Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 3: Veneno en la sangre
El eco de los pasos de mi madre aún resonaba en el balcón cuando me obligué a entrar al salón. Sentía la mirada de Damián clavada en mi espalda, como una marca de fuego que traspasaba la seda de mi vestido. Pero antes de que pudiera dar tres pasos hacia la mesa de las bebidas, una mano delgada, con uñas perfectamente esculpidas en un tono nude aburrido, me apretó el antebrazo con la fuerza de una víbora.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Alessandra? —el siseo de mi hermana, Bianca, me llegó cargado de un odio que no se molestó en disimular.
Bianca era la "hija perfecta". Delgada hasta la transparencia, rubia por elección del mejor colorista de la ciudad y siempre dispuesta a bajar la cabeza ante nuestro padre. Éramos el día y la noche. Yo tenía curvas, presencia y una lengua que no sabía callarse; ella era una muñeca de porcelana vacía por dentro.
—Soltame, Bianca. Estás haciendo una escena —le respondí, zafándome de su agarre con un movimiento brusco.
—Te vi. Vi cómo lo mirabas. ¡Él es mío! —sus ojos, pequeños y brillantes de rabia, recorrieron mi cuerpo con asco—. Papá ya habló con los Smirnov. Damián es el hombre que me corresponde por contrato, por estatus. ¿De verdad crees que alguien como él se fijaría en alguien como vos? Mirate, Alessandra. Ni siquiera podés entrar en un talle de muestra sin que las costuras sufran.
Me quedé helada un segundo, pero luego una risa seca me salió del pecho. No era una risa de alegría, era puro veneno.
—No sé qué te dijo papá, pero Damián no parece un hombre que acepte "contratos" de muñecas de trapo. Y por cierto, si tanto te preocupa mi talle, quizás es porque tenés miedo de que él prefiera algo que realmente tenga de dónde agarrarse, y no un montón de huesos amargados.
La bofetada me cruzó la cara antes de que pudiera terminar la frase. El sonido del golpe fue seco, silenciando por un instante la música de cámara que sonaba al fondo. Sentí el ardor en la mejilla, pero no bajé la mirada. Al contrario, di un paso hacia ella, cerrando los puños.
—¿Qué está pasando acá? —la voz de mi madre cortó el aire como un cuchillo.
—¡Mamá, ella me insultó! —Bianca rompió a llorar en un segundo, una actuación digna de un Oscar—. Me dijo cosas horribles de mi cuerpo y... y estaba acosando a Damián Smirnov en el balcón. ¡Sabiendo que él es mi prometido!
Mi madre ni siquiera me preguntó mi versión. Se puso frente a Bianca, rodeándola con un brazo protector, y me clavó una mirada cargada de una decepción tan profunda que me quemó más que el golpe de mi hermana.
—Alessandra, ya es suficiente —dijo mi madre con una frialdad que me hizo dar náuseas—. Ya es bastante difícil encontrar un hombre que esté dispuesto a pasar por alto tu... falta de disciplina física y tu actitud rebelde. No voy a permitir que arruines el futuro de tu hermana por tus celos enfermizos.
—¿Mis celos? —mi voz tembló de pura indignación—. Ella me pegó, mamá. Ella empezó con sus comentarios de siempre sobre mi peso y...
—¡Cállate! —mi madre se acercó a mí, bajando el tono para que los invitados no escucharan, pero sus palabras eran dagas—. Mirala a ella. Es elegante, es delicada. Ella es lo que una mujer Valente debe ser. Vos solo sos un recordatorio constante de que no tenés voluntad para nada, ni para cerrar la boca en la mesa ni para respetar a tu familia. Pedile perdón a tu hermana ahora mismo.
Me quedé ahí, en medio del salón de cristal, sintiendo cómo las lágrimas de rabia me nublaban la vista. Mi propia madre me estaba humillando frente a la "perfección" de Bianca, simplemente porque yo no encajaba en su molde de mujer sumisa y esquelética.
—No le voy a pedir perdón por decir la verdad —dije, con la voz firme a pesar del nudo en la garganta—. Y si Damián se fijó en mí, quizás es porque está cansado de comer plástico.
Giré sobre mis talones y caminé hacia la salida, ignorando los gritos ahogados de mi madre. Necesitaba aire, necesitaba irme de esa casa de locos. Pero mientras cruzaba el jardín hacia mi auto, una sombra se despegó de un árbol.
—Vaya bofetada, nena. Casi me dan ganas de entrar a partirle la mano a la rubia —la voz de Damián, divertida y oscura, me detuvo en seco.
Lo miré, con la mejilla roja y los ojos llorosos, y por primera vez en mi vida, no me importó que un extraño me viera rota.
—Vete al diablo, Smirnov. Esto es por tu culpa —le solté, tratando de abrir la puerta de mi coche.
Él puso su mano sobre la mía, impidiendo que abriera la puerta. Su cercanía me mareó. No me miraba con lástima, me miraba con un hambre que me hizo olvidar hasta mi propio nombre.
—No, Alessandra. Esto es porque ellas son sombras y vos sos un incendio. Y las sombras siempre le tienen miedo al fuego.
En ese momento, entre el dolor de la traición de mi madre y el calor de la mano de Damián, supe que estaba perdida. Iba a usar a este monstruo para quemar mi mundo, sin saber que el primero en arder sería mi propio corazón.