"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 17: "La primera sonrisa (y mi primera duda)"
La primera sonrisa del bebé llegó un martes por la tarde, cuando menos lo esperaba.
Llevábamos tres semanas en casa. Tres semanas de pañales, biberones, llantos, noches en vela y una sensación constante de que el tiempo se había detenido para siempre. Yo ya había aceptado que mi vida era aquello: una sucesión de tareas repetitivas que no dejaban espacio para nada más. Y el bebé, ese ser diminuto que había llegado para quedarse, seguía siendo para mí un extraño. Un extraño que dependía de mí para todo, pero un extraño al fin y al cabo.
Esa tarde, Ana estaba en la ducha y yo estaba en el salón con el bebé en brazos. El bebé, que normalmente lloraba o dormía, estaba despierto. Sus ojos, esos dos lagos oscuros que parecían contener el universo entero, me miraban fijamente. No lloraba. No dormía. Solo me miraba.
—¿Qué miras? —le pregunté, como si pudiera responderme.
El bebé parpadeó. Hizo un ruido extraño, una especie de gorgoteo, y luego su carita se transformó.
Sonrió.
No fue una sonrisa de gas, de esas que los libros describen como "reflejos involuntarios". Fue una sonrisa real, una curva en sus labios que iluminó toda su cara. Una sonrisa que parecía decir: "Te reconozco. Estás aquí. Y me gusta."
Mi corazón dio un vuelco. Literalmente. Sentí un tirón en el pecho, una sensación que no había experimentado nunca, ni siquiera en los momentos más felices de mi vida anterior.
—Ana —grité, con la voz rota—. Ana, ven rápido.
Ana salió de la ducha con una toalla envuelta y el pelo goteando.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—Ha sonreído. —Señalé al bebé, que seguía en mis brazos—. Me ha sonreído.
—¿De verdad?
—De verdad. Una sonrisa. No de gas. Una sonrisa de verdad.
Ana se acercó y miró al bebé. Pero él, como si supiera que estaba siendo observado, volvió a su expresión seria, su cara de "yo solo existo y no entiendo nada".
—No sonríe —dijo Ana.
—Antes sí. Te lo juro.
—Quizás era gas.
—No era gas.
—Pablo, los bebés no sonríen con intención hasta las seis u ocho semanas. Solo tienen tres semanas.
—Yo sé lo que he visto. Era una sonrisa. Me miraba y sonreía.
Ana me miró con una expresión que era mitad incredulidad y mitad ternura.
—Vale —dijo, sonriendo—. Te creo. Te ha sonreído.
—No me estás creyendo.
—Te estoy creyendo. —Se sentó a mi lado—. Y aunque fuera gas, es bonito pensar que te ha sonreído.
Me quedé callado. Tenía razón. Quizás era gas. Quizás era un reflejo. Quizás mi mente, necesitada de señales, había interpretado un gesto involuntario como una sonrisa. Pero en ese momento, en el preciso instante en que sus labios se curvaron, sentí que algo cambiaba.
No era amor. Aún no. Pero era una conexión. Un hilo invisible que se tejía entre nosotros.
Esa noche, cuando el bebé se durmió y Ana estaba leyendo en la cama, me senté en el salón y abrí el bloc de notas. Llevaba días sin escribir, porque las palabras se me escapaban como agua entre los dedos. Pero aquella noche, las palabras volvieron:
"Hoy me ha sonreído. O eso creo. Quizás era gas. Quizás mi imaginación. Pero en ese momento, sentí que me reconocía. Que sabía que soy yo. Que estoy aquí. Y que eso le importa."
Luego debajo:
"No sé si es amor. No sé si algún día lo será. Pero hoy, por primera vez, he sentido que esto no es solo una obligación. Es un encuentro. Y quizás, en ese encuentro, está la clave de todo."
Cerré el bloc y fui a la habitación beige. El bebé dormía en su cuna, con los puños cerrados y la boca entreabierta. Me asomé a la cuna y lo miré. Dormía plácido, ajeno a la revolución que había causado en mi interior.
—Gracias —le dije, en voz baja—. Por sonreírme. Aunque fuera gas.
El bebé no respondió. Pero en su sueño, sus labios se curvaron ligeramente. Una sonrisa. Otra vez. Y esta vez, no había duda. Era una sonrisa.
No me desmayé. No lloré. No hice nada de lo que se supone que hace un padre en una escena de película. Solo me quedé allí, mirándolo, sintiendo que el hilo entre nosotros se hacía un poco más fuerte.
Esa fue mi primera sonrisa. Y también mi primera duda.
Porque en ese momento, mientras el bebé sonreía en sueños, me pregunté: ¿Y si nunca aprendo a quererlo como se merece? ¿Y si esta sonrisa es lo único que recibe de mí? ¿Y si no soy capaz de darle más?
Pero entonces, el bebé abrió los ojos. Me miró. Y volvió a sonreír.
Y en esa sonrisa, encontré la respuesta que no sabía que necesitaba.
No importaba si no sabía amar. No importaba si no estaba adaptado. No importaba si todo era un caos. Lo que importaba era que estaba allí. Y que, aunque fuera con torpeza, con dudas, con miedo, estaba aprendiendo a estar.
La primera sonrisa no fue un final. Fue un comienzo. El comienzo de algo que no sabía cómo llamar, pero que empezaba a sentir.
Y eso, para un hombre que no sentía nada, era un milagro.