dónde estés siempre serás tu
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19
—Podrías sentarte, por favor —le pedí, sintiendo que el aire de la oficina se volvía cada vez más denso.
—Aquí estoy cómodo, Azul —respondió Dmitriy, sin moverse de la orilla de su escritorio, mirándome con esa fijeza que me desarmaba las neuronas.
—No, no es si estás cómodo. En serio necesito que tomes asiento porque dudo mucho que si te desmayas yo pueda levantarte —solté de golpe, sintiendo cómo las palabras empezaban a atropellarse en mi boca—. Porque eres enorme, estás gigante, eres un hombre muy… grande y yo soy pequeñita, y no creo que pueda cargarte hasta el sillón si te vas de espaldas. O peor aún, que te diga lo que te tengo que decir y te mueras ahí mismo de un infarto, y luego me culpen a mí y me encarcelen en una prisión rusa. Aunque bueno, lo dudo, porque soy una excelente abogada y sabría cómo armar mi defensa, pero el trámite de extradición sería una pesadilla internacional y no tengo tiempo para eso. Así que hazme el favor y siéntate.
Comencé a hablar tan rápido y a decir absolutamente todo lo que pasaba por mi cabeza sin ningún tipo de filtro, que Dmitriy se me quedó mirando con los ojos increíblemente abiertos, intentando hilar la plática y procesar el torbellino de palabras que salía de mis labios a la velocidad de la luz.
—Azul… Azul… ¡AZUL! —me interrumpió él, alzando un poco las manos y dibujando una línea de paz en el aire—. Cálmate, tranquila. ¿Quieres agua? Estás un poco alterada, respira.
—Es que no… no sé cómo lo vayas a tomar —admití en un susurro, sintiendo que la fuerza se me desinflaba ante la inminencia de la verdad.
Dmitriy se dio la vuelta con rapidez, caminó hacia el mueble bar y sirvió un vaso con agua helada. Regresó a mi lado, me entregó el cristal con un roce de dedos que me erizó la piel y, haciendo caso a mi extraña advertencia médica, tomó asiento en su imponente sillón de piel negra, entrelazando las manos sobre el escritorio.
—Ok, ya estás bien —dijo, soltando un suspiro que pretendía relajar el ambiente corporativo—. Te he dicho que estás hermosa. Te ves preciosa con ese vestido, tú… de verdad me dejas sin palabras.
—Sí, gracias… mmm… mira —lo corté, ignorando el cumplido para que las piernas no me volvieran a temblar.
Metí la mano en mi bolso con dedos temblorosos, saqué mi celular y busqué rápidamente en la galería de imágenes. El corazón me daba vuelcos salvajes contra el pecho. Cuando encontré el archivo correcto, estiré el aparato a través de la enorme mesa de madera, poniéndolo justo frente a sus ojos.
Dmitriy miró el dispositivo y una sutil sonrisa burlona se dibujó en sus labios perfectamente perfilados, intentando aligerar la tremenda tensión que flotaba entre nosotros.
—Mira tú… La que se negaba rotundamente a la tecnología ahora tiene uno de última generación —comentó, alzando una ceja con diversión.
—Sí, bueno, es lo que pasa cuando maduras, trabajas, mantienes una casa y te vuelves un adulto responsable —le reviré con un tono seco que le borró la sonrisa de inmediato.
—Sí, lo sé… lo sé —murmuró él, bajando la mirada hacia el teléfono para cortar la tensión.
Dmitriy tomó el aparato entre sus enormes manos y fijó la vista en la pantalla iluminada. En ella aparecía una fotografía de una hermosa niña . Llevaba puesto su inseparable tutú rosa ladeado, una pequeña mancha de tierra en el suéter y una sonrisa tan pura que derretía el alma de cualquiera. Pero lo que verdaderamente congeló el tiempo no fue el tutú, sino el rostro de la pequeña: unas facciones que eran una calca exacta de la familia Ivanov y, sobre todo, unos imponentes y cristalinos ojos azules que lo miraban desde el cristal con la misma intensidad desvergonzada que él poseía.
El silencio en el despacho se volvió absoluto, sepulcral y destructivo. Vi cómo el color se le escapaba del rostro a Dmitriy en un segundo, transformando su tez varonil en una máscara de pálida estupefacción. El vaso de vodka que reposaba a su lado pareció olvidarse por completo. Sus dedos se apretaron contra los bordes del celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La respiración del imponente ruso se detuvo y sus ojos azules, idénticos a los de la pantalla, se dilataron por completo mientras asimilaba el impacto de la genética que acababa de estallarle en la cara.