Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 15: El aliado del abuelo y la primera trampa
El repiqueteo de los tacones de Maya contra el suelo de madera de la casa familiar delataba el temblor incontrolable de todo su cuerpo. Entró cerrando la puerta doble con un golpe seco, pasándole el cerrojo con dedos rígidos y torpes. El pánico le oprimía el pecho de tal manera que sentía que el oxígeno no alcanzaba a llegar a sus pulmones. La niñera, que venía un paso detrás con la pequeña Cielo profundamente dormida en sus brazos tras el viaje en el auto, miró a su jefa con evidente preocupación.
—Llévala a su habitación, por favor —alcanzó a pedir Maya con un hilo de voz quebrado—. Yo... necesito hablar con mi abuelo.
Walter Novak estaba sentado en la sala, con una taza de té de manzanilla humeante sobre la mesa ratona y un libro de historia entre las manos. Al ver el estado en el que regresaba su nieta —con el rostro pálido, los ojos castaños desorbitados por el miedo y las manos sacudiéndose sin control—, dejó el libro de inmediato y se levantó con esa agilidad protectora que desafiaba sus propios dolores corporales.
—¿Maya? Mi niña, por Dios, ¿qué pasó en esa junta? Estás temblando como una hoja —exclamó Walter, tomándola firmemente de los hombros para infundirle un poco de estabilidad.
—Abuelo... regresó. Él está aquí —soltó Maya de golpe, desmoronándose en sus brazos mientras las lágrimas contenidas durante todo el trayecto finalmente se desbordaban por sus mejillas—. El nuevo CEO, el hombre con el que tenemos que firmar la alianza para salvar la empresa... es él. Es el extraño de las vacaciones. El padre de Cielo.
Walter se tensó por completo, y una sombra de profunda seriedad cruzó sus ojos ancianos. Con suavidad pero con firmeza, guió a su nieta hacia el sofá, obligándola a sentarse mientras le envolvía las manos frías entre las suyas, cálidas y protectoras.
—Cálmate, respira hondo y cuéntame todo —le pidió el anciano con voz pausada, siendo el ancla que ella tanto necesitaba en medio de la tormenta.
—Nos encontramos en la junta, abuelo —explicó Maya, hiperventilando, con la voz entrecortada—. Traté de mantener una máscara profesional, de fingir que no lo conocía, pero él me acorraló a puerta cerrada. Exigía saber por qué había desaparecido. Y lo peor no fue eso... Cuando bajé al lobby para huir de él, la niñera estaba ahí con Cielo. Él la vio, abuelo. Se acercó a la carriola y Cielo lo miró. Se quedaron fijamente el uno al otro, y el parecido es destructivo... Él vio sus propios ojos en mi hija.
Maya se tapó el rostro con las manos, soltando un sollozo cargado de un terror puro y visceral.
—Le mentí. Le dije en la cara que era hija de Camilo, que había nacido después de regresar, pero no me creyó. Tengo miedo, abuelo. Mucho miedo. Demian es un hombre sumamente poderoso, tiene treinta y tres años, maneja imperios enteros y tiene una mente posesiva y controladora. Si él quiere, si descubre la verdad absoluta, tiene los recursos, el dinero y los abogados para arrancar a Cielo de mi lado. ¡Me la va a quitar, abuelo, y yo me voy a morir si me separan de mi niña!
Al escuchar el llanto desesperado de su nieta, el espíritu indomable de Walter Novak se encendió. Enderezó la espalda y golpeó suavemente la mesa con el puño, asumiendo de inmediato ese modo protector y fieramente territorial que definía a los patriarcas de su estirpe.
—¡Nadie te va a quitar a esa niña, Maya! ¡Escúchame muy bien! —sentenció Walter con una autoridad inquebrantable, tomándole el rostro entre sus manos—. No me importa qué tan poderoso sea ese tal Demian, ni cuántos millones tenga en sus cuentas bancarias. Esta es la casa de los Miller. Yo fui el primero en prometer que sería el escudo de esa criatura y mantengo mi palabra. Si ese hombre intenta dar un solo paso legal en falso contra ti o contra Cielo, me va a encontrar de frente. No estás sola.
El anciano suspiró, suavizando la mirada pero manteniendo la seriedad, y acarició el cabello castaño de su nieta con ternura paternal.
—Sin embargo, mi niña... debo ser honesto contigo —continuó Walter con voz baja y sabia—. Una mentira sobre el nombre de Camilo no va a sostenerse por mucho tiempo. El reflejo de la sangre es demasiado fuerte y ese hombre ya vio a la bebé. No podrás esconder la verdad eternamente. Tarde o temprano, tendrás que enfrentar la realidad, pero cuando ese momento llegue, lo harás con la cabeza en alto y conmigo a tu lado.
Mientras en la vieja casona se levantaban los muros de la protección familiar, en el otro extremo de la ciudad, en la suite presidencial del hotel más lujoso, la atmósfera era radicalmente distinta.
Demian no se había quedado de brazos cruzados. La sola mención de que su niña hubiera tenido un hijo con otro hombre le quemaba las entrañas en una mezcla de celos destructivos y una rabia posesiva que no lo dejaba respirar. Pero su intuición, ese instinto salvaje que lo había llevado a la cima del mundo corporativo, se negaba a aceptar la versión de Maya.
Caminaba de un lado a otro frente al gran ventanal que daba a las luces de la ciudad, con la chaqueta del traje oscuro desabrochada y un vaso de whisky intacto sobre el escritorio. Sacó su teléfono personal y marcó un número privado que solo utilizaba para asuntos de extrema confidencialidad.
—Quiero todo —ordenó Demian en cuanto la línea se enlazó, con una voz gélida e imperiosa—. Usa todo el dinero que sea necesario, mueve las influencias que tengamos en el sector de salud de esta ciudad. Quiero los registros médicos confidenciales de la ingeniera Maya. Necesito la fecha exacta, la hora y el hospital donde nació esa niña. Lo quiero en mi escritorio antes de la medianoche. No me importan los métodos, hazlo ya.
Para un hombre con el poder y las conexiones de Demian, las leyes de privacidad eran simples obstáculos menores. La primera trampa estaba tendida. Utilizó su influencia corporativa y su capital ilimitado para escarbar en el pasado que Maya tanto intentaba proteger.
A las once y media de la noche, un golpe suave en la puerta de su suite interrumpió el tenso silencio. Su investigador de confianza entró a la habitación, manteniendo una postura rígida, y dejó un sobre de manila sellado sobre la mesa de madera oscura.
—Aquí está toda la información, señor Demian —dijo el hombre antes de retirarse en silencio.
Demian avanzó hacia la mesa con el corazón latiéndole con una fuerza inusual en su pecho. Rompió el sello del sobre con dedos firmes y extrajo el documento oficial del hospital central de la ciudad. Sus ojos miel escanearon rápidamente las líneas de texto técnico hasta que se detuvieron en el apartado de datos de nacimiento.
*Fecha de parto: Tres años atrás.*
Demian se quedó inmóvil, con el papel temblando sutilmente entre sus dedos largos. Su mente matemática hizo el desglose de los meses y las semanas de gestación con una precisión milimétrica. Las fechas no mentían. El día de la concepción coincidía de manera perfecta, exacta y sin un solo día de margen de error con aquella semana de pasión desenfrenada, fuego y entrega absoluta en las playas del Caribe.
La niña no era de Camilo. Nunca lo había sido.
Una oleada de una emoción gigantesca, primitiva y posesiva sustituyó los celos destructivos, expandiéndose por el pecho del imponente magnate de treinta y tres años. Una sonrisa lenta, cargada de un triunfo absoluto y una adoración inquebrantable, se dibujó en sus labios mientras contemplaba el documento. Maya lo había engañado para protegerla, pero el juego había terminado.
Demian dejó caer el papel sobre el escritorio, se llevó una mano a la boca y, mirando hacia la oscuridad de la noche a través del ventanal, pronunció en un susurro ronco, lleno de una felicidad peligrosa:
—Mi familia estará feliz... ya tengo una hija, una pequeña Demian. Y esta vez, ninguna de las dos se me va a escapar.