Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.
Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.
Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.
Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.
Pero la venganza fue solo el comienzo.
Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.
Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.
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02
Andrea dejó la casa de Jessica cuando se sintió algo más entera, pero no fue directo a casa. Condujo hacia un edificio de oficinas en el centro financiero, donde trabajaba el abogado más prestigioso que conocía, su asesor legal de confianza: Héctor Valverde.
Durante todo el trayecto, la misma pregunta le daba vueltas en la cabeza: ¿quién le había enviado esas fotos de Rodrigo con su amante? ¿Quién le mandó el mensaje indicándole la ubicación exacta en el hospital? ¿Un aliado o un enemigo? El sobre no tenía remitente. Intentó llamar al número del mensaje, pero ya estaba fuera de servicio.
*
Al llegar al bufete de Héctor Valverde, la hicieron pasar de inmediato: todo el personal sabía que Andrea era cliente directa del licenciado. Se sentó frente a él sin esperar siquiera a que la invitara.
—¿Señora Andrea? —Héctor no pudo ocultar su sorpresa—. ¿Qué la trae por aquí? ¿Por qué no me llamó si era algo urgente?
—Quiero presentar una demanda de divorcio contra mi esposo, Rodrigo —respondió Andrea sin rodeos—. Me ha sido infiel a mis espaldas. Quiero que se vaya de la casa sin llevarse un solo centavo. ¿Es posible?
Héctor la escuchó con atención, anotando puntos clave en su libreta.
—Antes que nada, señora, ¿usted y el señor Rodrigo firmaron algún acuerdo prenupcial que regule la división de bienes en caso de divorcio? —preguntó cuando Andrea terminó de hablar.
Andrea negó con la cabeza lentamente. Una sonrisa amarga le cruzó los labios.
—No hay ninguno, licenciado. Cuando nos casamos no teníamos nada, éramos pobres. Yo confiaba ciegamente en él. Nunca imaginé que llegaría un día como este. Para mí, el amor y la confianza bastaban. ¿Quién iba a pensar que sería capaz de algo tan cruel?
El abogado exhaló un suspiro largo y meneó la cabeza.
—Entonces, discúlpeme, señora, pero debo ser honesto. Sin un acuerdo prenupcial, legalmente todos los bienes adquiridos durante el matrimonio son gananciales. Es decir, deben dividirse en partes iguales. Usted no puede simplemente dejarlo sin nada, aunque él sea quien cometió la infidelidad. Además, ante la ley y ante la opinión pública, al señor Rodrigo también se le reconoce haber contribuido a la construcción del negocio.
—¿Entonces no hay ninguna otra salida, licenciado? —preguntó Andrea con los ojos entrecerrados, cargados de determinación.
—Hay una vía, pero es un paso arriesgado y muy difícil —respondió Héctor—. Si usted de verdad no quiere que él disfrute del fruto de su trabajo, la única forma sería transferir todos los activos a su nombre personal, o bien...
—¿O bien qué? —Andrea clavó la mirada en el rostro del abogado con impaciencia.
Héctor se inclinó sobre el escritorio hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.
—Llevar a la empresa y a todos los activos a la quiebra antes de que comience el proceso de división de bienes. Pero esto requiere una estrategia impecable y un momento preciso.
Andrea abrió los ojos de par en par, la boca entreabierta. ¿Llevar su propia empresa a la quiebra? Su mente comenzó a girar a toda velocidad, evaluando cada implicación de lo que el abogado le planteaba. Pero antes de que pudiera responder, el tono de su celular perforó el silencio del despacho.
Sacó el teléfono del bolso. El nombre en la pantalla le provocó una punzada en el pecho. Rodrigo.
Con los ojos encendidos de rabia contenida, contestó la llamada.
—¿Hola?
—¿Cariño? ¿Dónde estás? Ya es tarde, ¿por qué no has llegado? —la voz de Rodrigo sonaba suave, solícita—. Preparé tu platillo favorito, ya está todo listo en la mesa. Debes estar agotada después de trabajar todo el día, ¿no?
Andrea sintió que el pecho se le cerraba al recordar los últimos veinte años. En todo ese tiempo, Rodrigo jamás había dado señales sospechosas. Era el marido perfecto. Siempre atento, preparándole todo sin que ella tuviera que pedirlo. Un hombro donde apoyarse cuando el cansancio la vencía. Un respaldo incondicional en cada decisión. Hasta el punto de sentirse la mujer más afortunada del mundo.
Pero ahora, esas palabras dulces le sabían a veneno. Detrás de toda esa amabilidad, el hombre que estuvo a su lado durante dos décadas había ocultado un secreto que lo destrozaba todo.
—Voy a llegar en un rato —respondió Andrea con voz plana, sin el tono cálido de siempre.
Al otro lado de la línea, Rodrigo frunció el ceño. Algo era distinto en la voz de su esposa.
—¿Cariño? ¿Estás bien? Suenas rara. ¿Dónde estás? Voy a recogerte.
—Estoy bien. Nos vemos en casa.
Sin esperar respuesta, Andrea cortó la llamada. No era su costumbre. Normalmente se despedía con alguna frase cariñosa.
Del otro lado, Rodrigo se quedó con el teléfono en la mano, con la sensación de que algo no encajaba, aunque no sabía qué.
Andrea guardó el celular en el bolso y volvió a fijar la mirada en el abogado. Las últimas palabras de Héctor le daban vueltas en la cabeza como un eco. QUIEBRA. Si no había otro camino, ese sería el que tomaría.
—Entiendo lo que me explica, licenciado —dijo, recomponiéndose—. Le agradezco su tiempo. Voy a pensarlo y lo contactaré pronto.
—Por supuesto, señora. La espero cuando usted diga. Y si necesita ayuda con cualquier asunto legal, no dude en llamarme.
Andrea asintió y se levantó de la silla. Rodrigo... si fui capaz de levantar esa empresa, hundirla es pan comido, pensó mientras se alejaba.
Cuando sus pasos se perdieron en el pasillo, un hombre con traje negro y lentes oscuros montados sobre la nariz perfilada salió de una puerta lateral y ocupó la misma silla donde Andrea había estado sentada.
Héctor se puso de pie brevemente e inclinó la cabeza con respeto.
—Tenía usted razón, la señora Andrea vendría. Quédese tranquilo: la ayudaré en todo lo que pueda.
*
Andrea apagó el motor al llegar frente a la mansión que había sido testigo mudo de su vida junto a Rodrigo. Se quedó inmóvil un momento, aspiró hondo para calmarse y entró.
En cuanto abrió la puerta principal, sus ojos captaron la escena en la sala. Rodrigo estaba de espaldas, hablando por teléfono en un murmullo casi inaudible.
—...tranquila, todo está bajo control. Ella no sospecha nada. Mañana te mando el dinero como siempre...
Al escuchar el roce de unos tacones acercándose, Rodrigo colgó de golpe, se guardó el celular en el bolsillo con un movimiento torpe y se dio la vuelta. Una sonrisa enorme le brotó en la cara, como si nada hubiera pasado.
—¡Cariño! ¿Ya llegaste? —Rodrigo caminó rápido a su encuentro—. Ven, vamos a cenar. Ya recalenté la comida.
Andrea se limitó a observarlo en silencio.
Por primera vez en su vida, todo lo que antes le parecía normal ahora le resultaba sospechoso. La forma apresurada en que Rodrigo escondió el teléfono. La sonrisa que antes le parecía genuina ahora se le antojaba una máscara. La mirada que un día creyó llena de cariño ahora le parecía un velo que ocultaba mentiras.
Cada gesto, cada palabra que salía de su boca, hasta su manera de caminar: todo parecía la actuación ensayada de un actor consumado.
¿Cómo pude estar tan ciega?, se dijo mientras avanzaba despacio hacia él.
Sus ojos se clavaron directo en los de su marido. Y en su interior, le habló sin mover los labios: ¿Crees que eres muy listo escondiéndolo todo? Espera nada más. Ahora me toca jugar a mí. Y voy a asegurarme de que este juego termine con tu derrota total.