Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 20
Capítulo 20. Ahora todos querían quedar bien
Las palabras de Patricia devolvieron a los demás a la realidad.
Por un momento, la seguridad de Camila los había hecho pensar que de verdad podía dar órdenes en Grupo Montenegro.
Pero era imposible.
—¡Ya deja el teatro! Mira a Mariana, es tan confiada que te está creyendo.
—¿Tanto te cuesta pedir perdón? No naciste princesa, pero vaya que te gusta comportarte como una.
Ya nadie intentaba guardar las formas. Le hablaban con un desprecio cada vez más abierto.
Patricia tenía razón: solo alguien al que le iba mal necesitaba presumir tanto. Nunca habían imaginado que Camila fuera tan vanidosa.
Entonces sonó el celular de Mariana.
Las burlas se cortaron de golpe.
—¿Es... Grupo Montenegro?
Todos se acercaron. Mariana contestó con la mano temblorosa.
—¿Hola?
Una voz masculina, serena y profesional, llegó desde el otro lado.
—Buenas noches. ¿Hablo con la señora Mariana Torres, de Horizonte Tecnológico? Le llamo del área de Proyectos de Grupo Montenegro. Nos informaron que está interesada en nuestro proyecto de energías renovables. ¿Podría venir mañana por la mañana a la torre del grupo, al edificio D, para conversar?
—¡Sí! ¡Por supuesto que puedo! ¡Muchas gracias!
Mariana apenas conseguía hablar. Miraba a Camila con los ojos muy abiertos.
Cuando terminó la llamada, le parecía que el suelo no estaba del todo bajo sus pies.
El salón se había quedado en silencio.
Patricia reaccionó unos segundos después. Se acercó y le arrebató el teléfono.
—¿También te hiciste actriz? ¡¿Cómo va a llamarte alguien de los Montenegro?!
—Es su número. El oficial. Puedes comprobarlo...
Alguien lo hizo.
El número aparecía en la página de la empresa.
Todos miraron a Camila al mismo tiempo.
¿Y si era verdad?
¿Y si estaban delante de la heredera?
Los que más la habían insultado empezaron a palidecer. A varios les temblaron las piernas.
¿Habían ofendido a una mujer con poder de verdad por quedar bien con Patricia?
Ella comparó los números uno por uno. Se le marcaron las venas del cuello.
—Es mentira. No puede ser... Tú no puedes conocerlos. ¿Qué hiciste, Camila? ¿Cómo conseguiste esto?
Uno de los presentes se apresuró a intervenir.
—¿Ahora dices que falsificó la llamada? ¿Crees que cualquiera puede hacerse pasar por Grupo Montenegro?
Su intención era clara: alejarse de Patricia cuanto antes.
Los que todavía estaban cerca de ella empezaron a apartarse.
El celular de Mariana volvió a sonar, esta vez por un mensaje.
«Grupo Montenegro: Estimada señora Torres, la esperamos mañana a las 10:00 en la sala de juntas del tercer piso del edificio D para conversar sobre su propuesta. Agradecemos su interés».
Debajo estaban la dirección completa y el teléfono de atención de la empresa.
No podía ser más formal.
Un golpe sordo interrumpió el silencio.
Uno de los hombres acababa de caer de rodillas al suelo. Había sido de los que más insistieron en obligar a Camila a disculparse.
Los demás bajaron la cabeza, con el rostro ceniciento. Habrían dado cualquier cosa por no haber ido a aquella reunión.
Camila avanzó unos pasos.
Le abrieron camino enseguida.
Ya no quedaba nada de aquella cordialidad fingida. Ahora la miraban con adulación y miedo.
Solo el organizador se atrevió a preguntar. Creía que no la había ofendido tanto como los otros.
—Camila, ¿qué relación tienes con la empresa? ¿Eres de verdad la hija de Alejandro Montenegro?
Los demás aprovecharon la pregunta para acercarse.
—Cami, seas quien seas, yo nunca pensé que te fuera mal. Siempre te admiré en la universidad.
—¡Una heredera perdida entre nosotros! Parece que nos tocó la lotería.
—¿Cómo pudiste guardarte algo tan importante? Tenías que habérnoslo contado.
—Lo de antes eran bromas. No lo tomes a mal. Nosotros ni siquiera somos cercanos a Patricia. Solo queríamos que no se armara una pelea.
El salón volvió a llenarse de voces.
Esta vez todos intentaban rodear a Camila. Hasta Mariana quedó desplazada.
Patricia estaba sola a un lado.
Nadie le respondía. Uno incluso la apartó de un empujón, como si así pudiera ganarse el favor de Camila.
—No tienes vergüenza. Tú arruinaste la reunión. ¡Tanto hablar de tu amiga la heredera y ni siquiera la reconoces delante de ti!
—¡Ella no es la heredera!
Patricia seguía exigiendo pruebas.
—Que yo lo sea o no, ya no importa.
Camila habló y las voces se apagaron.
Se acercó a Patricia y levantó una mano.
La otra se cubrió el rostro al instante, creyendo que iba a pegarle.
Camila solo tomó su viejo bolso del sofá que había detrás.
—El círculo en el que tanto quieres entrar no me parece tan importante. Para mí valían más los años en que nos tratábamos de igual a igual y trabajábamos por salir adelante.
Se volvió hacia el resto.
Su expresión era serena. La forma en que los miraba no dejaba lugar a la menor familiaridad.
—El dinero, el apellido y la posición no sirven para decidir quién vale más. Mucho menos para pisotear la dignidad de alguien.
Nadie se movió.
—Si una llamada de Grupo Montenegro basta para que pasen del desprecio a la adulación, nunca respetaron a las personas. Respetan la etiqueta de precio que les ponen encima.
Camila los miró uno por uno.
—Comportarse así los rebaja a ustedes. Y ensucia lo que alguna vez significó haber sido compañeros.
Volvió a mirar a Patricia.
—Recuerda lo que prometiste. Espero que cumplas por tu cuenta. Si no, encontraré a alguien que te ayude a hacerlo.
Patricia se quedó muda.
Todavía quería resistirse, pero aquella seguridad, aquel poder que acababa de descubrir en Camila, le dieron miedo de verdad.
Los demás estaban rojos de vergüenza. Ya no se atrevieron a intentar acercarse otra vez.
Camila fue hacia Mariana y le tocó el hombro.
—Es tarde. Me voy. Suerte mañana.
—Cami...
Su amiga no supo qué añadir.
Se arrepentía de haberla invitado. Camila la había ayudado y, aun así, ahora que conocía la distancia entre sus posiciones, tampoco sabía cómo volver a tratarla igual que antes.
Camila salió del salón.
El gerente del bar fue a recibirla enseguida.
Su llamada a Grupo Montenegro había hecho que un asistente acudiera a buscarla. La noticia de que la heredera estaba en el local llegó a los directivos.
El dueño habría ido personalmente de no encontrarse fuera de la ciudad. Tuvo que conformarse con enviar al gerente.
—Señorita Rivas, el dueño lamenta no haber podido recibirla en persona. Queremos ofrecerle unos obsequios de cortesía. También preparamos nuestras tarjetas especiales para usted y sus amigos.
Las tarjetas daban acceso preferente a los salones privados y permitían consumir sin pagar, sin fecha de vencimiento.
Camila miró los sobres elegantes que el hombre sostenía.
Frunció el ceño.
—No son mis amigos. Las tarjetas no hacen falta. Esta noche alguien invitó. Si le rebajan la cuenta, podrían herir su orgullo...
Recordó las caras de quienes habían intentado pisotearla para halagar a Patricia.
Por una vez, no le molestaba ser un poco maliciosa.
No necesitó terminar la frase.
—Entiendo, señorita. No se preocupe.
Camila asintió y se marchó sin volver la cabeza.
El auto la esperaba afuera.
Una vez dentro, llamó a Mariana para pedirle que saliera pronto de la reunión.
Cuando su vehículo se alejó, otro auto de lujo arrancó a cierta distancia.
El hombre que iba dentro miró la hora y llamó a Sebastián.
—La señorita Rivas estuvo en una reunión de antiguos compañeros. No sé qué ocurrió, pero se fue antes que los demás.
—Averigua. Si dejó algún problema, encárgate de que no quede nada pendiente.
Sebastián colgó y se volvió respetuosamente hacia su madre.
—Tenías razón. No sabe comportarse. Con la posición que tiene, todavía sale a ver a esos compañeros. Parece que hasta usó su influencia para meter a alguien en un proyecto. Si no la frenamos, acabará creyendo que Grupo Montenegro le pertenece.
Teresa estaba de pie junto al ventanal, observando su reflejo sobre las luces de la ciudad.
Al cabo de un momento soltó una risa desdeñosa.
—Le faltan siglos para poder mandar aquí.
Sebastián sonrió.
—Así es, mamá.
***
Aquella noche, la cuenta del bar obligó a todos los asistentes, salvo Mariana, a desembolsar una cantidad que les dolió de verdad.
Patricia se convirtió en el blanco de los reproches.
A la una de la mañana publicó un video de disculpa.
Tenía los ojos hinchados y rojos. Mantuvo la cabeza baja durante toda la grabación. La voz le salía ronca.
Reconoció que llevaba años envidiando a Camila, le pidió perdón y prometió cambiar de vida y marcharse de Puerto Claro.
En pocos minutos, el video llenó los grupos de antiguos alumnos y empezó a circular de uno a otro.
Patricia salió de todos los grupos de la universidad y borró a sus compañeros de sus contactos.
Las preguntas no tardaron.
¿Qué había pasado?
¿Por qué se disculpaba de aquella manera?
Ninguno de los presentes quiso contar nada. Parecían haberse puesto de acuerdo.
Solo se sabía que varios egresados de Finanzas se habían reunido y que, por el video, Camila y Patricia debían de haber tenido un conflicto.
La noticia siguió extendiéndose.
Beatriz estaba despierta, revisando documentos de los proyectos de Daniel, cuando vio los mensajes.
Le interesaron de inmediato.
Le tendió el teléfono a Daniel, que estaba acompañándola.
—Camila fue a una reunión de antiguos compañeros esta noche.