El día que su divorcio quedó firmado, Mireya terminó en el suelo del estacionamiento del juzgado, con las rodillas ensangrentadas, noventa y cinco kilos de humillación y cuatro dólares en la cartera. Su exmarido la llamó «gorda». Su exsuegra y su excuñada, «cerda». Nadie se detuvo a ayudarla.
Esa misma tarde, un anuncio en las redes sociales le abre una puerta imposible: SE BUSCA A ALGUIEN DISPUESTA A SER MADRASTRA.
Al final de un camino de tierra la espera una hacienda enorme, un niño de cinco años que se niega a comer y a dejarse tocar, y Álvaro Zarreta: un hombre de mirada helada que no necesita una esposa, solo una madre para su hijo. Una prueba absurda, un plato de arroz frito y un matrimonio por contrato después, Mireya descubre que la tierra descuidada de esa hacienda le habla como a nadie, que un niño puede enamorarse de quien le roba la comida, y que hasta el hombre más callado sabe, a su manera, celar.
Pero su pasado no se ha ido. El exmarido que la tiró como basura reaparece. Las reglas del contrato no son tan claras como parecían. Y en esa casa hay un pasado del que nadie le ha hablado.
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13. El cambio de Elián
Álvaro seguía en el mismo lugar. No apartaba la vista de Mireya, que cavaba a lo lejos.
—¿Así que mientras estuve fuera ha seguido haciendo eso?
Don Camilo asintió.
—Casi todos los días, señor.
—¿Casi?
—Cuando llueve demasiado fuerte, la señora normalmente no va al huerto. Pero aparte de eso, incluso con el sol más implacable, sale siempre con el niño Elián.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Todos los días?
—Sí.
Volvió a mirar hacia los cultivos.
Desde donde estaba, podía ver que varias parcelas antes cubiertas de maleza ahora estaban mucho más ordenadas.
Ni siquiera había notado el cambio. En las últimas semanas había tenido la cabeza demasiado ocupada con los asuntos de tierras en la otra provincia.
Pero, al parecer, mientras él estaba fuera, su casa había sufrido una transformación considerable.
—¿Lo ha hecho todo ella sola?
—Exactamente, señor.
—¿Por qué no les pidió ayuda a los peones?
Don Camilo sonrió apenas.
—La señora dijo que primero quería conocer la tierra por sí misma.
Álvaro lo repitió para sus adentros.
¿Conocer la tierra por sí misma?
La frase lo desconcertó un poco.
Mireya había llegado a esa casa para ocuparse de Elián. No para administrar los cultivos. Y, sin embargo, se la pasaba en los terrenos abandonados.
—¿Cómo está Elián? —preguntó, para saber cómo se encontraba su hijo, a quien sacaban todos los días bajo el sol ardiente.
—Está muy bien, señor. Incluso ahora, a la hora de comer, come con muchas ganas. Quizá porque pasa el día jugando y gasta toda su energía —explicó don Camilo.
—¿No se queja?
—Nunca.
—¿Nunca? —Álvaro se sorprendió bastante al enterarse de que su hijo había cambiado tanto.
—Así es, señor. Solo que por ahora tiene la piel un poco roja —dijo, conteniendo la sonrisa.
—¿Y ella? —Álvaro hizo un gesto con la cabeza.
—¿La señora Mireya, señor? —preguntó don Camilo para asegurarse.
—Mm...
—De vez en cuando se queja de dolores musculares.
Álvaro miró de reojo a don Camilo.
—¿Dolores? ¿Habrá que llevarla al médico?
Don Camilo estuvo a punto de sonreír.
—Si por quejarse de dolores la llevaran al médico, señor, la señora no volvería a salir a trabajar jamás.
Álvaro no contestó. Los dos volvieron a mirar hacia el huerto. Mireya acababa de dejar de cavar.
Apoyó ambas manos en el mango de la azada y respiró hondo.
Elián corrió hacia ella. Le dijo algo. Mireya le acarició la cabeza.
Segundos después, los dos se rieron.
Álvaro contemplaba la escena con una mirada difícil de descifrar.
—Elián se ve muy distinto ahora —murmuró.
Don Camilo entendió de inmediato a qué se refería.
—Así es, señor. Elián ha cambiado muchísimo.
—¿Cuánto?
—Usted mismo lo ha visto, ¿no? Antes ni siquiera se lograba sacarlo de la casa.
Álvaro asintió. Lo sabía. Durante años había probado todo tipo de maneras de que Elián se relacionara con otras personas.
Pero el niño siempre se negaba.
—¿Y ahora?
Don Camilo señaló los cultivos.
—Ahora Elián se levanta temprano solo para pedirle a la señora que vayan a cultivar.
Álvaro volvió a fruncir el ceño.
—¿Todas las mañanas?
—Incluso si la señora todavía está en el baño, el niño espera frente a la puerta.
Álvaro alzó un poco las cejas.
—¿Espera?
—Sí. —Don Camilo contuvo la risa al recordarlo.
—Una mañana la señora tardó un poco más en bañarse. El niño se sentó delante del cuarto con su elefantito.
Álvaro lo miró.
—¿Y?
—Dijo: «Mamá se demora muchísimo».
Álvaro exhaló un poco de aire. No sabía por qué, pero oír eso le produjo una sensación extraña.
Antes Elián lo buscaba a él. Ahora esperaba a Mireya.
—Aparte de cultivar, ¿qué hacen?
—Muchas cosas.
—Por ejemplo.
Don Camilo empezó a contar con los dedos.
—Juegan en el huerto. Buscan insectos. Juntan piedras. Siembran plantines. A veces la señora le lee cuentos.
Álvaro asintió despacio.
Don Camilo sonrió al ver su reacción.
—Y no solo eso, señor. Ahora Elián hasta se anima a probar las verduras, aunque sea un poquito.
—¿Cómo es posible?
—Es que la señora es muy estricta con las verduras.
Álvaro miró a don Camilo.
—¿Estricta? ¿Qué le hace a mi hijo?