Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 3
Capítulo 3. El que tiene que irse eres tú
De vuelta en el auto, Sofía no podía dejar de pensar en la máscara. Sin embargo, faltaba poco para su cita con los Montenegro. Dejó las preguntas para después y llegó a la hora acordada.
Para su sorpresa, Diego y Valeria estaban allí.
Las sonrisas de ambos desaparecieron en cuanto la vieron. Diego se acercó, furioso.
—Sofía, ¿qué haces aquí?
Antes de que ella respondiera, el mayordomo intervino.
—La señorita es Brisa, la especialista a la que el señor Montenegro invitó para atender a su abuelo.
Valeria no pudo contenerse.
—¡Qué descaro! ¿Ahora vienes a estafar a los Montenegro? Vienes de un pueblito de la sierra y quieres que creamos que eres Brisa. Cuando Alejandro vuelva y se entere de tus mentiras, te vas a arrepentir.
Diego tampoco disimuló su hostilidad.
—Lo nuestro se acabó, Sofía. Por mucho que insistas, no vamos a volver. El proyecto con los Montenegro ya no tiene nada que ver contigo. Vete.
Sofía puso los ojos en blanco y se sentó en un sofá. No tenía ganas de discutir con ellos.
—¿Por qué no entiendes? —insistió Valeria. De pronto, entrecerró los ojos—. Espera… ¿Viniste a arruinar el proyecto porque Diego te dejó?
Se volvió hacia él, como si acabara de descubrirlo todo.
—Te mantuvo durante tres años. Vivías de él. Por mucho que te duela la separación, ¿cómo puedes hacerle esto? Con razón Alejandro dejó de responder. ¿Qué le dijiste de Diego?
Él agarró a Sofía de la muñeca.
—¡Contesta! ¿Qué le dijiste al señor Montenegro?
Sofía se soltó y se puso de pie.
—No tengo nada que hablar contigo. Si no te vas, te aseguro que puedes olvidarte de ese proyecto.
Diego no esperaba que ella le respondiera así. Volvió a sujetarla y empezó a arrastrarla hacia la salida.
—Si no quieres irte por las buenas, te saco yo.
—¡Suéltame!
Sofía intentó liberarse. Los dedos de Diego se cerraron sobre el mismo punto y le arrancaron un gesto de dolor. Ella tuvo que dar otro paso para no perder el equilibrio.
Él seguía avanzando, demasiado furioso para escucharla. Cuanto más intentaba apartar la muñeca, más fuerte la sujetaba. En aquella posición no conseguía vencer el tirón y cada paso la acercaba a la puerta.
Estaban a punto de llegar a la puerta cuando una figura alta apareció en la entrada.
—Señor Ferrer, ¿qué está haciendo?
La voz grave bastó para detenerlo.
Diego soltó a Sofía de inmediato y bajó la cabeza.
—Señor Montenegro.
Alejandro se quedó un instante bajo la luz de la entrada. No necesitaba levantar la voz para hacerse obedecer.
Era quien dirigía a los Montenegro, una familia que llevaba casi un siglo en la cima de los negocios. Los Ferrer tenían dinero y prestigio, pero su poder no se acercaba al de ellos.
Ante Alejandro, hasta Diego debía medir cada palabra.
Alejandro lo ignoró. Sofía se frotaba la muñeca; la piel empezaba a enrojecer. Él bajó la vista hacia esa mano antes de mirarla a la cara.
—¿Te lastimó la muñeca?
Diego se apresuró a responder por ella.
—Disculpe el espectáculo. Es mi ex. Hemos tenido algunos problemas y me siguió hasta aquí. Ya me la llevo.
Le lanzó a Sofía una mirada amenazante para que saliera.
Todavía esperaba que ella lo obedeciera. Acababa de cambiar la acusación por una explicación cortés, como si el problema fuera una discusión entre esposos y no que hubiera intentado sacar a la fuerza a la invitada de otra familia.
Alejandro se interpuso.
—Se equivoca, señor Ferrer. La señorita Serrano es mi invitada. El que tiene que irse es usted.
Diego abrió la boca, pero esta vez no salió ninguna orden. Miró a Sofía y luego a Alejandro. El mayordomo ya esperaba a su lado para acompañarlo a la salida.