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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 20: EL TIEMPO QUE NOS PERTENECE
Pasaron siete noches enteras desde aquella en que la luz de la cima parpadeó dos veces rápido para mandarnos su mensaje silencioso. Siete noches en las que encendió y se apagó con la misma puntualidad fría de un reloj, siete días de sol que salía y se ocultaba siempre por los mismos puntos, siete jornadas en las que nada cambió de forma visible alrededor de la cabaña, y sin embargo nada volvió a sentirse del todo igual que antes. El tiempo, que al principio en el bosque parecía haberse detenido o andado muy despacio, empezó de repente a correr con una velocidad que se podía casi tocar en el aire, y a la vez cada hora de vigilia se hacía larga, pesada y cargada de una atención constante que no permitía bajar la guardia ni un instante.
Dante no durmió más de dos o tres horas seguidas en todo ese tiempo. Se turnaba a medias conmigo, pero aun cuando se acostaba o se sentaba a descansar, permanecía siempre con los sentidos alerta, el oído atento a cada crujido, cada soplo de viento, cada cambio mínimo en los sonidos naturales del lugar. Se levantaba antes de que el sol asomara siquiera por el horizonte, recorría palmo a palmo las cinco líneas de seguridad que había colocado alrededor de todo el perímetro, revisaba una por una las ramas, las cuerdas, las piedras apiladas y los caminos trampa que se adentraban en la parte más cerrada del bosque, y volvía siempre con el mismo informe: ninguna huella extraña, ninguna señal de que alguien hubiera bajado de la montaña ni se hubiera acercado realmente al refugio, solo la vida salvaje siguiendo su curso, el viento moviendo las hojas y la luz allá arriba, callada e inmóvil, esperando. Tenía las ojeras cada vez más marcadas y oscuras bajo los ojos negros, el cabello negro siempre un poco revuelto, los hombros cargados de un peso que no quería compartir para no preocuparnos más de la cuenta, y sin embargo cada vez que se volvía hacia mí o hacia Mia, toda la fatiga desaparecía de su mirada y solo quedaba la ternura infinita, la protección y la calma que solo él sabía darnos. Todavía faltaban cuatro meses exactos para el nacimiento del bebé, y él lo repetía casi como un rezo cada mañana y cada noche, como si al pronunciarlo una vez más estuviera sellando el destino y asegurando que llegaríamos sanos y salvos hasta ese día.
Yo me pasaba las horas sentado en el banco ancho de madera frente a la chimenea, con una almohada gruesa bien acomodada detrás de la espalda baja para calmar ese dolor sordo y profundo que ya no me abandonaba ni de día ni de noche, y con ambas manos puestas casi siempre sobre la curva grande, dura y abultada de mi vientre. Cada semana que pasaba notaba con claridad física que crecía un poco más, que pesaba más, que ocupaba más espacio dentro de mí, y que sus movimientos eran cada vez más fuertes, más definidos y más frecuentes, sobre todo al anochecer cuando todo quedaba en silencio y solo se oía el fuego crepitar suavemente entre las piedras. Varias veces a lo largo de esos días sentí de nuevo las contracciones leves, cortas e indoloras, solo un endurecimiento pasajero de la pared del útero que el médico del pueblo me había asegurado que eran totalmente normales a esta etapa, provocadas casi siempre por el cansancio acumulado, la tensión continua o las emociones fuertes, y cada vez que ocurría Dante estaba en el mismo instante a mi lado, arrodillado en el suelo, con la palma grande y tibia puesta con delicadeza exacta sobre el lugar, guiándome la respiración muy lento hasta que todo volvía a la normalidad y el pequeño se calmaba otra vez moviéndose suave por dentro. No podía hacer esfuerzos, ni caminar mucho, ni agacharme ni levantar peso alguno, y aunque a veces sentía una punzada de culpa por verlo cargar con todo absolutamente solo, él me lo quitaba de la cabeza cada vez con las mismas palabras suaves: tu trabajo es cuidarlo a él y cuidarte a ti mismo, lo demás es cosa mía y siempre lo será.
Mia, mi hermana menor de apenas ocho años, delgada, de piel extremadamente pálida y corazón frágil desde el día en que nació, se había convertido sin querer en la pequeña guardiana de la calma dentro de aquellas cuatro paredes de troncos oscuros. Se pasaba el día entero sentada sobre su manta doblada varias veces en el suelo, con la caja metálica de lápices de colores siempre abierta delante y hojas y hojas llenas de dibujos apiladas a su lado. Ya no solo dibujaba la montaña con la luz blanca en la cima, ni los árboles cerrados formando un muro protector alrededor de la cabaña, ni los círculos concéntricos que representaban las líneas de alerta ni los caminos que se perdían en la nada: ahora llenaba cada espacio vacío con flores pequeñas, pájaros entre las ramas, el sol grande y dorado, la luna plateada y las cuatro figuras de la familia siempre muy juntas, tomadas fuerte de las manos, sin importarle nada más de lo que pasaba fuera. De vez en cuando dejaba el lápiz sobre la madera, se acercaba caminando muy despacio y sin hacer ruido hasta donde yo estaba, se subía con mucho cuidado al borde del banco sin golpearme ni apoyar peso sobre la barriga, y apoyaba la oreja con infinita suavidad contra la tela de mi camisa, quedándose inmóvil y callada largo rato, sonriendo para sí misma cada vez que el bebé se movía o daba una patada clara justo debajo de su oreja. Me decía muy bajito al oído, para que solo yo lo oyera, que aunque la luz de allá arriba daba mucho miedo y aunque a veces le dolía un poquito el pecho de tanto estar callada y quieta, sabía que todo lo que hacíamos era para estar bien los cuatro al final, y que ella aguantaría todo el tiempo que fuera necesario sin quejarse ni una sola vez más.
Hacia el atardecer del séptimo día, cuando el sol ya estaba muy bajo y tiñó todo el bosque de tonos naranjas, rojizos y morados muy profundos, Dante volvió de su recorrido habitual cargando en los brazos una buena cantidad de leña muy seca y gruesa, y además unas ramas largas y flexibles que cortó con mucho cuidado de ciertos árboles. Dejó todo junto a la chimenea, se sacudió el polvo, las hojas y las pequeñas espinas de la ropa y se acercó hasta nosotros con una expresión en el rostro que no habíamos visto hasta entonces: no era solo seriedad, ni cansancio, ni alerta, sino algo parecido a una idea que había ido madurando poco a poco en silencio durante todos esos días y que por fin estaba lista para ser dicha. Se arrodilló en el suelo entre mis piernas, tomó mis dos manos entre las suyas grandes, ásperas y siempre calientes, y miró primero a mí y luego a Mia, que se había acercado despacio y se había sentado en el suelo pegada a mi costado.
—Llevo siete días contando cada hora, cada movimiento y cada luz allá arriba —empezó a decir con voz muy pausada, clara y tranquila, sin prisa por terminar—. Y me he dado cuenta de algo que mi madre, por más lista, por más poderosa y por más que lo piense mucho, nunca va a poder entender ni aceptar del todo. Ella cree que el tiempo es algo que se compra, que se controla, que se usa para desgastar al otro hasta rendirlo. Cree que estando allá arriba, cómodos, con todo lo que el dinero da, esperando sin moverse, van a ganar porque nosotros estamos aquí abajo, escondidos, con poco y siempre vigilando. Pero está equivocada. Muy equivocada.
Hizo una pausa, pasó una mano por encima de mi vientre redondo con toda la ternura del mundo y sonrió muy suave, una sonrisa tranquila, segura y sin sombras.
—El tiempo no es de quien más tiene ni de quien más alto está —siguió—. El tiempo es de quien sabe para qué lo está esperando. Nosotros tenemos un motivo exacto, una fecha, una vida que crece cada día y que nos marca el camino. Cuatro meses. Eso es todo lo que necesitamos. Y cada noche que pasa, cada amanecer que vuelve, cada luz que se enciende y se apaga allá arriba no es una derrota ni una tortura para nosotros: es un día menos que falta, un paso más cerca del día en que este pequeño esté entre nuestros brazos y podamos decidir por fin hacia dónde ir, sin que nadie nos persiga, sin que nadie nos mire, sin que nadie tenga nada que decir al respecto. Cada noche que aguantamos, ganamos nosotros. No ellos.
Mia asintió con la cabeza muy seria y muy fuerte, como si cada palabra le hubiera entrado directo al corazón y la hubiera llenado de una fuerza nueva. Se levantó del suelo de un salto muy suave para no cansar su pecho, corrió hasta el montón de hojas que había dibujado, buscó entre todas hasta dar con la que más le gustaba, aquella donde los cuatro estaban bajo un sol enorme y alrededor no había montaña con luz brillante ni vigilancia, solo árboles, flores y cielo abierto, y se la entregó a Dante con ambas manitas extendidas. Él la tomó con infinito cuidado, la miró bien de frente a todos los detalles y luego la levantó con mucho respeto hasta la pared desnuda que había al lado de la chimenea, justo enfrente del lugar donde siempre nos sentábamos, y la fijó allí con cuatro trocitos pequeños de cinta, en el sitio más visible y más iluminado por el fuego. Dijo en voz muy baja, casi hablando solo, que ese dibujo no era solo papel y colores, sino la prueba real de por qué resistíamos, y que mientras estuviera allí clavado en la madera, nada ni nadie podría vencer la paciencia de ninguno de los tres.
Cuando la noche cayó por completo y el azul oscuro cubrió cada rincón del valle, salió la luna casi llena, redonda y plateada, y millones de estrellas se encendieron una a una muy por encima de la cima de la sierra. Allá arriba, en el punto exacto que ya nos sabíamos de memoria, la luz blanca, fría e impasible encendió de nuevo puntual, tal como lo había hecho las catorce veces anteriores. Nos acercamos los tres muy juntos al pequeño espacio libre de la ventana alta, igual que hacíamos cada noche, y nos quedamos mirándola en silencio un buen rato. Esta vez no esperamos que parpadeara, ni que cambiara de intensidad, ni que mandara señal alguna. Sabíamos que estaba allí, sabíamos lo que significaba y sabíamos también que ya no tenía el poder de helarnos la sangre ni de paralizarnos de miedo como las primeras noches.
Dante me rodeó por completo con sus dos brazos fuertes y anchos por detrás, acomodándome para que todo mi peso y el del embarazo descansaran cómodos y seguros contra su pecho caliente, y puso ambas palmas grandes y tibias una a cada lado de mi vientre, justo en el momento preciso en que el pequeño se movió con mucha fuerza dentro de mí, como si también él estuviera saludando la noche y reafirmando que estaba ahí, creciendo y esperando su momento. Mia se acomodó bien pegada a mi lado izquierdo, metiendo las manos dentro del borde del abrigo de lana de Dante para calentárselas del aire fresco que entraba por las rendijas, y apoyó la mejilla suavemente contra mi brazo sin apartar la mirada del resplandor lejano.
—Cuatro meses —murmuró Dante muy cerca de mi oído, con una calma de acero que no tembló en ningún momento—. Solo cuatro meses. Que miren todo lo que quieran. Que esperen todo el tiempo que les parezca. Que enciendan y apaguen su luz mil veces más si eso los hace sentir poderosos. Al final, cuando se acabe la cuenta, lo que habremos ganado nosotros no se puede comprar ni vigilar ni apagar con nada.
Estábamos a punto de apartarnos del marco y volver junto al calor suave de las brasas rojas, cuando muy lejos, mucho más allá de la última línea de seguridad y más abajo incluso que el camino principal que bajaba del bosque hacia el llano, se oyó de forma muy clara y distinta el sonido grave y continuo de un motor de vehículo arrancando despacio, alejándose poco a poco, cada vez más débil, hasta perderse del todo en el silencio grande de la noche. No venía hacia nosotros, ni subía hacia la cima: se iba en dirección contraria, cada vez más lejos. Dante se tensó solo un instante, aguzó el oído hasta el final del ruido y luego relajó los hombros por completo, soltando por fin un suspiro largo y profundo que parecía llevar guardado dentro desde hacía días. No se habían ido del todo, la luz seguía brillando intacta allá arriba y todavía quedaban muchos vigilantes en lo alto, pero al menos una parte de ellos, la que andaba cerca de los caminos bajos, se había retirado por ahora.
Esa noche, por primera vez desde que vimos encenderse aquella luz por primera vez, ninguno de los tres sintió que la noche fuera larga, pesada o hostil. Supimos con toda claridad que la batalla todavía no había terminado ni mucho menos, que la amenaza seguía viva y muy cerca, y que Victoria Valente no abandonaría su propósito tan fácilmente, pero también entendimos al fin algo que habíamos tardado en ver: la resistencia no era solo aguantar con miedo, era saber esperar con amor, y en eso, nadie en el mundo podía estar por encima de nosotros. La luz siguió brillando blanca, fría e inmóvil hasta el amanecer, pero ya no parecía un ojo que nos juzgaba ni una sentencia escrita en la oscuridad. A partir de esa noche, para nosotros solo fue un simple punto lejano en la montaña, un recordatorio más de que faltaban cuatro meses, y de que cada segundo que pasaba era nuestro, solo nuestro.
FIN DEL CAPÍTULO 20