Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 20
El silencio cayó sobre la gran estancia con el peso de una losa de mármol. La figura imponente de Damián se erguía en el umbral, con la ropa ligeramente húmeda por la llovizna y una mirada indomable que escudriñaba cada detalle de la escena: Cassandra, despeinada por el viento y con el rostro encendido de indignación; y doña Beatriz, rígida como una estatua, con el rostro pálido y la taza de té temblando sutilmente entre sus dedos.
—Repito la pregunta —dijo Damián, dando tres pasos lentos hacia el centro de la sala. Su voz retumbó con una vibración profunda que hizo que los cristales del ventanal vibraran ligeramente—. ¿Qué está pasando aquí? Cassandra, ¿qué haces fuera de la casa de huéspedes bajo la lluvia?
Doña Beatriz intentó recomponer de inmediato su máscara de aristócrata agraviada. Dio un paso al frente, alzando la barbilla con indignación ensayada.
—Damián, qué bueno que llegas —comenzó Beatriz con voz chillona—. Esta muchacha ha perdido completamente la cabeza. Entró como una fiera a la casa principal, levantándome la voz y faltándome al respeto sin motivo alguno. Exijo que le pongas un alto a sus insolencias. ¡No es más que una empleada contratada y se atreve a amenazarme en tu propio salón!
Damián ni siquiera la miró. Sus ojos oscuros permanecieron fijos en Cassandra, analizando la respiración agitada de la joven y la firmeza con la que mantenía la espalda erguida.
—Cassandra —pronunció el Alfa, en un tono bajo pero cargado de una autoridad incuestionable—. Habla.
Cassandra no pestañeó. Sostuvo la mirada de Damián con una entereza que dejó mudo al magnate. Sabía muy bien que revelar la falsa esterilidad de Victoria en ese instante desataría una guerra inmediata, un caos donde su familia quedaría en el centro del fuego cruzado. Guardar ese secreto como su carta de triunfo le daba una ventaja táctica que no pensaba regalar tan fácilmente.
—Vine a dejarle un límite muy claro a la señora Beatriz, señor Rossi —respondió Cassandra con voz pausada, firme y cristalina—. Su suegra abordó a mi madre en el pasillo de servicio para humillarla, llamarnos muertos de hambre y amenazar la tranquilidad de mis padres mientras estemos en esta propiedad.
—¡Es una mentirosa! —interrumpió Beatriz con histeria—. ¡Yo solo le recordé cuál es su lugar en esta casa!
—¡Silencio, Beatriz! —rugió Damián, girándose bruscamente hacia la mujer mayor. El látigo de su voz hizo que la suegra diera un paso atrás, tragándose las palabras.
Damián volvió la vista hacia Cassandra. Se acercó a ella hasta quedar a menos de un metro de distancia, notando la ligereza con la que el agua de lluvia brillaba en sus hombros.
—¿Te amenazó a ti o a tu familia? —preguntó él, con los puños apretados a los lados y la mandíbula tensa.
—Intentó hacerlo —sostuvo Cassandra, mirando de reojo a Beatriz con un desprecio absoluto—. Pero le vine a recordar que, mientras yo esté bajo su techo cumpliendo mi parte del contrato, no voy a permitir que nadie pase por encima de la dignidad de mis padres. Si ella no sabe comportarse con respeto, yo misma me encargaré de recordárselo las veces que sean necesarias.
Doña Beatriz ahogó un gemido de incredulidad. La audacia de la joven humilde para encararla frente al mismísimo dueño de la estirpe Rossi la dejó sin respiración. Esperaba que Damián la reprendiera por su insolencia, pero la reacción del Alfa fue totalmente opuesta.
Damián observó a Cassandra en absoluto silencio. En el fondo de su pecho, una chispa de admiración oscura y posesiva volvió a encenderse. La joven no se escondía tras él, no lloraba ni pedía compasión; defendía a los suyos con las garras por delante, plantándole cara a la aristocracia que siempre la había despreciado.
El Alfa dio un paso firme hacia su suegra, proyectando sobre ella una sombra helada y opresiva.
—Beatriz —murmuró Damián con una voz tan baja y peligrosa que la mujer sintió que se le erizaba la piel—. Te lo dije el día que Victoria se fue y te lo repito hoy: la familia de Cassandra está bajo mi protección personal. Si vuelves a dirigirle una sola palabra a sus padres, si vuelves a poner un pie en el ala sur o si se te ocurre volver a incomodar a Cassandra... no esperaré a que tu hija regrese de París. Te haré sacar de esta mansión con la seguridad privada en este mismo instante.
—¡Damián! ¡Soy la madre de tu esposa! —chillo Beatriz, horrorizada por la humillación.
—Y estás en mi casa como una invitada cuya presencia estoy empezando a tolerar muy poco —sentenció el Alfa sin piedad—. Retírate a tus habitaciones. Ahora.
Doña Beatriz apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Echó una mirada llena de odio puro hacia Cassandra, pero la joven la sostuvo sin arrugarse. Derrotada y sin argumentos, la matriarca dio media vuelta y subió a toda prisa las escaleras de mármol hacia el segundo piso.
Cuando se quedaron a solas en la inmensidad del gran vestíbulo, el silencio volvió a instalarse entre ellos.
Damián se giró hacia Cassandra. Sin decir una palabra, se quitó el pesado saco de su traje y, con un movimiento fluido y cuidadoso, se lo colocó sobre los hombros a la joven para resguardarla del frío y la humedad de la lluvia. El aroma a madera, cuero y la esencia dominante del Alfa envolvió a Cassandra al instante.
—Estás mojada —dijo Damián con voz suave, rozándole apenas la barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos—. No debiste salir así. Un resfrío en tu estado es peligroso.
Cassandra sintió el calor de la prenda y el latido acelerado de su propio corazón, pero rápidamente recordó el muro que había decidido construir. Se ajustó el saco sin mostrar debilidad.
—Tenía que defender a mi madre, señor Rossi —respondió ella con cortesía distante—. Gracias por intervenir, pero no era necesario que se molestara. Solo vine a marcar mi territorio.
Damián entornó los ojos, sintiendo la punzada del hielo con el que ella volvía a marcar la distancia del contrato.
—Tu territorio es mi casa, Cassandra —murmuró Damián, acortando el espacio entre ambos y clavando su mirada magnética en sus labios—. Y mientras lleves a mi hijo dentro, la única autoridad que se respeta aquí es la mía... y la tuya.
Cassandra dio un paso hacia atrás, zafándose con elegancia de su cercanía.
—Con su permiso, señor Rossi. Regresaré a la casa de huéspedes a descansar.
Damián la vio dar media vuelta y caminar hacia la salida. Apretó los puños en los bolsillos, viendo cómo la mujer que llevaba a su heredero se alejaba envuelta en su propio saco, dejándolo una vez más con la sensación de que, aunque ella estuviera en su mansión, era él quien no lograbía tener el control sobre ella.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏