Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 18
Capítulo 18
Se me calentó la cara.
Entendí.
Claro que entendí.
Dante no estaba preguntando por otro beso.
Su cuerpo seguía encima del mío, pesado, caliente, con esa calma suya a punto de romperse. Lo sentía en la forma en que me sujetaba la cintura. En su respiración contra mi cuello. En la presión dura de su cuerpo entre mis piernas.
Él ya no parecía el hombre correcto de traje impecable.
Parecía un hombre aguantándose las ganas con los dientes apretados.
Y yo no estaba tan asustada como quería fingir.
Eso era lo peor.
—No pares.
Lo dije tan bajo que casi se perdió entre su respiración y la mía, pero Dante lo oyó. Su mirada se clavó en mi boca un segundo, oscura, contenida, y después dejó de portarse como el hombre correcto que sabía esperar. Me besó con hambre, metiéndome la lengua, abriéndome los labios hasta que mis dedos se cerraron en su camisa. La tela de mi camisón subió por mis muslos, el tirante cayó de un hombro y su mano encontró mi piel con una seguridad que me hizo arquear la espalda antes de poder avergonzarme.
Quise cubrirme. Dante me atrapó las muñecas con una sola mano y las dejó contra la almohada, sin lastimarme, pero sin darme espacio para hacerme la decente. Con la otra bajó por mi cintura, por mi vientre, hasta meterse entre mis piernas. Yo apreté los muslos por reflejo y él los abrió con la rodilla, pegándose más a mí. Cuando sus dedos rozaron mi ropa interior, sentí el calor subirme hasta la cara. Estaba húmeda. Mucho. Demasiado para alguien que llevaba días repitiéndose que esa boda no significaba nada.
Dante lo comprobó sin prisa. Frotó la tela justo donde yo estaba más sensible, la presionó contra mi cuerpo y me sacó un gemido que me dio vergüenza apenas salió. Él bajó la boca a mi cuello, me mordió donde sabía que iba a dejar marca y siguió tocándome hasta empapar la tela bajo sus dedos. Mi cuerpo se tensó, luego cedió. Las piernas me temblaban, mi respiración se cortaba y cada movimiento suyo me dejaba más abierta, más caliente, menos capaz de fingir que no quería eso.
El camisón terminó en el piso. La camisa de Dante también. Sentí su pecho desnudo contra el mío, el peso de sus brazos a los lados de mi cabeza, la dureza de su cuerpo rozándome entre las piernas. Le pedí la luz casi sin voz y él la apagó de un manotazo, pero la oscuridad no me ayudó; sólo hizo más fuerte el roce de su piel, el olor de su cuello, sus dedos quitándome la ropa interior con una impaciencia que me hizo cerrar los ojos.
Me tocó otra vez sin tela de por medio. Esta vez no hubo nada que escondiera lo mojada que estaba. Sus dedos me abrieron, me recorrieron despacio al principio y luego con más presión, buscando el punto exacto donde mi cuerpo perdía la fuerza. Me mordí el labio para no sonar tan desesperada, pero Dante me besó la boca y me arrancó el sonido igual. Yo no sabía dónde poner las manos; terminé agarrada a sus hombros, con las uñas hundidas en su piel, mientras él me calentaba hasta dejarme temblando debajo de él.
Cuando se acomodó entre mis muslos, todo mi cuerpo se puso rígido. Era la primera vez. Podía sentirlo ahí, grueso, caliente, empujando contra mí. Dante me sostuvo la cadera con una mano y con la otra me levantó apenas, acomodándome a su ángulo. No habló de más. No hizo promesas inútiles. Se inclinó sobre mi cuello, me dejó un beso abierto en la piel y entró de un empuje firme que me arrancó un grito.
Dolió.
Me aferré a él con tanta fuerza que debí marcarle la espalda. Dante se quedó hundido hasta el fondo, respirando pesado contra mi hombro, con el cuerpo duro de tanto contenerse. Lo sentía enorme dentro de mí, demasiado vivo, latiendo, ocupando un lugar que mi cuerpo no sabía aceptar todavía. Él no se retiró. Tampoco empezó de golpe. Se quedó ahí, apretándome la cintura, besándome el cuello, esperando a que el dolor dejara de ser lo único que yo podía sentir.
El calor llegó lento. Primero como una punzada baja, mezclada con el ardor. Después más denso, más sucio, pegándose a cada respiración. Me moví apenas sin darme cuenta y Dante respondió enseguida: sus dedos se clavaron en mi cadera y comenzó a moverse, al principio con un ritmo contenido que me hacía cerrar los ojos y apretar los dientes. Cada entrada me dejaba sin aire. Cada salida me hacía querer jalarlo de vuelta.
La cama crujió. Se me subió la vergüenza, pero Dante no se detuvo. Me tomó de la cintura y me llevó contra él, marcando el ritmo con el cuerpo entero. Yo ya no sabía si quería apartarme o pegarme más. Mis piernas terminaron rodeándole las caderas, mi boca en su hombro, mis gemidos ahogados contra su piel. El hombre que durante años había sido mi cuñado en mi cabeza ahora me tenía debajo, abierta, sudada, con el cuello lleno de marcas y el orgullo roto entre las sábanas.
—Mi esposa —murmuró contra mi boca, y la palabra me pegó más fuerte que sus manos.
Me movió como quiso. Me subió la cadera, me acomodó las piernas, me enseñó el ritmo sin explicarlo. Al principio fui torpe, pero mi cuerpo aprendió antes que mi cabeza. Cuando empecé a responderle, Dante soltó un gemido ronco, de esos que no se inventan, y perdió lo poco que le quedaba de paciencia. Sus embestidas se volvieron más hondas, más rápidas, con una fuerza que me sacudía entera. Yo dejé de esconder la cara. Dejé de medir la voz. Lo agarré de la espalda y lo jalé hacia mí como si también yo estuviera perdiendo la razón.
El placer me alcanzó con una violencia vergonzosa. Me cerré alrededor de él, temblando, con la garganta rota y la cara hundida en su cuello. Dante siguió, más duro, respirando entre dientes, sujetándome como si no pensara soltarme hasta terminar de volverme suya. Cuando por fin perdió el ritmo, se enterró en mí con un gemido bajo, casi furioso, y se quedó ahí, pesado sobre mi cuerpo, todavía palpitando dentro de mí.
No supe cuánto tiempo pasó antes de poder mover los dedos.
—Ya no puedo —murmuré.
Dante me apartó el cabello de la cara. Tenía la respiración destrozada, la boca caliente contra mi sien.
—Ya.
Me quedé dormida casi enseguida.
Dante no.
Seguía despierto, con el cuerpo demasiado vivo y el pecho todavía agitado.
Miró a Ximena dormida: el cabello pegado a la cara, los labios hinchados, la piel marcada por su boca y sus dedos.
Había entrado fuerte.
Demasiado fuerte para una primera vez.
La culpa le llegó tarde.
Pero le llegó.
Se levantó con cuidado, la cargó al baño y la limpió despacio. Ximena murmuró algo contra su pecho, rendida, sin abrir los ojos.
Dante cuidó que el agua no tocara el vendaje del dedo.
Luego la llevó de vuelta a la cama y se acostó detrás de ella.
Esta vez la abrazó sin dudar.
Cuando desperté, sentí el cuerpo como si me hubieran pasado por encima.
Varias veces.
Todo dolía.
La cintura.
Los muslos.
La garganta.
Y ese lugar entre mis piernas que no quería nombrar porque con sólo pensarlo me ponía roja.
Abrí los ojos.
Dante no estaba.
Gracias a Dios.
O no.
No sabía.
Intenté sentarme y casi me arrepentí de vivir.
Recordé la noche.
Su voz diciéndome que me moviera.
Mis uñas en su espalda.
Mi propia voz, esa que no parecía mía.
Me tapé la cara.
Ximena, qué vergüenza.
Fui al baño a cambiarme.
Frente al espejo me quedé congelada.
Tenía marcas en el cuello.
En la clavícula.
En el pecho.
En los muslos.
Pequeñas mordidas.
Chupones.
Dedos.
—¿Qué le pasa? —susurré, tocándome una marca.
¿Mi esposo era un hombre o un perro bravo con traje?
Me vestí con lo más cerrado que encontré.
Cuando salí, Dante entró a la recámara.
Nos quedamos mirando.
Mi cara se prendió sola.
Su mirada bajó a mi cuello.
Se oscureció.
Me cubrí rápido.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Qué conversación tan normal para dos personas que habían hecho de todo menos dormir.
Dante se acercó.
—¿Cómo te sientes?
—Bien.
Mentira.
—Ximena.
—Cansada.
—¿Te lastimé?
—No preguntes eso así.
—Necesito saber.
No lo miré.
—Sobreviví.
Dante no sonrió.
Sacó una pomada pequeña.
—Fui a la farmacia.
—¿Para qué?
—Inflamación. Dolor.
Me la puso en la mano.
—Si te molesta, úsala.
Quise desaparecer.
—Gracias.
—Si no alcanzas...
—Alcanzo.
Lo dije demasiado rápido.
Dante guardó silencio.
Yo apreté la pomada como si fuera un arma.
—Tengo hambre.
Y escapé.
Escapé mal.
Porque caminar normal ya no era una opción.
Cada paso me recordaba exactamente cómo me había tenido anoche.
Dante me vio salir.
La culpa volvió a morderlo.
¿La había lastimado más de lo que decía?
¿Lo estaba evitando?
Abajo, doña Rosa ya tenía desayuno.
—Buenos días, señora Ximena.
—Buenos días.
Me senté con cuidado.
Doña Rosa miró mi cuello.
Yo me di cuenta tarde.
—Ay, señora... ¿y eso?
Me tapé.
—Mosquitos.
Doña Rosa parpadeó.
Luego sonrió con una discreción criminal.
—Claro. Mosquitos.
—Muchos.
—Voy a comprar repelente.
—Gracias.
Detrás de mí sonó la voz de Dante.
—Déjame ver cuántos piquetes te dejaron.
Casi tiré el vaso.
Me giré.
Dante estaba en la entrada del comedor.
Había escuchado.
Por supuesto.
—No hace falta.
—Quiero revisar.
—Se van a quitar.
Me metí al comedor como si el desayuno fuera una emergencia nacional.
Durante el desayuno no hablamos mucho.
Yo comí rápido.
Necesitaba oficina.
Café.
Una silla.
Y fingir que mi cuerpo no recordaba cada minuto de la noche anterior.
—Te llevo —dijo Dante cuando dejé los cubiertos.
—No hace falta.
Levantó la vista.
—¿Por qué?
—Dijiste que podía usar cualquier coche de la casa mientras llega la Maserati. Puedo manejar.
Dante se quedó callado.
—Las llaves están puestas —dijo al fin—. Escoge el que quieras.
—Gracias. Me voy.
Salí antes de que pudiera decir algo más.
Dante miró mi lugar vacío.
El apetito se le fue.
En el coche, camino a Grupo Montalvo, abrió la laptop.
No leyó nada.
La misma pregunta le mordía la cabeza:
¿Ximena lo evitaba porque no le había gustado?
En Robles Diseño llegué bostezando.
Mal.
Muy mal.
Me senté en mi escritorio y casi me dormí sobre los planos.
Necesitaba café.
Fui a la cocina del piso.
Lilia entró mientras preparaba uno fuerte.
—¿Café tan temprano?
—Necesidad médica.
Me miró la cara.
—No manches. Tienes ojeras.
—Dormí mal.
—¿Dormiste mal tú solita o te ayudaron a no dormir?
Me quedé inmóvil.
Lilia bajó la mirada a mi cuello.
Sonrió.
—A ver, señora Montalvo... ¿segura que anoche no tuviste una buena revolcada con tu marido?