Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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Máscaras de papel
Sophia
—¿Pasa algo? —preguntó Sebastian.
Su tono pretendía ser casual, desinteresado, el de un amigo común. Pero cuando levanté la vista de la pantalla, noté que la mandíbula se le había tensado por completo y sus nudillos, alrededor del asa de la cafetera, se habían vuelto blancos por la fuerza del agarre.
Dejó la cafetera sobre la barra con un golpe un poco más seco de lo necesario y cruzó los brazos, recostándose contra la meseta en una postura que pretendía ser relajada. Falló por completo. Sus ojos azules estaban fijos en mis dedos, que todavía sostenían el teléfono.
—Solo es Letty —respondí, bloqueando la pantalla con un clic que sonó demasiado fuerte en el silencio de la cocina. Dejé el celular boca abajo sobre la mesa, intentando imitar su supuesta tranquilidad.
—Vaya —remató él, soltando una risa corta, carente de cualquier pizca de gracia—. No sabía que Letty madrugaba tanto para chatear. ¿Quién escribe con tanta urgencia a estas horas?
Intentó que la pregunta sonara como una burla ligera, un comentario ordinario sobre los hábitos de nuestra amiga. Pero el tono inquisitivo estaba ahí, vibrando justo debajo de la superficie. Sus ojos no se apartaban de los míos, fijos, exigiendo una respuesta que, según su nuevo estatus de "solo amigos", ya no tenía ningún derecho a reclamar.
Miré la gardenia blanca que descansaba a unos centímetros de mi plato. Nuestra tregua ni siquiera había durado cinco minutos.
Me obligué a relajar los hombros, calcé una sonrisa ligera en el rostro y lo miré a los ojos, adoptando esa misma familiaridad transparente que solíamos tener antes de que el mundo se nos viniera abajo.
—Bueno, ya que estás tan curioso, te cuento —solté con total naturalidad, mientras tomaba mi taza de café—. Es Letty. Me dice que su primo Lucas no ha dejado de hablar de mí desde ayer. Aparentemente la tiene loca pidiéndole mi número y quiere que nos concerte una cita cuanto antes.
Le di un sorbo al café, sosteniéndole la mirada por encima del borde de la taza, simulando que solo le estaba compartiendo un chisme sin importancia a mi mejor amigo.
El efecto de mis palabras en Sebastian fue instantáneo, aunque intentó camuflarlo. Vi cómo el aire se le azaraba un segundo en los pulmones. El amago de sonrisa casual que tenía en los labios se congeló por completo y su mirada azul se volvió dos rendijas gélidas. la mención de Lucas fue como echarle sal a una herida abierta.
—¿Una cita? —repitió. Su voz bajó un octavo de tono, perdiendo toda la ligereza que había intentado fingir.
Se despegó de la meseta lentamente. Su cuerpo, que minutos antes adoptaba una postura sumisa para pedir perdón, volvió a erguirse con esa imponente rigidez que me recordaba al hombre que me había acorralado en el recibidor. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no estallar, tragándose la furia centímetro a centímetro para no romper la promesa que acababa de colgar de los pétalos de la gardenia.
—Sí, una cita —añadí, dejando la taza sobre la mesa con suavidad—. Dice que se quedó con muchas ganas de conocerme mejor. ¿No es lindo?
Sebastian apretó los labios en una línea tan fina que casi desaparecieron. Vi el pulso de su mandíbula latir con fuerza, una, dos veces. Se pasó una mano por el cuello de la camisa, como si de repente el aire de la cocina se hubiera vuelto demasiado espeso para respirar. Estaba acorralado por su propio guion, obligado a bendecir el barco que lo estaba hundiendo.
Forzó una sonrisa de medio lado, una mueca torcida y carente de cualquier rastro de calidez que delataba el esfuerzo titánico que estaba haciendo.
—Genial. Me parece... genial —soltó con una ironía tan afilada que casi corta el aire. Tomó su propia taza, aunque no le dio ningún sorbo, solo se aferró a ella como si fuera un ancla—. Ya era hora de que salieras y te divirtieras con alguien, ¿no? Qué buena puntería la de Letty.
El tono de su voz era cortante, gélido, arrastrando cada palabra con una amargura que no pudo camuflar. Me miraba fijo, desafiéndome con la mirada, comunicándome en silencio todo lo que su nueva máscara de "mejor amigo" le prohibía gritar. Quería que diera marcha atrás. Quería que viera el dolor y la rabia que le causaba y que borrara el mensaje.
Pero yo no iba a ceder. No esta vez. Sostuve su mirada con una serenidad implacable, disfrutando el sutil poder de haberle devuelto el golpe sin mover un solo dedo.
—Verdad que sí —concluí, tomando mi teléfono de nuevo—. Le voy a decir a Letty que le dé luz verde. A fin de cuentas, los amigos se apoyan en estas cosas, ¿cierto?