EL PERDIÓ TODO, EXCEPTO MI AMOR
Mariana nunca había creído en las señales. Ni en los horóscopos, ni en las piedras de colores que vendían en el puesto de la esquina, ni en esas aplicaciones que predecían el amor con solo poner tu fecha de nacimiento.
Pero si hubiera existido alguna señal aquel martes 9 de agosto, la habría visto en el calor pegajoso de la mañana, en el nudo de su estómago antes de entrar al salón, en la forma en que sus manos temblaban al ajustar las gafas sobre su nariz.
Tercer año de preparatoria. El último año. El que definiría el resto de su vida, o eso decían los maestros. Mariana no se sentía lista para que nadie definiera nada.
Llegó temprano, como siempre. Eligió la banca de atrás, junto a la ventana, porque desde ahí podía ver el patio de la secundaria y recordar que en algún momento fue más pequeña, más invisible, y que eso no le había importado tanto. Ahora, a sus dieciseis años, la invisibilidad era una armadura. Nadie se fijaba en ella. Nadie le preguntaba por qué siempre llevaba el mismo suéter gris. Nadie notaba que detrás de esas gafas gruesas había unos ojos verdes que, si se miraban bien, eran bonitos.
Ella misma no los miraba bien.
Sacó su libreta nueva. Huele a promesas, pensó. Pero las promesas también podían romperse.
El salón se llenó poco a poco. Risas altas, chicles, celulares, chicos que se tiraban gomas de borrar, chicas que comparaban tenis. Mariana era una isla en medio de ese bullicio. Y le gustaba. O eso se repetía.
—¿tienes una goma de borrar? olvide la mia. ¿Y...Está ocupado?
La voz llegó como un disparo en medio de la niebla.
Levantó la vista y se encontró con un par de ojos cafés. No cualquier café. Un café cálido, de esos que te dan ganas de tomar chocolate en diciembre. Pertenecían a un chico alto, de hombros anchos y cabello oscuro y revuelto, como si se hubiera peinado con el viento. Llevaba una playera de un equipo de fútbol que ella no reconocía, pantalones deportivos y una mochila colgando descuidadamente de un hombro. Sonreía. No con prepotencia, sino con una amabilidad desarmante.
Mariana abrió la boca. Cerró la boca. Volvió a abrirla.
—N-no.. Si, digo..
tartamudeó, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello.
— Está libre.
—Genial.
Se dejó caer en la silla como si hubiera sido suya desde siempre, y el gesto fue tan natural que a ella le pareció ver una coreografía.
—Es que cambiaron a mi grupo de último momento. No conozco a nadie aquí.
Eso era mentira, porque dos segundos después un chico de la fila de adelante lo saludó con la mano, pero Mariana no lo notó. Solo lo veía a él.
—Soy Ricardo
dijo, extendiendo la mano.
Mariana la tomó. La palma de él era caliente, un poco áspera. La mano de alguien que hacía deporte, que agarraba cosas, que vivía hacia afuera.
—Mariana
respondió, y su nombre sonó diminuto en el aire.
—Buen nombre.
Él soltó su mano sin prisa, como si el contacto hubiera sido parte del saludo más normal del mundo.
— ¿Eres nueva? No te había visto antes.
—No… llevo dos años aquí.
—¿En serio?
Sus cejas se alzaron, y su sorpresa pareció genuina.
— Qué raro. Seguro te habría notado.
Seguro te habría notado.
La frase se incrustó en el pecho de Mariana como una flecha diminuta, pero no de esas que duelen. De esas que quitan el aliento.
El maestro entró. Historia de México. Ricardo tomó apuntes rápido, con una letra que parecía un electrocardiograma. Mariana escribía con pulcritud, pero sus ojos se desviaban una y otra vez hacia el perfil de él. La línea de su mandíbula. La forma en que se mordía el labio cuando algo le parecía difícil. Un mechón de cabello que le caía sobre la frente y que él apartaba con un movimiento inconsciente.
En un momento, él giró la cabeza y sus miradas se encontraron.
—¿Qué?
preguntó él, sonriendo.
— ¿Tengo algo en la cara?
—N-no
dijo ella, más rápido de lo que hubiera querido.
— Es que… pensé que necesitabas una goma.
Mentira. Mentira descarada. Pero él aceptó la goma como si fuera el regalo más útil del mundo.
—Gracias, Mariana
dijo, pronunciando su nombre completo, como hacían los demás cuando se dignaban a dirigirle la palabra.
Mariana. Sonaba distinto en su boca.
Al terminar la clase, Ricardo guardó sus cosas y se giró hacia ella.
—Oye, ¿comes en la cafetería?
—A veces
mintió de nuevo. Nunca comía en la cafetería. Prefería el patio trasero, donde las jardineras viejas servían de asiento y nadie la molestaba.
—Pues vamos. Te presento a mis amigos. Bueno, a los pocos que tengo aquí.
Se rio de sí mismo, y ese sonido fue tan honesto que Mariana sintió ganas de llorar.
Caminaron juntos por el pasillo. Él llevaba el paso más rápido, pero se ajustaba al de ella sin que pareciera un esfuerzo. Los demás alumnos los miraban. Algunos saludaban a Ricardo. Él respondía con un gesto o una palabra, pero nunca soltaba la conversación con ella.
—¿Y tú qué onda, Te gusta la escuela?
preguntó mientras bajaban las escaleras.
—Está bien
dijo ella, encogiéndose de hombros.
— Prefiero leer.
—¿Leer, Qué lees?
—Lo que caiga. Novelas, cuentos, a veces poesía.
—Poesía
repitió él, como si fuera una palabra extranjera.
— Yo solo leo lo que me dejan de tarea. Pero está bien. Alguien tiene que leer poesía por los dos.
Mariana sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero genuina.
En la cafetería, el sol entraba por los ventanales y pintaba las mesas de amarillo. Ricardo la llevó hacia una esquina donde ya estaban sentados dos chicos y una chica. La chica era hermosa. Pelo largo y lacio, labios perfectos, una actitud relajada que solo podía venir de saberse deseada.
—Oigan, les presento a Mariana
dijo Ricardo, acomodándose a su lado.
— Es mi nueva amiga.
Mi nueva amiga. Esas palabras, pensó Mariana, eran un regalo y una condena al mismo tiempo.
—Hola
dijo la chica hermosa, con una sonrisa educada pero distante.
— Yo soy Valeria. La novia de Ricardo.
La novia.
Mariana sintió el golpe antes de que las palabras terminaran de pronunciarse. Un golpe sordo, seco, directo al centro del pecho. Pero su rostro no se inmutó. Había practicado esa máscara durante años.
—Mucho gusto
dijo, y su voz salió firme.
Ricardo, mientras tanto, le acercó una silla.
—Siéntate
dijo, y apartó su mochila del asiento para que ella pudiera hacerlo sin problema.
Mariana se sentó. Sonrió. Escuchó la conversación ajena. Y en algún rincón de su corazón, que todavía no sabía que era valiente, decidió guardar ese sentimiento que no sabía que estaba naciendo y era incipiente en una caja pequeña, con llave, y esconderla donde nadie pudiera encontrarla.
Ni siquiera ella.
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Updated 27 Episodes
Comments
Elizabeth Nava
👏👏 se ve bueno a leer
2026-05-23
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Fabiola Araujo
nuestra nueva parejita👏
2026-05-23
0
Carlita Mendoza
sería yo 🤭🤭
2026-05-23
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