Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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19.
ELENA DUARTE
La casa, que antes consideraba mi refugio, se había convertido en una celda silenciosa. Han pasado tres días desde que salí de la mansión, tres días que se sienten como una eternidad marcada por un reloj que parece haberse detenido en el momento en que cerré la puerta de aquel cuarto. No salgo. No hablo con nadie. Me limito a existir, arrastrando mi cuerpo de un rincón a otro, como si llevara conmigo un lastre de plomo que me impide erguirme por completo.
El dolor no es un evento pasajero; es una presencia constante, un frío que se ha instalado en mis huesos y no me abandona. Me siento en el suelo, apoyada contra la pared, y cierro los ojos, pero no logro encontrar la oscuridad necesaria para descansar. En cuanto cierro los párpados, veo su rostro. Veo la decepción en los ojos de Dante, esa mirada que pasó de la adoración a la sospecha en un parpadeo. Me pregunto si alguna vez él pensó realmente en mí como alguien capaz de amarlo, o si, en el fondo, siempre estuvo esperando el momento en que yo le diera la espalda.
¿Cómo pudo creerle a Gerald? ¿Cómo pudo permitir que años de historia compartida con un jardinero tuvieran más peso que el vínculo que construimos noche tras noche? Es esa pregunta la que me está matando, la que me hace sentir que todo lo que viví fue una farsa. Quizás el error fue mío por creer que podía romper sus muros. Quizás los muros de Dante no estaban ahí para protegerlo del mundo, sino para asegurarse de que nadie entrara lo suficiente como como para romperlo de nuevo.
He dejado de comer. El simple hecho de tragar se siente como un esfuerzo sobrehumano, como si la comida fuera ceniza en mi boca. Mis manos, que solían estar siempre ocupadas, ahora reposan inertes sobre mis rodillas. A veces me encuentro mirándolas, esperando que vuelvan a la vida, que vuelvan a sentir el calor de su piel o la textura de sus sábanas, pero todo lo que toco es el vacío de esta casa. Me siento abandonada por el destino, engañada por la esperanza. ¿Por qué me dejó entrar en su vida si no estaba dispuesto a confiar en mí? ¿Por qué me hizo sentir especial si, ante la primera duda, yo era solo una empleada más intentando sacar provecho de su tragedia?
La depresión ha empezado a nublar mi juicio. Ya no veo el mundo con la claridad que tenía antes. Los colores parecen haberse desvanecido, dejando solo tonos grises y apagados que se filtran por las persianas cerradas. Me pregunto qué está haciendo él ahora. ¿Estará Gerald a su lado, alimentando sus miedos? ¿Habrá contratado a alguien más que ocupe mi lugar, alguien que no tenga ojos para ver su alma, sino solo para limpiar su desorden? La idea de él, solo en esa inmensa mansión, encerrado con sus fantasmas y con el hombre que nos destruyó, me causa un dolor físico, una punzada en el pecho que me obliga a encogerme sobre mí misma.
A veces, en la madrugada, cuando el silencio se vuelve absoluto, me pregunto si debería haber luchado más. ¿Debería haberme quedado? ¿Debería haber gritado su nombre hasta que la verdad se filtrara en su lógica envenenada? Pero luego recuerdo su mirada, ese frío glaciar que me dedicó antes de hacerme la pregunta que selló nuestro final, y sé que no había nada que pudiera hacer. Él no buscaba una explicación; buscaba una confirmación de su propio pesimismo.
He empezado a descuidar todo lo que soy. Me miro al espejo y veo a una extraña: el cabello revuelto, las ojeras marcadas como si me hubieran golpeado, la piel pálida que delata mi encierro. No me importa. Nada me importa. He perdido la motivación, el impulso, el motor que me movía hacia adelante. La escritura, los proyectos, la ilusión de un futuro mejor... todo eso se siente ahora como algo ajeno, como si perteneciera a otra persona, a una versión de mí misma que murió el día que Gerald me acorraló en la cocina.
A veces siento rabia, una ira intensa y volcánica hacia Gerald, pero incluso esa rabia termina agotándose y dejándome en este estado de sopor. Él ganó. Consiguió lo que quería: sacarme de la vida de Dante y dejarlo hundido en su paranoia. ¿Habrá logrado lo que quería? ¿Se sentirá satisfecho al verlo a él solo y a mí destrozada? Probablemente no. La envidia de personas como él no se sacia nunca; es un agujero negro que siempre exige más.
Me pregunto cuánto tiempo más podré soportar esto. A veces, el peso de la tristeza es tan grande que siento que mi pecho va a colapsar, que dejaré de respirar simplemente porque ya no tengo motivos para inspirar el aire de este mundo. Me he convertido en un fantasma en mi propia casa. Las paredes me observan, el polvo se acumula en los muebles, y yo sigo aquí, sentada en la misma posición, esperando algo que sé que no va a suceder. No va a llegar una llamada. No va a haber un arrepentimiento. Dante ha tomado su decisión y, al hacerlo, me ha condenado a este exilio voluntario.
Es irónico, ¿no? Pensé que el amor era la salvación, el camino de salida hacia una vida mejor. Y resultó ser el camino más directo hacia mi propia destrucción. Ahora entiendo lo que decía la gente, lo que leía en los libros sobre los corazones rotos; no es una metáfora. Es un proceso biológico, una descomposición de todo lo que te hace sentir humana. Estoy desmantelada. Estoy deshecha. Y lo peor de todo es que, incluso en este estado de miseria, si él llegara a mi puerta hoy mismo y me pidiera perdón, probablemente le abriría sin dudarlo. Eso es lo más humillante de todo: que mi amor por él sobrevive a su falta de fe. Y ese amor, que debería ser mi fuerza, es hoy mi mayor debilidad, mi cadena perpetua, el motivo por el que no logro soltar el pasado ni perdonarme a mí misma por haberle entregado tanto a un hombre que nunca estuvo listo para recibirlo.
Mañana será otro día igual. Me levantaré si es necesario, caminaré hacia la ventana y veré la luz del sol, pero no la sentiré. Seguiré existiendo en este limbo, esperando que el tiempo, ese aliado lento y cruel, se lleve poco a poco este dolor que hoy me tiene de rodillas. Me pregunto si alguna vez volveré a ser la mujer que era antes de conocer la mansión, antes de conocer a Dante, antes de saber que se puede amar tanto a alguien como para dejar que ese amor te anule por completo. Probablemente no. Alguna parte de mí se quedó allí, en ese cuarto, y no creo que pueda recuperarla nunca. Estoy vacía, y este vacío es ahora todo lo que tengo.