Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
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Tras la Penumbra y la Promesa
Las brasas de la chimenea agonizaban en un resplandor carmesí mientras la oscuridad de la noche empezaba a perder su densidad frente al azul tenue del amanecer. En la calidez de la pálida luz del fuego, el silencio en la alcoba del príncipe era absoluto, interrumpido únicamente por la respiración pausada y acompasada de ambos.
Jessica yacía sobre el pecho desnudo de Jack, cubierta por una pesada manta de piel de visón y terciopelo. Su cabeza descansaba justo sobre el corazón del príncipe, cuyo latido, antes salvaje e incontrolable, se mantenía ahora firme y constante como un tambor de guardia. Los dedos largos de Jack, marcados por las rozaduras del acero y las batallas, acariciaban los rizos castaños de la joven con una delicadeza abrumadora, recorriendo su espalda desnuda con trazos lentos y posesivos.
Habían consumado su amor en un torbellino donde la contención de meses estalló sin remedio. Ya no quedaban secretos entre ellos, ni barreras de hielo, ni títulos nobiliarios. En la piel de Jessica persistía la huella tibia de los besos hambrientos de Jack, y en los hombros del príncipe reposaban los leves estigmas del abrazo desesperado de la duquesa.
Jack volvió la vista hacia el ventanal del estudio. La primera franja plateada del horizonte amenazaba con rasgar la penumbra en menos de una hora. El general en él despertó de inmediato, recordándole el peligro inminente: si los sirvientes del ala oeste comenzaban sus rondas de limpieza o si el Duque de Rothwood descubría la ausencia de su hija a primera hora, el honor de Jessica quedaría destruido por el escándalo antes de que el sol alcanzara su cenit.
—Mi tesoro... —susurró Jack cerca de su oído, con su voz envuelta en una aspereza tibia y rasposa—. Debemos movernos. El día está por despuntar.
Jessica soltó un pequeño gemido de protesta, acurrucándose más contra la piel cálida de su torso y rodeándole la cintura con un brazo.
—No quiero irme, Jack... —murmuró ella con los ojos aún cerrados, ebria de cansancio y plenitud—. Quédate así conmigo un momento más.
La tentación de mandar a volar al reino entero y quedarse a su lado rozó la mente del príncipe. Sin embargo, apartó las cobijas con suavidad y se puso en pie, revelando su porte imponente a la luz del fuego. Con una devoción casi reverencial, Jack recogió del suelo la bata de terciopelo azul de Jessica y sus prendas. Se inclinó sobre el lecho y comenzó a vestirla él mismo, abrochando cada cinta y acomodándole la bata sobre los hombros con manos firmes pero temblorosas por la ternura.
—Te llevaré de vuelta a tus aposentos antes de que los pasillos despierten —dijo Jack, mirándola a los ojos con un fuego sereno pero inquebrantable—. Nadie va a mancillar tu nombre, Jessica. Menos aún por una imprudencia que cometimos llevados por esta pasión.
Jack envolvió a Jessica en su propia capa militar pesada, cuyo forro de piel olía a cedro y a su perfume. Abrió con sigilo la puerta secreta del pasadizo de servicio tras el tapiz del estudio, un corredor oscuro que solo la realeza y la guardia de élite conocían. Tomó a Jessica en brazos, alzándola contra su pecho como si no pesara nada, y avanzó a pasos agigantados y silenciosos por la penumbra de las galerías traseras.
Cruzaron el ala oeste y descendieron por las escaleras de caracol hasta la entrada posterior de los aposentos de la duquesa. En el corredor exterior, el murmullo lejano de las antorchas que se extinguían anunciaba el cambio de guardia.
Jack la posó con cuidado sobre sus pies frente a la puerta de madera. Tomó su rostro entre sus grandes manos, acariciándole las mejillas con sus pulgares.
—Descansa, mi vida —susurró el príncipe, depositando un beso firme y prolongado sobre sus labios que le devolvió el aliento a Jessica—. En cuanto el sol esté en lo alto y me asegure de que has dormido lo suficiente, me presentaré formalmente ante tu padre. La hora de esperar ha terminado. Hoy mismo fijaremos la fecha de nuestro matrimonio.
—Te esperaré... mi Príncipe Frío —prometió ella con una sonrisa cansada pero radiante.
Jack esperó oculto en la penumbra del pasadizo hasta ver a Jessica deslizarse dentro de su estancia y escuchar el suave chasquido del cerrojo. Solo entonces el general de Valenvoir retrocedió, con la certeza de que su alma pertenecía eternamente a la mujer que acababa de dejar a salvo.
Al cruzar el umbral de sus habitaciones, Jessica encontró a Clara sentada en el sillón de lectura, despierta y aterrorizada, con una vela consumida entre las manos. Al ver entrar a su señora envuelta en la gran capa militar del príncipe, con el cabello desordenado y un brillo inconfundible en la mirada, la doncella se llevó las manos a la boca.
—¡Mi lady! ¡Por los cielos! —ahogó un grito Clara—. Creí que la guardia la había descubierto... ¿Qué ha ocurrido?
Jessica se quitó la capa pesada, dejándola caer sobre la cama, y se arrojó sobre el colchón con un suspiro de absoluta felicidad.
—Prepara mi baño para la tarde, Clara... —dijo Jessica cerrando los ojos con una sonrisa de victoria—. Y guarda esa capa en el lugar más seguro del cuarto. Pertenece al futuro señor de mi vida.