Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Viejos tiempos
U-jin sostuvo la mirada de Jeong durante un segundo eterno, sintiendo cómo el ritmo de sus propios latidos se aceleraba en medio del silencio del local. La cercanía, el aroma del café y la gravedad en la voz de la repostera creaban una atmósfera tan densa que el aire parecía pesar.
Con la gracia y la seguridad que la caracterizaban, U-jin apoyó los codos sobre la barra, acortando la brecha entre las dos con una sonrisa desafiante y refinada.
—Si de verdad quieres que haga una pausa y me olvide del trabajo por una noche... la cafetería no es el lugar adecuado, chef —dijo U-jin en un tono suave, dejando ver una chispa de picardía en sus ojos—. Además, las dos estamos demasiado serias aquí dentro.
Jeong arqueó una ceja, genuinamente intrigada por la soltura de la abogada.
—¿Tienes alguna sugerencia en mente, abogada?
—¿Recuerdas el pequeño bar subterráneo cerca de la antigua estación de trenes? —preguntó U-jin, inclinando levemente la cabeza—. Aquel lugar de luces rojas al que nos escapábamos los viernes por la noche cuando se se suponía que estábamos estudiando en la biblioteca.
Jeong soltó una risa baja y profunda que resonó en el pecho de U-jin. Recordaba perfectamente el lugar: un rincón escondido de música suave y luces tenues donde dos adolescentes jugaban a ser adultas pidiendo bebidas dulces sin que nadie las descubriera.
—¿El Refugio? —dijo Jeong, sacando las llaves de su bolsillo y girándolas entre los dedos con soltura—. Sigue abierto. Cambió de dueño hace un par de años, pero la vibra sigue siendo la misma. ¿Estás segura de que quieres ir vestida así de elegante a un lugar como ese?
—Tú misma dijiste que querías que me relajara —respondió U-jin mientras se ponía de pie y se ajustaba el abrigo de tono vino—. Vamos. Yo invito la primera ronda.
Quince minutos después, las puertas de madera gruesa de El Refugio se cerraban tras ellas, dejándolas en un ambiente cálido e íntimo, impregnado de música suave y la luz tenue de los letreros de neón. El contraste entre ambas volvió a captar miradas discretas al entrar: U-jin lucía sofisticada y delicada, mientras que Jeong caminaba a su lado proyectando una presencia imponente, segura y fuertemente masculinizada que parecía proteger el espacio alrededor de su acompañante.
Se acomodaron en un reservado del fondo, en un sillón de piel desgastada que traía de vuelta un torrente de recuerdos.
—No ha cambiado nada —murmuró U-jin, mirando a su alrededor antes de fijar sus ojos en Jeong—. Salvo nosotras, claro.
—Nosotras cambiamos para bien —respondió Jeong, apoyando los brazos sobre la mesa y mirándola fijamente a los ojos—. Y debo decir que este lugar se ve mucho mejor contigo en él que hace seis años.