Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
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Capítulo 10: Materiales para lo único
A la mañana siguiente, Yoselin llegó temprano a la empresa con los bocetos definitivos bien guardados en su carpeta. Recordó lo que había dicho Alejandro al despedirse: que una reunión no cambiaba todo lo que pensaba, que todavía esperaba ver si su trabajo resistía más allá de las ideas. Y la mejor forma de demostrarlo era convertir esos trazos en algo real, algo que se pudiera tocar, sentir y ver. Así que sin perder tiempo, se dirigió primero al lugar que conocía mejor que nadie: la tienda de telas donde había comprado materiales desde que empezó a diseñar.
El dueño la recibió con una sonrisa; sabía que cuando ella llegaba, no buscaba lo más caro, sino lo que tenía alma. Caminó entre los estantes, pasando la mano suavemente sobre cada muestra. Había imaginado un tejido que pareciera liso a primera vista pero que revelara un brillo sutil al moverse, tal como se lo había descrito a la señora Elizondo. Probó sedas demasiado brillantes, linos demasiado rígidos, hasta que sus dedos rozaron una tela de mezcla de algodón y seda, de tono gris profundo con matices azulados. Al moverla, la luz recorría su superficie como si fuera agua. Era exactamente lo que necesitaba. Pidió varios metros, segura de que esa era la base perfecta.
Después fue al taller de un viejo conocido, un especialista en piedras que siempre le guardaba las piezas menos comunes.
—Busco ese tono azul grisáceo del que hablamos —le dijo al entrar—. El que cambia según la luz, que no es demasiado llamativo pero no pasa desapercibido.
El hombre le mostró varias opciones, y Yoselin las sostuvo una por una contra la luz de la ventana. Eligió las que coincidían perfectamente con la idea del collar y los aretes: ni muy oscuras, ni muy claras, con esa profundidad que parecía guardar historias dentro. También escogió pequeñas piedras complementarias para los detalles del vestido, y se fue con el paquete bien apretado contra el pecho: ya tenía todo lo necesario para dar vida al diseño.
Regresó a la empresa y de inmediato envió un mensaje a la señora Elizondo, proponiéndole encontrarse en su despacho para tomarle las medidas y mostrarle los materiales. La clienta aceptó enseguida, y media hora después estaba allí.
Yoselin extendió la tela sobre la mesa y colocó las piedras junto a ella.
—Esto es lo que pensé —explicó con calma—. La tela tiene el peso suficiente para caer con elegancia, pero es suave, como si no llevara nada puesto. Y estas piedras son exactamente del tono que imaginé: no competirán contigo, te acompañarán.
La señora Elizondo pasó la mano por la tela, luego tomó una piedra y la miró detenidamente. Una sonrisa sincera apareció en su rostro.
—Es perfecto —dijo—. Es justo lo que pedí: algo que no grite que es lujo, sino que sepa que lo es.
Yoselin tomó entonces la cinta métrica y comenzó a tomarle todas las medidas con precisión: el contorno del busto, la cintura, la caída de los hombros, la altura de la falda. Mientras lo hacía, le preguntó detalles que nadie más le había consultado: si solía llevar los brazos al hablar, si prefería que la prenda le permitiera moverse con libertad, si había alguna parte de su cuerpo que quisiera resaltar o disimular. Cada respuesta la anotó al margen de sus bocetos, asegurándose de que nada quedara al azar.
Al terminar, la clienta la miró con respeto.
—Veo que no solo dibujas —dijo—. Entiendes para quién estás haciendo esto.
Cuando se fue, Yoselin guardó todo con cuidado. Sabía que cada paso que daba era una respuesta a la duda de Alejandro: no se trataba solo de tener buenas ideas, sino de saber elegir lo mejor, escuchar de verdad y cuidar cada detalle como si fuera el único que importara. Ya tenía la tela, ya tenía las piedras, ya sabía exactamente cómo debía quedar. Ahora solo faltaba convertirlo en realidad, y demostrarle que lo que él veía como una apuesta arriesgada era en realidad algo construido con toda la seguridad del mundo.