Ella renace en un nuevo mundo. Decidida a cambiar su destino y a cumplir sus sueños.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Primera Venta
A la mañana siguiente, Selene bajó al despacho del barón con una carpeta improvisada entre los brazos.
En realidad no era una carpeta.
Eran varias hojas sujetas con una cinta.
En ellas había dibujos.
Muchos dibujos.
Vestidos.
Mangas.
Cuellos.
Faldas.
Distintos tipos de lazos.
Incluso pequeños comentarios escritos al lado.
[Nota mental: hacer que la persona pueda respirar.]
[Nota dos: recordar que las mujeres tienen brazos y les gusta moverlos.]
El barón Drack levantó la vista cuando su hija llamó a la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Por supuesto.
Selene entró con una sonrisa que, después de tantos días, el barón ya había aprendido a temer un poco.
Siempre que sonreía así...
Terminaba proponiendo algo inesperado.
—¿Qué sucede?
Ella dejó los dibujos sobre el escritorio.
—Tengo una idea para ganar dinero.
El barón arqueó una ceja.
Miró los papeles.
Después volvió a mirar a su hija.
En su interior sintió una mezcla de ternura y preocupación.
[Es bueno verla tan animada.]
[Aunque seguramente será algún pasatiempo para distraerse.]
Tomó uno de los dibujos.
Observó un vestido.
Luego otro.
Y otro.
Sonrió con suavidad.
—Son muy bonitos.
—¿Verdad?
—Muchísimo.
Guardó unos segundos de silencio antes de hablar con delicadeza.
—Selene...
Ella lo miró.
—Si deseas dedicarte a esto como entretenimiento... Tienes todo mi apoyo.
La joven sonrió.
—Gracias.
—Pero...
El hombre bajó la mirada.
—Lamento decirte que ahora mismo no tenemos dinero para iniciar un negocio.
Su voz estaba llena de culpa.
—Ni para contratar artesanos. Ni comprar telas costosas. Ni abrir una tienda.
Selene sonrió con tranquilidad.
—No se preocupe.
El barón la observó sorprendido.
—¿No?
Ella negó con la cabeza.
—Solo necesito su permiso.
—¿Mi permiso?
—Sí.
—¿Y nada más?
—Nada más.
El hombre quedó completamente confundido.
Pero, después de unos segundos, terminó sonriendo.
Aquella era la primera vez en mucho tiempo que veía a su hija tan llena de energía.
Sería incapaz de apagar ese entusiasmo.
Así que asintió.
—Muy bien. Tienes mi permiso.
Los ojos de Selene brillaron.
—¡Gracias, padre!
Antes de que el barón pudiera preguntar exactamente cuál era el plan... Su hija ya había salido casi corriendo del despacho.
El hombre la vio desaparecer por el pasillo.
Permaneció unos segundos en silencio.
Luego soltó una pequeña risa.
—Definitivamente... Mi hija cambió.
Con el permiso del barón, Selene comenzó a trabajar de inmediato.
No tenía dinero para comprar telas nuevas.
Así que utilizó las mejores que ya tenía.
Transformó algunos de sus propios vestidos.
Desarmaba uno.
Aprovechaba otro.
Probaba diferentes combinaciones.
A veces el resultado era hermoso.
Otras veces...
Cloys la observaba levantar un vestido que parecía haber perdido una batalla contra unas tijeras.
—No me juzgues.
—No dije nada, señorita.
—Pero lo pensaste.
—Un poquito.
Selene suspiró.
—Este irá a la caja de "jamás ocurrió".
Gracias a los contactos de Cloys, logró encontrar a varias jóvenes que habían terminado sus estudios en la escuela de oficios fundada por una duquesa del reino.
No eran modistas famosas.
Apenas comenzaban su vida laboral.
Pero tenían talento.
Y necesitaban oportunidades.
Cuando Selene les mostró sus dibujos, las muchachas intercambiaron miradas de sorpresa.
—Nunca habíamos visto mangas así.
—Ni este tipo de falda.
—¿Está segura de que quiere que el vestido tenga... bolsillos?
Selene abrió mucho los ojos.
—¡Por supuesto!
Las jóvenes quedaron confundidas.
—¿Para qué servirían?
Selene las miró como si hubieran formulado la pregunta más extraña del mundo.
—¿Cómo que para qué?
—Sí...
—¡Para guardar cosas!
Hubo un largo silencio.
Una de ellas preguntó tímidamente:
—¿Qué cosas?
Selene abrió la boca.
Luego la cerró.
[…Buena pregunta.]
[En esta época nadie anda con teléfono.]
Finalmente respondió..
—Un pañuelo.
Las muchachas asintieron con expresión seria.
—Eso tiene sentido.
[…Y si algún día inventan los teléfonos...]
[No importa.]
Después de varios intentos...
El primer vestido estuvo terminado.
Selene lo sostuvo frente a ella.
Era elegante.
Delicado.
Seguía respetando la moda de la nobleza.
Pero tenía una silueta más ligera.
Las mangas permitían mover los brazos con naturalidad.
El corsé era menos rígido.
La falda caía con mayor fluidez.
Y pequeños detalles modernos le daban un aire completamente distinto.
Selene sonrió emocionada.
[¡Es precioso!]
Cloys también sonrió.
—Lo lograremos, señorita.
La primera persona en comprar uno de sus vestidos fue Lady Cartier.
La única amiga que había tenido la difunta baronesa Drack.
La madre de Selene había fallecido cuando ella aún era una niña.
Los recuerdos que conservaba de ella eran apenas fragmentos.
Una voz dulce.
Un perfume.
Una sonrisa borrosa.
Nada más.
Sin embargo, Lady Cartier jamás había olvidado a su amiga.
Por eso, cuando recibió la invitación de Selene para mostrarle un nuevo diseño, aceptó por afecto.
Más que por curiosidad.
—Has crecido muchísimo.
—Eso dicen.
Lady Cartier sonrió con cariño.
—Te pareces mucho a tu madre.
Selene sintió un pequeño nudo en el pecho.
No sabía qué responder.
Así que simplemente sonrió.
Cuando mostró el vestido...
Lady Cartier quedó completamente sorprendida.
—Es... diferente.
—¿Le gusta?
La mujer recorrió la tela con la mano.
Observó los detalles.
La caída de la falda.
Las mangas.
La delicadeza de las costuras.
Finalmente sonrió.
—Muchísimo.
Y lo compró.
Selene casi tuvo que contener las ganas de abrazarla.
[¡Primer cliente!]
[¡Primer dinero!]
[¡No llores!]
[No llores delante de la clienta.]
Lo verdaderamente inesperado ocurrió pocos días después.
La señorita Cartier, hija de Lady Cartier, pidió una cita con Selene.
Cuando llegó, esperaba simplemente escoger un vestido ya confeccionado.
Pero Selene hizo algo completamente distinto.
Sacó papel.
Carbón.
Y comenzó a hacer preguntas.
—¿Qué colores le gustan?
La joven parpadeó.
—¿Perdón?
—¿Prefiere mangas largas o cortas?
—Yo...
—¿Hay algo de los vestidos actuales que le incomode?
La señorita Cartier se quedó completamente desconcertada.
Nadie...
Jamás...
Le había preguntado aquello.
Después de unos segundos respondió con timidez.
—Los corsés...
A veces cuesta respirar.
Selene anotó.
—Entendido.
—Y las mangas son algo incómodas para mover los brazos.
Otra anotación.
—¿Algo más?
La joven dudó.
—Las faldas suelen ser muy pesadas.
Selene seguía escribiendo.
La señorita Cartier comenzó a sonreír.
Por primera vez sintió que alguien no estaba diseñando un vestido para impresionar a los demás.
Lo estaba diseñando para ella.
Cuando el vestido estuvo terminado y se lo probó, no pudo evitar dar una vuelta frente al espejo.
Se movía con facilidad.
Podía levantar los brazos sin esfuerzo.
Sentarse sin sentir que todo el vestido luchaba contra ella.
Respiró profundamente.
Y sonrió.
—Es... increíble.
Selene cruzó los brazos con una expresión satisfecha.
[Exacto.]
[Los vestidos pueden ser bonitos...]
[Pero también deberían dejarte vivir mientras los llevas puestos.]
Y sin saberlo, aquel pequeño cambio de perspectiva comenzó a despertar el interés de otras jóvenes nobles.
Porque, después de todo, la moda siempre había pensado en cómo debían verse las mujeres.
Pero muy pocas veces alguien se había detenido a preguntarles cómo querían sentirse al vestirla.
😭😭😭😭😭 y más cuando Oliver al verla sonrío y le dijo que su esposa era la mas bella de todo el reino 🥰🥰🥰😍😍😍