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Después de la traición

Después de la traición

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Oficina / Venderse para pagar una deuda / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:156
Nilai: 5
nombre de autor: Sue Ferrasso

Faltaban pocos días para la boda perfecta de Aurora Salazar. Tenía el vestido listo, la carrera soñada como una de las mejores arquitectas de Madrid y un futuro trazado al lado del hombre que amaba. Hasta que decidió darle una sorpresa a su prometido… y lo encontró en la cama con otra.

Esa misma noche, cegada por la rabia, Aurora agarra un bate de béisbol y destroza el auto de lujo estacionado en el garaje. Solo hay un problema: el auto no era de su ex. Pertenece a Matteo Castellani, el CEO más poderoso —y más arrogante— de la ciudad, y ahora ella le debe una fortuna que jamás podría pagar.

Matteo lleva años intentando contratarla. Y por fin tiene la carta que necesitaba: en lugar de dinero, le cobrará la deuda con trabajo. A su lado. Todos los días.

Lo que ninguno de los dos esperaba era que, entre planos, viajes y discusiones a muerte, la línea entre el odio y el deseo empezara a borrarse. Ella juró no volver a confiar en nadie. Él juró no dejar que ninguna mujer se acercara a su corazón. Dos promesas hechas para romperse.

Pero el pasado de Aurora no piensa soltarla tan fácil, y hay secretos —sobre su ex, sobre su antigua empresa, sobre la traición que lo empezó todo— que amenazan con destruir lo único que por fin la hace sentir viva.

Cuando el hombre que te rompió el corazón se convierte en tu peor enemigo, ¿te atreverías a enamorarte de aquel a quien juraste odiar?

NovelToon tiene autorización de Sue Ferrasso para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

6

Aurora

Seguí trabajando. Saludé a algunas personas por el pasillo, sonreí automáticamente a quien se cruzaba en mi camino y avancé hasta mi oficina sosteniendo una taza de café. Por fuera, yo seguía siendo la arquitecta segura, organizada y centrada que todos conocían. Por dentro, parecía que me habían arrancado el mundo entero. Apenas había logrado dormir, mi cabeza aún estaba llena de problemas y, a pesar de todo, tenía que seguir trabajando como si mi vida no estuviera completamente destruida.

En cuanto me senté al escritorio, Clara apareció en la puerta.

—Aurora, el director pidió que fuera a su oficina.

Asentí lentamente.

—Ya voy.

Tomé mi bloc de notas por pura costumbre, aunque sabía que aquella reunión difícilmente tendría algo que ver con el trabajo. Crucé el pasillo notando que algunos colegas me observaban con disimulo. No sabía si ya habían leído el correo que envié aquella mañana o si solo habían oído comentarios que corrían por los pasillos. En cualquier caso, todos parecían demasiado curiosos.

Golpeé dos veces la puerta.

—Adelante.

Empujé la puerta y encontré al director Augusto sentado detrás del enorme escritorio de madera oscura. Trabajé a su lado durante ocho años. Fue él quien apostó por mí cuando yo todavía era una recién egresada, quien me dio mi primer gran proyecto y quien siempre se empeñó en decir que yo era una de las profesionales más prometedoras de la empresa. Tal vez por eso su expresión seria me incomodó todavía más.

—Buenos días.

—Siéntese, Aurora.

Obedecí en silencio. Él se quedó unos segundos mirando una hoja sobre el escritorio antes de deslizarla en mi dirección.

Reconocí de inmediato mi correo.

—Recibí esto a las seis y cuarto de la mañana.

Asentí.

—Me lo imagino. —Él apoyó los codos sobre el escritorio.

—¿Puedo saber por qué hizo esto? —Fruncí el ceño.

—¿El qué?

—Exponer su vida privada ante toda la empresa. —Crucé las piernas.

—Porque quise. —Él respiró hondo.

—Aurora…

—Quería que Roman pasara vergüenza. —Mi respuesta salió sin el menor arrepentimiento.

—Si él no tuvo vergüenza de engañarme, tampoco tendría mi consideración.

El director cerró los ojos un instante antes de volver a encararme.

—Eso no fue profesional. —Sentí que se me trababa la mandíbula.

—Mi vida personal nunca interfirió en mi trabajo.

—Ahora sí interfirió. —Incliné levemente el cuerpo hacia adelante.

—¿Cómo?

—Desde temprano no se habla de otra cosa. —Él señaló de nuevo el correo.

—Algunos clientes recibieron este mensaje.

—Algunos clientes también estaban invitados a la boda.

—Ese no es el punto.

—¿Entonces cuál es? —Él me sostuvo la mirada.

—Ya no la reconozco.

Aquellas palabras me golpearon de una forma que no esperaba. Pasé años oyendo elogios de aquel hombre. Nunca me atrasé con un proyecto, nunca dejé a un cliente sin respuesta, nunca falté por motivos banales. Siempre puse aquella empresa por encima de mi propia vida personal. Respiré hondo antes de responder.

—Lo respeto mucho, señor. —Mi voz se mantuvo firme—. Pero usted no tiene derecho a meterse en mi vida personal.

Él no apartó los ojos.

—Cuando su vida personal involucra directamente a mi empresa, sí lo tengo. —Tragué saliva.

Era la primera vez que me hablaba de aquella manera. Miré unos segundos el escritorio antes de volver a encararlo.

—No volverá a suceder. —Me levanté de la silla.

—Con permiso.

Salí de la oficina intentando entender lo que acababa de pasar. Mientras caminaba por el pasillo, una sola pregunta no se me iba de la cabeza. ¿Ahora yo era menos profesional porque me habían engañado? ¿Porque me negué a esconderlo? No lograba comprender aquella reprobación.

Seguí trabajando toda la mañana tratando de alejar esos pensamientos. Revisé planos, firmé documentos, participé en una reunión rápida con el equipo de ingeniería y analicé cronogramas de obra. Sumergirme en el trabajo siempre fue mi manera de olvidar los problemas, pero aquel día ni eso funcionaba.

Poco antes del almuerzo, Clara volvió a mi oficina visiblemente incómoda.

—Aurora… —Levanté la vista de la computadora.

—¿Qué pasó?

—El proyecto del complejo residencial regresó. —Fruncí el ceño.

—¿Regresó? —Ella asintió con la cabeza.

—El director pidió interrumpir su participación. —Me quedé unos segundos sin reacción.

—Debe haber algún error.

—No lo hay. —Me levanté de inmediato.

—¿Quién va a asumirlo? —Ella agachó la cabeza.

—Javier. —Se me revolvió el estómago.

Aquel era el proyecto más grande de la empresa. Yo había conquistado a ese cliente después de meses de reuniones, viajes y presentaciones. Era mío.

—¿Quién dio esa orden?

—El director. —Ni siquiera golpeé la puerta. Entré directo a su oficina.

—¿Qué mierda está haciendo? —Él levantó los ojos con calma.

—Cierre la puerta.

Obedecí solo porque no quería convertir aquello en un espectáculo. Me acerqué al escritorio.

—El complejo residencial era mío.

—Era.

—¿Cómo que era? —Él cruzó las manos sobre el escritorio.

—Algunas cosas van a cambiar de aquí en adelante.

—¿Qué cosas?

—Estrategia. —Solté una risa incrédula.

—¿Estrategia?

—Sí.

—¿Puede explicarse mejor? —Él respiró hondo antes de responder.

—Aurora… usted también estaba aquí por la relación comercial que existía entre nosotros y la familia Vidal.

El corazón pareció detenérseme.

—¿Qué?

—Roman Vidal pertenece a una de las familias empresariales más influyentes de Madrid. La boda fortalecía esa alianza.

Seguí mirándolo completamente incrédula.

—¿Está diciendo que yo resultaba interesante porque iba a casarme con Roman? —El silencio de él lo respondió todo. Sentí un sabor amargo invadiéndome la boca.

—¿Así que era eso? —Mi voz empezó a subir.

—¿Todos estos años trabajando hasta altas horas? ¿Todos los fines de semana perdidos? ¿Todos los viajes? ¿Todas las madrugadas revisando proyectos?

Di un paso más.

—¡Yo construí buena parte del crecimiento de esta empresa! —Él permaneció impasible.

—Nadie lo está negando.

—¡Sí lo está negando! —Golpeé la mano sobre el escritorio.

—Porque, a fin de cuentas, nada de eso importó. ¡Lo que realmente contaba era con quién iba a casarme!

Él respiró hondo.

—No dramatice. —Empecé a reír de incredulidad.

—¿Que no dramatice? —Negué con la cabeza.

—Qué vergüenza… —Él respondió sin alterar el tono.

—Son negocios. —Las dos palabras resonaron por la oficina.

Negocios.

Miré a aquel hombre y tuve la sensación de que nunca lo conocí de verdad.

—Así que mi talento nunca bastó. Mi apellido nunca bastó. Mi currículum nunca bastó.

Sentí que los ojos me ardían, pero me negué a llorar frente a él.

—Es usted un cerdo. —Él endureció la expresión.

—Cuidado.

—Un asqueroso. —Mi voz se elevó.

—Pasé ocho años de mi vida aquí. ¡Ocho años!

Me quité la credencial del cuello y la puse sobre el escritorio.

—Renuncio. —Él se levantó de la silla.

—Piénselo mejor.

—Ya lo pensé. —Tomé mi bolso.

—Espero sinceramente que esa alianza de negocios valga la pena.

Le di la espalda. Antes de alcanzar la puerta, oí su voz.

—Se va a arrepentir.

Ni miré atrás. Volví a mi oficina completamente anestesiada. Clara se levantó de inmediato al verme entrar.

—¿Aurora?

Abrí los cajones y empecé a meter mis objetos personales en una caja. Mi portarretratos, mis tazas, algunos libros, plantas, cuadernos de proyectos y pequeños objetos que había acumulado durante años en aquella oficina.

Ella se acercó.

—¿Qué pasó? —Seguí ordenando mis cosas.

—Me voy. —Ella abrió mucho los ojos.

—¿Se va? —Asentí.

—Renuncié.

Clara se quedó en silencio, sin poder creerlo. Cerré la caja y miré por última vez aquella oficina. Mi primer despacho. El lugar donde crecí como profesional, donde imaginé construir toda mi carrera.

Sonreí sin humor.

—Este lugar está podrido, Clara. —Me acerqué y la abracé rápidamente—. Tú mereces algo mejor.

Salí sin mirar atrás.

Puse la caja en el asiento trasero del auto, entré y me quedé unos minutos sujetando el volante. En apenas dos días, perdí a mi prometido, mi boda, mi estabilidad, mi empresa y la carrera que me tomó años construir. Encendí el auto y manejé sin rumbo durante casi cuarenta minutos. Cuando me di cuenta, estaba estacionando frente a un bar. Me bajé, entré y me senté en la barra.

El barman se acercó.

—¿Qué va a ser? —Lo miré.

—Tequila. —Sirvió el primer trago. Lo bebí de un golpe.

—Otro.

Después otro.

Y uno más.

Seguí bebiendo, intentando que el alcohol borrara, aunque fuera por unas horas, todo lo que había perdido. En apenas dos días… mi vida entera se había derrumbado.

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