En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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LOS SECRETOS DEL CASTILLO DE CRISTAL.
El sol se alzaba majestuoso sobre los bosques inmensos de Aethyr, bañando todo con esa luz dorada y azul que solo existía en las tierras antiguas de la Casa de Velarion. El aire era puro, fresco y cargado de una energía mágica que hacía vibrar la piel y despertaba todos los sentidos. Layla cabalgaba junto a Caelen, con Lord Theron guiándolos unos pasos más adelante, y cada paso que daban hacia el corazón del reino, sentía cómo su propio poder crecía también, resonando en armonía con el de su amado.
Habían recorrido ya gran parte del valle, y ante sus ojos, al fondo de una gran explanada rodeada de montañas blancas, comenzó a aparecer la silueta imponente y deslumbrante del Castillo de Cristal. No era una construcción común: sus muros, torres y cúpulas estaban hechos de un material traslúcido, brillante y eterno, que reflejaba el cielo, las nubes y la luz del sol, pareciendo fundirse con la propia magia del lugar. Era hermoso, imponente y, al mismo tiempo, guardaba un aire de tristeza y abandono por los años que había permanecido vacío, esperando el regreso de su legítimo dueño.
—Ahí está… —susurró Caelen, con la voz cargada de emoción, deteniendo su caballo y mirando aquella maravilla con los ojos brillantes de lágrimas y recuerdos—. Mi hogar. El lugar donde nací, donde crecí, donde fui feliz hasta que todo se rompió. Pensé que nunca lo volvería a ver… pensé que era solo un sueño lejano. Pero aquí está. Y aquí estoy yo.
Se volvió hacia Layla, y bajo la luz del sol, su figura irradiaba un resplandor propio. Las marcas de Velarion en su pecho, brazos y espalda brillaban con una intensidad cegadora, como si el castillo mismo le estuviera dando la bienvenida y reconociendo a su príncipe. Sus ojos zafiros la miraron con todo el amor y la gratitud del mundo.
—Y todo esto es gracias a ti, mi princesa —dijo él, tomando su mano y apretándola con fuerza—. Si no hubieras venido a buscarme, si no hubieras creído en mí, si no hubieras sido tan valiente… todo esto seguiría perdido y yo seguiría siendo un hombre sin nombre, sin pasado y sin futuro.
Layla le devolvió la sonrisa, apretando su mano también, llena de orgullo y amor.
—Recuerda, mi amor —le dijo con suavidad—, que Karim es mi hermano, y que Amara, su esposa, es mi cuñada. Ella es la princesa de Zoraya, y mi hermano el heredero de Al-Jazair. Nuestras familias siempre han sido fuertes, unidas y poderosas. Y tú… tú eres la pieza que faltaba para completar este gran legado. Juntos, con mi hermano y mi cuñada, seremos invencibles. Nadie podrá contra nosotros ni contra lo que hemos construido.
Caelen asintió, comprendiendo perfectamente ahora los lazos que los unían, sintiendo con más fuerza que nunca que su destino estaba irremediablemente ligado al de ella y a toda su estirpe.
—Lo sé —respondió él—. Y cuando todo esto esté restaurado, cuando hayamos vencido a la oscuridad, iremos a buscarlos. Nos reuniremos con Karim y Amara, y seremos cuatro gobernantes que mantendrán el equilibrio y la luz en todo el mundo. Pero primero… primero debemos recuperar todo lo que hay aquí, y descubrir todos los secretos que este castillo guarda.
Reanudaron la marcha hacia la gran puerta principal, una estructura inmensa de metal blanco y cristal, cerrada desde hacía veinte años. Lord Theron se detuvo ante ella, con respeto y reverencia.
—Esta puerta solo se abre ante la presencia de la sangre real —explicó el anciano capitán—. Ninguna magia externa, ninguna fuerza bruta puede moverla. Solo el heredero de Velarion puede hacer que se abra de nuevo.
Caelen desmontó con elegancia y seguridad, y caminó despacio hacia la puerta. No necesitó tocarla siquiera. Al acercarse a unos pocos pasos, las marcas brillantes en su cuerpo lanzaron un rayo de luz directo hacia el centro de la puerta, donde había grabado el gran emblema del águila y la estrella. Un sonido profundo, armonioso y antiguo resonó por todo el valle, y lentamente, con una majestuosidad impresionante, las dos hojas de la puerta se abrieron hacia adentro, como si se inclinaran ante su dueño.
Un camino de luz dorada se extendió ante ellos, invitándolos a entrar. El interior del castillo era aún más hermoso que el exterior: pasillos inmensos, techos altos con pinturas que contaban la historia del mundo, suelos de cristal que brillaban bajo sus pies, estatuas de sus antepasados que parecían mirarlos con aprobación y alegría. Todo estaba cubierto de una fina capa de polvo por el paso de los años, pero intacto, protegido por la magia de sus creadores.
Al entrar en el gran salón del trono, el lugar más importante y sagrado de todo el reino, Caelen se detuvo en seco, con la respiración entrecortada. Allí, al fondo de la sala, sobre una tarima de piedra blanca, se alzaba el trono de Velarion: una obra maestra tallada en cristal y oro, con forma de alas desplegadas, imponente y hermoso. Y justo detrás de él, en la pared, había un gran mural que representaba la unión de las tres grandes casas reales: Al-Jazair, Zoraya y Velarion.
—¡Mira! —exclamó él, señalando con la mano temblorosa—. Ahí está tu familia… ahí está la de tu hermano Karim y tu cuñada Amara… y ahí estamos nosotros. Siempre estuvimos destinados a estar conectados. Siempre fuimos una sola fuerza dividida solo por el tiempo y la traición.
De repente, algo llamó su atención. En el centro del mural, justo donde se unían los tres emblemas, había un hueco vacío, una pequeña cavidad con forma de estrella, igual a la piedra que él llevaba en el medallón que recuperara hacía poco tiempo. Caelen se llevó la mano al pecho, sacó la joya antigua de oro y zafiro, y al acercarla al hueco, esta brilló con tanta fuerza que casi los cegó. Al encajarla perfectamente en su lugar, el castillo entero vibró suavemente, y nuevas partes del mural se iluminaron, revelando escrituras antiguas que contaban la verdad completa de su origen y su misión.