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La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Magia / Superpoder
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Demasiado poder para un solo día.

El gimnasio del instituto estaba decorado con luces de colores, guirnaldas doradas y un escenario que, aunque bastante decente, me parecía terriblemente simple y sin estilo. En mis tiempos, los escenarios eran de mármol y oro, y el suelo brillaba tanto que te veías el reflejo de la cara, pensé mientras caminaba hacia mi lugar entre las otras participantes. Había unas quince chicas más, todas muy monas, muy arregladas… y completamente invisibles a mi lado. Se notaba que habían hecho un esfuerzo, claro, pero querida, no se puede competir contra la perfección encarnada.

Me acomodé en mi silla, crucé las piernas con elegancia y eché un vistazo disimulado hacia la primera fila. Allí estaba él. Alexandro. Recostado en la silla, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, mirando al escenario con esa cara de aburrimiento crónico que tanto me desesperaba. De vez en cuando me lanzaba una mirada de reojo, levantaba apenas una ceja y luego volvía a mirar al frente, como si yo fuera lo más normal y corriente del mundo.

—Normal —murmuré para mí misma con desdén—. Si supieras lo que estoy a punto de hacer. Hoy vas a entender por qué soy una diosa reencarnada y tú tienes la suerte de verme en acción.

La primera prueba comenzó: Conocimientos Generales. Nos hicieron pasar a un estrado con un micrófono y nos iban haciendo preguntas sobre historia, ciencias, matemáticas y literatura. Las demás chicas sudaban frío, se mordían los labios y dudaban antes de responder. Yo, en cambio, estaba disfrutando.

Cuando llegó mi turno, me paré despacio, enderecé la espalda y sonreí a los jueces con esa sonrisa que suele hacer que los hombres entreguen sus reinos. —Adelante —dije con voz suave—, disparen sus preguntas. Creo que tengo las respuestas.

Y no era presunción, era pura realidad. Me preguntaron sobre fechas de guerras que yo había vivido, teorías científicas que yo ya conocía siglos antes de que nacieran esos científicos, y obras literarias que yo había leído cuando eran manuscritos nuevos. Pero para asegurarme de que todo fuera perfecto y no solo correcto, dejé que un hilo muy fino de mi magia fluyera desde mis dedos hacia el aire. No hice nada evidente, solo una pequeña onda de energía que tocaba la mente de los jueces y del público, haciéndoles pensar: Qué inteligente es, qué sabia, qué maravillosa explicación da.

Cada vez que abría la boca, un murmullo de admiración recorría la sala. Mis respuestas no solo eran acertadas, eran brillantes, elocuentes, fascinantes. Los jueces anotaban cosas frenéticamente y me miraban como si estuvieran ante un genio. Y para rematar, con un movimiento casi imperceptible de mis dedos bajo la mesa, hice que mi ropa —un vestido blanco sencillo pero elegante— empezara a emitir un brillo suave, cálido y dorado, como si la luz del foco me siguiera a mí sola. Las demás chicas parecían apagadas, comunes, comparadas conmigo.

Miré a Alexandro por un segundo. Él me estaba mirando fijamente, y aunque seguía con esa pose relajada, vi que sus ojos se entrecerraron ligeramente. Sabía que se había dado cuenta del brillo y de la sutil influencia mental que estaba ejerciendo. Me guiñé un ojo mentalmente: Puedes mirar todo lo que quieras, querido, esto es solo el calentamiento.

La siguiente prueba fue Talento Artístico. Yo había elegido cantar. Subí al escenario con la seguridad de una reina, me paré frente al micrófono y esperé a que la música empezara. La canción era hermosa, una balada moderna que hablaba de amor y libertad, cosas que yo conocía muy bien.

Respiré hondo, y esta vez dejé que la magia fluyera con más fuerza. No solo quería que pensaran que cantaba bien, quería que sintieran lo que yo cantaba. Quería que se les pusiera la piel de gallina, que se emocionaran, que sintieran que mi voz les llegaba directo al alma.

En cuanto salió la primera nota, ocurrió lo que esperaba. Mi voz sonó clara, potente, dulce y perfecta. Pero gracias a mi hechizo, el aire de todo el gimnasio empezó a vibrar. Las luces parpadearon levemente, cambiando de color al ritmo de la melodía: azul suave cuando la canción era tranquila, dorado intenso cuando crecía la emoción. Y lo mejor de todo: la gente. Vi cómo las chicas se llevaban las manos al pecho con los ojos brillantes, cómo los profesores asentían embelesados, cómo incluso los chicos más rudos y difíciles de impresionar se quedaban con la boca abierta, mirándome con adoración absoluta.

Era maravilloso. Era magnífico. Era yo en mi máximo esplendor. Me sentía poderosa, hermosa, capaz de detener el tiempo si quisiera. Mi ropa ya no solo brillaba, ahora parecía tener luz propia, flotando sutilmente alrededor de mi cuerpo como si fuera una capa de estrellas. Me sentía tan bien, tan llena de energía, que no me di cuenta de que estaba echando demasiado poder.

Cuando terminé la canción, el silencio duró tres segundos… y luego estallaron los aplausos. Fue una ovación que hizo vibrar las paredes. Todos gritaban mi nombre, aplaudían, me lanzaban besos. Era como si fuera la única persona en el mundo. Yo me incliné con una gracia exquisita, disfrutando cada segundo, pensando: Ganado. Esto es mío. Nadie puede superar esto.

Bajé del escenario caminando entre aplausos, sonriendo a diestra y siniestra, sintiendo cómo mi magia seguía esparciéndose por todo el lugar, tocando a todos, haciéndolos sentir que yo era lo más grandioso que había existido jamás. La sensación era adictiva, deliciosa. Mi autoestima, que ya estaba por las nubes, ahora viajaba por el espacio exterior.

Pero entonces, algo cambió.

Yo seguía tan contenta, enviando pequeñas ondas de energía para que todos me quisieran más, para que mi presencia fuera aún más deslumbrante… y de repente, sentí un cosquilleo extraño en las yemas de los dedos. La energía que yo estaba lanzando, esa que hacía que me amaran, que mi ropa brillara, que mi voz fuera perfecta… ya no me respondía igual. Ya no era yo quien la controlaba, ahora ella me arrastraba a mí.

Quise bajar la intensidad, pensando: Vale, ya es suficiente, ya me aman, ya soy brillante, bajemos un poco el volumen para que no sea demasiado obvio. Pero mi poder, que se había alimentado de la admiración de todo el público, había crecido tanto que ya no escuchaba mis órdenes.

Las luces del gimnasio, que antes cambiaban suavemente, empezaron a parpadear violentamente, pasando de un blanco cegador a colores muy fuertes, casi dolorosos. Mi vestido, que brillaba con elegancia, ahora emitía un resplandor tan intenso que la gente tenía que entrecerrar los ojos o ponerse la mano en la frente para no deslumbrarse. Y lo peor de todo: la magia que influía en las emociones se había vuelto demasiado fuerte.

Ya no era solo admiración. La gente ya no solo me aplaudía. Ahora estaban de pie, gritando, llorando de emoción, intentando acercarse al escenario, empujándose unos a otros, con los ojos brillantes de una devoción extrema, casi fanática. —¡Mariam! ¡Mariam! ¡La mejor! ¡La diosa! —gritaban todos al unísono, como si estuvieran poseídos.

Yo me quedé parada en medio del pasillo, congelada, sonriendo congelada, mientras por dentro entraba en pánico. ¿Qué estoy haciendo? pensé, intentando cerrar mi puño para cortar el flujo de energía, pero sentía como si tuviera una manguera de agua a presión entre las manos: no podía cerrarla, el poder salía disparado. ¡Se me fue de las manos! ¡Esto es demasiado! ¡Van a darse cuenta! ¡Van a pensar que soy una alienígena o algo peor!

Las luces empezaron a crujir, algunas explotaron con pequeños chispazos. El aire se volvió denso, cargado de electricidad estática que hacía que el pelo de todo el mundo se erizara. Las otras participantes, en lugar de estar celosas, me miraban con adoración absoluta, arrodillándose casi en sus sillas. Los jueces estaban tan embelesados que ni siquiera se daban cuenta del caos técnico que estaba ocurriendo.

—Genial, Mariam, genial —me dije a mí misma con los dientes apretados, manteniendo la sonrisa—. Querías brillar, ahora estás a punto de incendiar todo el instituto y convertir a toda la ciudad en tus seguidores religiosos. ¡Bravo por mí!

Justo cuando una de las luces grandes del techo se soltó levemente y empezó a balancearse peligrosamente, y yo estaba a punto de intentar un hechizo de emergencia para apagar todo, aunque me dejara agotada, sentí una mano firme y cálida agarrarme del brazo y tirarme hacia un lado con fuerza.

Me arrastraron hasta detrás de unas cortinas pesadas que cubrían el escenario, lejos de las miradas de todos, y en cuanto estuvimos ocultos, una voz grave, exasperada y profundamente familiar me susurró al oído:

—Te dije que te ibas a pasar, Mariam. Te lo dije mil veces.

Me giré de golpe, el corazón me latía a mil por hora, y allí estaba él. Alexandro. Tenía la cara muy cerca de la mía, sus manos sostenían mis hombros con fuerza, y sus ojos negros no estaban divertidos ni burlones como siempre. Estaban serios, brillantes, y… ¿preocupados?

—¡Alexandro! —exclamé en un susurro, intentando sacudirme su agarre, aunque no quería irme a ningún lado—. ¡Yo… yo no quise hacer esto! Solo quería que todo fuera perfecto, que brillara un poco, que me admiraran… y de repente creció solo. ¡Se me escapó! ¿Viste las luces? ¿Viste cómo me miraban? ¡Parecía que querían adorarme! Bueno, vale, eso es lo que quiero siempre, pero no así, ¡es demasiado obvio!

Él negó con la cabeza, pero no me soltó. Al contrario, acercó más su cara a la mía y puso una mano sobre mi pecho, justo en el centro, donde sentía que mi energía estaba desbocada y caliente. —Cálmate —ordenó él, bajando la voz, y sentí una corriente fresca y calmada salir de su mano, entrando en mí y tocando mi magia rebelde—. Tu poder se alimenta de emociones, Mariam. Cuando todos te adoran, tú te sientes poderosa, y eso hace que tu magia se multiplique sin control. Estás creando un círculo infinito de admiración y energía. Si no lo paramos ahora, en diez minutos este edificio se vendrá abajo y todos estarán hipnotizados permanentemente.

Yo lo miraba, fascinada y asustada a la vez, mientras sentía cómo él, con su propia energía, empezaba a envolver la mía, a frenarla, a guiarla, a ponerle límites. Era increíble. Él no solo sabía lo que era, él podía manejarlo.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, bajando mi orgullo por primera vez en mucho tiempo, mirándolo a los ojos con total sinceridad—. ¿Cómo lo arreglamos? Porque si salgo ahí y dejo de hacerlo de golpe, se despertarán todos de golpe y pensarán que los he hechizado. Y si sigo… bueno, creo que voy a derretir las paredes.

Alexandro suspiró, cerró los ojos un segundo y luego volvió a mirarme, y esa sonrisa suya, esa mezcla de "eres un desastre" y "me encantas", volvió a aparecer en sus labios. —Ahora —dijo él, apartando un mechón de mi cabello que brillaba con luz propia—, ahora yo entro en acción, como siempre. Voy a ser el aguafiestas, el que arruina tu momento de gloria, el que te salva de ti misma… otra vez. Y tú vas a hacer exactamente lo que yo te diga, ¿entendido? Porque si no, te dejo aquí con tus admiradores y tu resplandor nuclear.

Asentí rápidamente, aunque no pude evitar añadir con un poquito de mi carácter habitual: —Está bien, está bien… pero ten en cuenta que estoy haciendo un esfuerzo enorme por pedirte ayuda. Deberías sentirte muy honrado. Y cuando ganemos… digo, cuando gane el concurso, el premio es mío.

Alexandro soltó una risa corta, me dio un golpecito en la frente para apagar el último brillo que quedaba en mi piel, y me empujó suavemente hacia fuera de las cortinas. —Por supuesto, mi reina. Tú te quedas con el premio. Yo me quedo con el trabajo sucio de limpiar tu desastre. Ahora, sonríe, sal ahí y haz como que no pasa nada. Yo me encargo del resto.

Salí de nuevo al escenario, y aunque todavía sentía burbujas de energía en mi interior, ya no era una tormenta descontrolada. Alexandro caminó hacia el escenario con paso firme, levantó los brazos y, con una excusa perfecta sobre "problemas técnicos y fallos en la red eléctrica" que dijo con tanta seguridad que cualquiera le creería, hizo un gesto casi invisible con la mano.

Al instante, las luces volvieron a la normalidad, el aire se volvió ligero otra vez, y la gente, que segundos antes gritaba como locos, parpadeó confundida, como si despertara de un sueño, y volvió a aplaudir de forma normal, educada y entusiasta, pero sin ese fanatismo aterrador.

Me quedé de pie en el centro del escenario, respirando hondo, con el vestido ya normal, sonriendo triunfalmente, mientras miraba a Alexandro que se alejaba hacia su sitio, se sentaba, me miraba, y me hacía un gesto con la mano: "Ya está, salvándote la vida otra vez".

Y tenía razón. Todo había salido maravilloso… hasta que se me fue de las manos. Y una vez más, el único que pudo poner orden en mi caos divino era él. Pero bueno, al final del día, yo seguía siendo la más brillante, la más admirada y, sin duda, la ganadora absoluta.

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😍Jacky😘💓✨
es prepotente, engreída e inmadura, tenía que nacer en una familia pobre para que valorará todo y ser más humilde.. tiene que aprender😏
Nadezhda
Inmadura
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