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LA VIUDA MONTENEGRO "Un Amor Mortal"

LA VIUDA MONTENEGRO "Un Amor Mortal"

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Mujer poderosa / Amor prohibido
Popularitas:103.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Adriánex Avila

Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.

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Capítulo 20 La despedida

Don Eusebio se fue antes del mediodía. Prometió volver en dos semanas con los papeles listos.

Martina lo despidió en la puerta, con el ramo de rosas en la mano y una sonrisa que ella misma no sabía que tenía.

—Cuídese, don Eusebio —dijo.

—Siempre, doña Martina. Por si usted me necesita.

La carreta roja se perdió en el camino, levantando una nube de polvo. Martina se quedó mirando hasta que desapareció.

—Estás enamorada, tía —dijo Sabina, que había salido a su lado.

—Estoy vieja. Las viejas no se enamoran. Se acompañan.

—Lo mismo decía yo. Hasta que vi cómo lo miras.

Martina no respondió. Pero sus mejillas estaban coloradas, y no era por el sol.

*_*

El resto de la jornada transcurrió con una calma tensa. Abel se despertó tarde, todavía asustado, y no se separó de Sabina en toda la mañana.

Doña Alicia, con la cara amoratada pero el ánimo intacto, preparó un almuerzo copioso para todos.

Ernesto trabajó en el campo con don Pedro, pero su mente estaba en otra parte.

Había visto cómo Sabina había abierto la caja fuerte, cómo había mostrado los documentos, cómo había mirado a don Eusebio con una mezcla de esperanza y desconfianza.

Las tierras de los Roca, pensó. Un niño de siete años como heredero. Una hermana que quiere quitárselo. ¿Qué más esconde esta familia?

Esa noche, mientras cenaban en la cocina —Martina, Sabina, Abel y él, porque doña Alicia insistió en que "los hombres también tienen derecho a comer caliente"—, Ernesto hizo una pregunta que nadie esperaba.

—Señora Sabina —dijo, dejando la cuchara sobre el plato—. ¿Quién era la madre de Abel?

El silencio se volvió de hielo. Martina dejó de masticar. Sabina levantó la mirada lentamente.

—Una sirvienta —respondió—. Dolores Montes. Murió hace años. Abel es mi hermano, se lo dije.

—Lo sé. Pero las actas de nacimiento tienen dos nombres: el del padre y el de la madre. Usted dijo que su padre lo reconoció, pero y la madre?.

—Está muerta —repitió Sabina, con una frialdad que cortaba—. Y no me gusta hablar de los muertos.

Abel, que estaba callado, miró a Ernesto con unos ojos que parecían mucho más viejos que su edad.

—Mi hermana no miente —dijo el niño, con una firmeza inesperada—. Mi mamá murió. Y mi papá también. Solo nos tenemos el uno al otro.

Ernesto sintió un escalofrío. Había algo en la forma en que el niño dijo mi mamá, algo en la mirada de Sabina, que no encajaba.

Pero no insistió. Esa noche, después de que todos se acostaron, se quedó despierto en su cuartito de la caballeriza, mirando el techo de paja y dándole vueltas a todo.

Abel es hermano de Sabina, se repetía. Pero algo no cuadra. Los hermanos no se miran así. Las hermanas no matan por un hermano como ella mataría por él.

Afuera, la luna se ocultó detrás de una nube. Y en la oscuridad, Ernesto Montenegro hizo una promesa silenciosa.

Voy a descubrir la verdad. Aunque duela. Aunque termine mal. Porque si hay algo que no soporto, es mentir. Y esta casa está llena de mentiras.

*_*

Don Eusebio no se fue esa noche. Tampoco se fue a la madrugada.

Cuando el sol comenzó a pintar el horizonte de naranja y rosa, él seguía sentado en la cocina, con una taza de café ya frío entre las manos, escuchando a Martina hablar de su infancia, de sus sueños truncados, de la hija que perdió y que nunca pudo olvidar.

Ella hablaba y él la escuchaba como si cada palabra fuera un tesoro. No interrumpía.

No daba consejos no pedidos. Solo estaba ahí, con sus ojos cansados pero atentos, con su barba cana y sus manos de juez que habían sentenciado a tantos hombres, pero que ahora temblaban ligeramente cada vez que Martina reía.

Porque Martina reía. A pesar de los problemas, a pesar de la visita de Mercedes, a pesar de la nariz hinchada de doña Alicia y los ojos asustados de Abel, ella reía.

Y su risa era como una grieta en la oscuridad: pequeña, pero suficiente para que entrara la luz.

—Eusebio —dijo ella, ya entrada la noche, usando su nombre de pila otra vez, como si hubiera decidido derribar una barrera—. ¿Usted cree que una vieja como yo puede volver a empezar?

—Doña Martina —respondió él, con esa voz grave que se volvía suave cuando le hablaba a ella—. Usted no es vieja. Usted está en la mejor edad. La edad en la que ya no se finge, en la que ya no se teme, en la que se puede amar sin máscaras.

—Eso suena bonito. Pero bonito no siempre es cierto.

—Yo he visto muchas cosas en los tribunales. He visto mentiras, traiciones, crímenes de odio. Pero también he visto parejas que se encuentran a los sesenta años y viven treinta más como si tuvieran veinte. El amor no entiende de edades, doña Martina. El amor entiende de almas.

Martina se quedó callada un momento. La luz de la lámpara de queroseno bailaba en sus ojos, que ya no eran jóvenes pero seguían siendo hermosos.

—Usted es un romántico, don Eusebio.

—Usted me ha vuelto así. Antes de conocerla, yo era solo un juez amargado que vivía para el trabajo.

—¿Y ahora?

—Ahora soy un juez amargado que vive para verla a usted los domingos en el mercado.

Martina soltó una carcajada que despertó a un perro en el patio. Don Eusebio sonrió, y por un momento, los problemas de la finca, los pleitos por la herencia, los secretos de Sabina, todo quedó en segundo plano.

1
Maria Mongelos
Es muy fuerte lo que pasó ella y ahora le pasa lo mismo a Juana, qué terrible
Maria Mongelos
Todos están para el chisme río, pero donde estaban cuando pasó? Ni siquiera la madre la ayudó
Grciela Calanducci
Por favor, quiero terminar de leer la novela. Es una hermosa historia.
Vianey Hernandez Ortiz
Para las pulgas de Sabina, esa suegra no le va a durar ni un round, si le quemó el pito al papá y le cortó la lengua a su propia madre, que le va a durar una víbora tepocata 🤷🤷🤷
Sol McGinnis
Quiero expresarte mi más sincero agradecimiento por los nuevos capítulos. Los he disfrutado muchísimo; la historia continúa cautivándome de una manera muy especial. Se aprecia enormemente el tiempo y la dedicación puestos en cada detalle. Muchas gracias por compartir este maravilloso trabajo, quedo con mucha ilusión esperando los próximos capítulos.
Jesus Castro Montero
Muy buena novela te felicito escritora 👪😘🤣❤️😅😂
Erika Badel
muy buena
Claudia Kassar
No me gusta el protagonista 😳 es un interesado
MARCE MIRANDA
para sabrina la mamá de Ernesto no sera hueso facil.. perp como si rralmente le importara, ella ha sobrevivido a peor que un hijo puede recibir de sus padres
Grciela Calanducci
CUANDO PUBLICAN EL RESTO DE LA HISTORIA???
Carmen Juarez
Me molesta cuando cortan las novelas así!!! después me olvido de seguirla...
Carmen Juarez
Porque tienen que cortar así las novelas, eso me pudre!!!
Jesus Castro Montero
Que lindo que sientan que una nueva vida comienza para todos en especial para Sabina Ernesto y Abel gracias escritora por deleitarnos con tan bella y hermosa novela
silvia
Ose un huesito🤭
Milcaris
Querido Ernesto tu cómo un caballero que quiere y respeta a su esposa va decirle a su madre las cosas claras como el agua, sin ofender pero sin dejarse manipular.
Jesus Castro Montero
Sabina eras una niña cuando les diste su merecido a tus padres ya que no tuviste quien te proteja asi que tu trabquila ahira tienes a Ernesto👪😘😘
Jesus Castro Montero
Ernesto deja que Sabina te cuente toda su verdad para que así la puedas entender bella historia de amor
Gabriela Mero Cedeño
Nilda.
Que has hecho. Mira que interrumpir
BERNARDINA PASTELIN
es muy doloroso bajar la guardia
BERNARDINA PASTELIN
ajaaaa, también a sufrido
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