uno de los pequeños trozos de chocolate que habían quedado sobre la tabla.
Lo probó.
Sonrió divertida.
—Creo que llegué justo a tiempo.
Eleonora soltó una risa.
—Siempre aparecés cuando hay algo dulce.
—Es un don.
Las dos volvieron a reír.
Zonia permanecía en silencio.
Sin comprender del todo aquella escena.
Nunca había visto a dos personas hablar con tanta tranquilidad.
Nunca había escuchado una risa que no estuviera acompañada de burlas o gritos.
No entendía ese mundo.
Pero tampoco sentía deseos de escapar.
Mientras el aroma del bizcochuelo recién horneado comenzaba a llenar toda la cocina, Eleonora miró de reojo a la muchacha.
Tal vez aún no confiaba.
Tal vez todavía vivía prisionera de sus propios miedos.
Pero aquella mañana había mezclado harina, azúcar y chocolate.
Había escuchado risas.
Y, por primera vez en muchos años, había compartido una cocina donde nadie esperaba lastimarla.
Era un paso pequeño.
Casi imperceptible.
Pero todo nuevo comienzo empezaba exactamente así.
pero, con la q llegó te dará la fuerza y el poder de defenterte