Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
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CAPITULO 8: EL VESTIDO DE NOVIA
Anastasia no había dormido con Damián. Había dormido _al lado_ de Damián, que no es lo mismo.
Toda la noche se mantuvo pegada al borde de la cama enorme, con el vestido blanco del hospital todavía puesto, arrugado, sin moverse, escuchando la respiración del hombre que la tenía secuestrada. Él no la tocó. Cumplió su palabra. Se quedó de su lado, mirando el techo, con las manos detrás de la cabeza, dejando ver el tatuaje del lobo que le subía por el pecho hasta el cuello.
A las seis de la mañana, ella seguía despierta. Él también.
—Dormiste —mintió él.
—No.
—Yo tampoco. No puedo dormir cuando estás tan lejos en mi propia cama. Es como si no estuvieras.
Anastasia se sentó. Tenía el pelo revuelto. Ojeras. El vestido blanco ya no parecía de novia. Parecía de una niña perdida.
—Me dijiste que mi castigo era no ver a mi madre por una semana. ¿Cuándo empieza?
—Ya empezó. Ayer a las cuatro de la tarde, cuando te saqué del hospital cargada. Te quedan seis días, veintidós horas.
—Eres un...
—Monstruo. Sí. Ya me lo dijiste. Soy tu monstruo. —Se levantó de la cama. Solo llevaba pantalón de pijama negro. Sin camisa. El lobo en su espalda se veía completo. Un lobo negro, grande, con los ojos rojos—. Pero hoy no soy monstruo. Hoy soy tu prometido. Hoy te vas a probar el vestido de novia.
Anastasia se congeló.
—No. No quiero.
—No me importa si quieres. Vonn ya citó a la modista. A las nueve en la sala. Y si no bajas con sonrisa de prometida feliz, tu castigo se extiende a dos semanas sin ver a tu madre. Y Luna pierde las manos de verdad esta vez.
Otra vez Luna. Siempre Luna.
—Baja en una hora. Báñate. Te dejé ropa en el closet. No la que usabas antes. Ropa mía. Una camisa mía. Quiero verte con mi olor.
Anastasia se metió al baño. El baño de Damián. Todo negro, con espejos enormes. Se miró. Parecía enferma. Se quitó el vestido blanco del hospital y lo tiró al suelo. Se puso debajo de la ducha con agua hirviendo, como si pudiera quitarse el olor a hospital y a secuestro.
Cuando salió, sobre la cama había una camisa blanca de hombre. De Damián. Grande. Olía a él. A madera y a perfume caro. Y un short negro.
Se la puso. Le quedaba enorme, le llegaba a mitad del muslo. Parecía una niña usando ropa de su papá. Pero olía a él. Y por alguna razón estúpida, se sintió un poco más segura que con el vestido de novia.
Bajó a las nueve en punto. La sala de la mansión ya no parecía sala. Parecía una tienda de novias.
Había tres mujeres con cintas métricas, telas blancas por todos lados, maniquíes, y en el centro, colgado, un vestido. No era un vestido. Era _el_ vestido.
Blanco, con encaje, con cola larga, con brillo. El vestido más caro que Anastasia había visto en su vida. Más caro que la operación de su madre. Más caro que su casa entera.
Rafael Vonn estaba ahí, con su traje gris y su café, sonriendo como un abogado que acaba de ganar un juicio.
—Buenos días, señora Grey. Justo a tiempo.
—Todavía no soy señora Grey —dijo ella, agarrándose la camisa de Damián como si fuera un escudo.
—Casi —dijo Vonn—. En tres semanas, lo serás legalmente. Pero hoy ya lo eres en vestido.
Damián estaba sentado en el sofá, con Killian al lado. Llevaba traje negro otra vez, impecable. Cuando vio a Anastasia con su camisa, se le cortó la respiración. Se le notó. Killian se rió por lo bajo.
—Jefe, creo que se te olvidó cómo respirar.
—Cállate, Killian —dijo Damián, sin quitarle los ojos a Anastasia.
Ella bajó el último escalón. Las tres modistas la miraron como si fuera una muñeca que vestir.
—Señorita Sterling, soy Madame Dubois, la modista de los Grey desde hace treinta años —dijo una señora mayor con acento francés—. Su prometido nos dijo que le gusta _Cumbres Borrascosas_, así que nos inspiramos en eso. Un vestido salvaje, pero elegante. Como usted.
Anastasia no quería probárselo. Pero pensó en su madre. Seis días sin verla. Pensó en Luna y sus manos.
—Está bien —dijo.
Las modistas la metieron detrás de un biombo. Le quitaron la camisa de Damián. Ella se quedó en ropa interior, temblando, mientras tres mujeres le ponían el vestido más pesado y más hermoso del mundo.
Cuando salió detrás del biombo, todo el mundo se calló.
El vestido le quedaba perfecto. Como si lo hubieran hecho con su cuerpo. La cintura marcada, el escote en corazón, la cola larga que arrastraba por el mármol negro. Parecía una novia de verdad. Una princesa.
—Dios mío —susurró Madame Dubois—. Es usted la novia más hermosa que he vestido para un Grey.
Killian silbó.
—Jefe, si no te casas con ella, me caso yo.
Damián no dijo nada. Se levantó del sofá. Caminó hacia ella. Lento. Como si fuera una ceremonia.
Se paró frente a ella. Le agarró las manos.
—Mírate —le dijo, en voz baja, solo para ella—. Mírate en el espejo.
Anastasia se miró en el espejo enorme de la sala. Se vio a sí misma con vestido de novia. Y al lado, a Damián de traje negro, agarrándole las manos. Parecían una pareja de revista. Una pareja feliz.
—Pareces mi esposa —dijo Damián.
—No lo soy —susurró ella, con lágrimas.
—No. Todavía no. Pero ya te ves como si fueras mía. Y eso me gusta más que cualquier castigo.
Le levantó la barbilla y le dio un beso en la frente, delante de todos. Las modistas suspiraron. Vonn sonrió. Killian puso cara de asco.
—Perfecto —dijo Madame Dubois—. Solo hay que ajustarle un poco la cintura. En tres semanas, estará lista para el altar.
Tres semanas. Anastasia sintió que se desmayaba.
En ese momento, sonó el timbre de la mansión. Un timbre fuerte, insistente.
Todos se giraron.
Killian fue a abrir. Volvió pálido.
—Jefe... es la policía.
Dos policías uniformados entraron a la sala. Detrás de ellos, Luna Vargas, con el pelo de colores, con el celular roto en la mano, y Sofía Reyes, llorando.
—Ella es —dijo Luna, señalando a Anastasia con el vestido de novia—. Ella es mi amiga. Anastasia Sterling. Está secuestrada aquí. Ese hombre, Damián Grey, la tiene encerrada. Miren, tengo fotos. La obligó a firmar. Le rompió el vidrio de mi tienda.
Un policía miró a Anastasia. Con el vestido de novia. Con Damián agarrándole la mano.
—Señorita, ¿es usted Anastasia Sterling? ¿Está usted aquí contra su voluntad?
Anastasia miró a Luna. Su salvadora. Que había ido a la policía de verdad, aunque Sofía le dijo que no se meten con los Grey.
Miró a Damián. Que le apretó la mano, recordándole la regla número siete: No matas a tu madre con la verdad. Si decía que estaba secuestrada, la policía se llevaría a Damián, pero también investigaría a su madre, al hospital, a la operación pagada con plata sucia. Su madre se moriría del susto.
Y recordó el castigo. Dos semanas sin ver a su madre si no sonreía.
Entonces, con el vestido de novia más caro del mundo puesto, con el collar con la G, con la camisa de Damián todavía tirada detrás del biombo, Anastasia hizo lo que Damián le enseñó.
Sonrió. La mejor actuación de su vida.
—No, oficial. Estoy aquí porque quiero. Es mi prometido. Nos casamos en tres semanas. Luna está confundida. Está celosa.
Luna se quedó helada. Como si le hubieran dado una cachetada.
—¿Qué? Ana, ¿qué estás diciendo? ¡Te mandé el video!
—Ese video era una broma, Luna —dijo Anastasia, con voz firme, muriendo por dentro—. Por favor, váyanse. Están arruinando mi prueba de vestido.
Los policías miraron a Luna como si estuviera loca. Rafael Vonn intervino con su carpeta.
—Oficiales, soy Rafael Vonn, abogado de la familia Grey. Aquí tienen el contrato de compromiso firmado por la señorita ayer, frente a su madre en el hospital. Y la factura del vestido. Todo legal. La señorita Vargas tiene antecedentes de acoso. Ya rompimos un vidrio de su tienda por su culpa, no al revés.
Los policías se fueron, pidiéndole disculpas a Damián. Se llevaron a Luna y Sofía a la fuerza.
Luna, antes de salir, miró a Anastasia con el vestido de novia y le gritó:
—¡No eres una Grey! ¡Eres Sterling! ¡No te olvides!
Cuando la puerta se cerró, Anastasia se desmayó. Con el vestido de novia puesto, sobre el mármol negro.
Damián la agarró antes de que tocara el suelo.
—Madame Dubois, la prueba terminó —dijo, cargándola otra vez en brazos, como en el hospital—. Mi prometida necesita descansar.
Y la subió a su habitación. A su cama. Con el vestido de novia todavía puesto.
*[FIN DEL CAPÍTULO 8