Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 15
...
Izan sintió que el mundo acababa de cambiar a su alrededor. Hasta ese momento había creído que Lara era una empleada de la hacienda vecina, alguien ajeno a las disputas que habían marcado su vida familiar. Nunca se le había ocurrido relacionarla con los Dávila.
—Soy Izan Orellana.
Por un instante, Ramiro pareció no entender lo que acababa de escuchar. Después su rostro se contrajo de rabia.
—¿Izan Orellana? —repitió, mirando a Sael—. ¡¿Este desgraciado es tu hijo?!
Sael también se había quedado sorprendido. Su mirada pasó de Ramiro a Izan, y de Izan nuevamente al hombre que tenía delante.
—¿Me estás diciendo que mi hijo ha hecho algo contra tu hija?
—¡Tu hijo encontró a Lara bañándose en el arroyo, la observó desnuda y después la besó sin su consentimiento! ¡Y ahora todo el pueblo habla de lo ocurrido!
La sorpresa de Sael se transformó en indignación. No porque creyera que Ramiro tenía derecho a amenazar a su hijo, sino porque la acusación confirmaba que Izan había actuado de una manera que él no estaba dispuesto a tolerar.
—¡Izan! —exclamó—. ¿Es cierto, la viste desnuda?
Izan apretó la mandíbula.
—Sí. La encontré en el arroyo y me quedé mirándola.
Ramiro levantó la escopeta y lo apuntó.
—¡Así que lo admites!
Adriel se movió de inmediato, colocándose cerca de Izan, mientras Sael avanzaba hacia Ramiro.
—¡Baja esa arma! —ordenó el patriarca Orellana—. Puedes estar enfadado, pero no permitiré que amenaces a mi hijo en mi propia casa.
—¡Tu hijo debería haber pensado en las consecuencias antes de ponerle las manos encima a mi hija!
—¡Y tú deberías pensar antes de entrar armado en una propiedad ajena!
—¡No me hables de propiedad! ¡Bastante tenemos ya con tus pretensiones sobre el arroyo!
—¡No mezcles las cosas! —replicó Sael—. La disputa por el agua no te da derecho a venir aquí a amenazar a mi familia.
—¡Todo está relacionado cuando tu familia vuelve a demostrar que cree estar por encima de los demás!
Izan apenas escuchaba la discusión. Una sola idea se repetía en su mente.
Lara era una Dávila.
La mujer que lo había cautivado desde el primer encuentro pertenecía a la familia con la que los Orellana llevaban generaciones enfrentados. La hija de Ramiro Dávila era precisamente la mujer que él había deseado volver a encontrar, sin imaginar que su apellido convertiría aquel interés en un conflicto entre dos familias enemistadas.
Sintió una mezcla de incredulidad y frustración. No sabía si debía sorprenderse más por aquella coincidencia o por su propia imprudencia. Había pasado horas pensando en cómo volver a verla, convencido de que encontrarla sería el primer paso para disculparse y conocerla. Ahora la tenía delante de su mente como la hija de su enemigo.
—Señor Dávila —dijo Izan, apartando por fin la mirada de su padre—, tiene motivos para estar enfadado conmigo. Lo que hice estuvo mal. No tengo ninguna excusa y le pido disculpas.
—¡Guárdate tus disculpas! —rugió Ramiro—. ¡No quiero escucharte!
—No espero que me disculpe. Solo reconozco que me equivoqué.
—¡Pues tu error podría costarte mucho más de lo que imaginas!
Leticia apareció en la entrada de la casa, alarmada por los gritos. Al ver a Ramiro apuntando a su hijo, se llevó una mano al pecho.
—¡Dios mío! ¿Qué está pasando?
—¡Tu hijo ha faltado al respeto a mi hija! —respondió Ramiro sin apartar la escopeta de Izan—. ¡La encontró bañándose en el arroyo y después la besó delante de todo el pueblo!
Leticia miró a Izan, decepcionada.
—¿Es verdad?
—Sí, mamá.
—Te enseñé a respetar a las mujeres —dijo ella, con la voz tensa—. Si estabas interesado en esa muchacha, debiste acercarte a ella de otra manera. No tenías ningún derecho a verla en el arroyo.
—Lo sé. Fue un error.
Un nuevo caballo apareció por el camino.
—¡Papá, no!
Lara llegó montada en Canela. Desmontó apresuradamente y corrió hacia el grupo.
Su mirada se dirigió primero a la escopeta y después al hombre al que su padre estaba apuntando.
Izan.
El corazón le dio un vuelco.
Por un instante, no comprendió por qué se encontraba allí ni qué relación tenía con aquella hacienda. Entonces vio a Sael Orellana junto a él y reconoció el lugar en el que estaba.
Lara se quedó inmóvil.
—No puede ser… —susurró.
Izan la miró y, al verla, toda duda desapareció de su mente. Era ella.
Lara Dávila.
La sorpresa de Lara no tardó en transformarse en indignación. Había descubierto que el hombre que la había observado mientras se bañaba y la había besado sin permiso no solo era un desconocido arrogante, sino el hijo de Sael Orellana.
—¿Tú eres un Orellana? —preguntó, mirando a Izan con incredulidad.
Él no apartó los ojos de ella.
—Sí. Soy Izan Orellana.
Lara sintió como si le hubieran arrojado un balde de agua fría. No podía creer que aquel hombre fuera precisamente un miembro de la familia que tanto daño había causado a la relación entre los suyos.
—¡Papá, vámonos! —dijo, volviéndose hacia Ramiro—. ¿Qué estás haciendo? ¡Baja esa arma!
Ramiro no se movió.
—Apártate, Lara. Este hombre tiene que responder por lo que te hizo.
—¡Ya te dije que puedo defenderme sola!
—¡No voy a permitir que ese desgraciado se salga con la suya!
—¡No quiero que le hagas daño! ¡No quiero que termines arruinando tu vida por esto!
Ramiro la miró, sorprendido por la desesperación de su hija. No esperaba que se interpusiera entre él y el hombre al que había ido a buscar.
—¿Por qué lo proteges?
—¡No lo estoy protegiendo! ¡Estoy intentando evitar que cometas una barbaridad!
Lara se colocó delante de Izan, sin tocarlo ni mirarlo. No lo hacía porque sintiera afecto por él, sino porque no estaba dispuesta a presenciar una tragedia.
Izan observó su espalda en silencio. La mujer que tenía delante no había acudido a salvarlo por él. Estaba allí porque no quería que su padre destruyera su propia vida en un arrebato de ira.
Y esa diferencia le resultó dolorosamente clara.
—Lara, apártate —insistió Ramiro—. No tienes por qué ponerte delante de ese hombre.
—¡No voy a moverme mientras sigas apuntándolo con esa escopeta!
—¡Te ha faltado al respeto!
—¡Y yo ya me encargué de hacérselo saber! ¡No necesito que vengas a amenazarlo con un arma!
Izan bajó la mirada. No podía negar que Lara tenía razón. Él había sido quien cruzó los límites, y ahora su imprudencia estaba poniendo en peligro a dos familias que ya tenían suficientes motivos para enfrentarse.
—Señor Dávila —dijo con cautela—, no voy a acercarme a su hija, a menos que ella quiera. Reconozco que me equivoqué y no espero que me perdone.
—¡Cállate! —rugió Ramiro—. ¡No quiero escuchar una palabra más de ti!
Sael avanzó otro paso.
—Ramiro, baja esa arma. Tu hija tiene razón. Esto no se va a resolver con una amenaza.
—¡No necesito que me digas cómo debo tratar a mi familia!
—¡Y yo no necesito que vengas a mi hacienda a poner en peligro a la mía!
Ambos hombres volvieron a mirarse con el odio acumulado durante años. Bastó aquella breve pausa para que Lara comprendiera que, si no actuaba, la discusión acabaría convirtiéndose en otra batalla entre los Dávila y los Orellana.
—¡Basta! —exclamó—. ¡No voy a permitir que conviertan lo que ocurrió en otra guerra por el arroyo!