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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:169
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Cap 23: La emboscada del karaoke

El karaoke era de los caros, de los que ni Diego pagaba con su domingo: cinco pisos, luces, meseros de chaleco. El privado de Bianca estaba hasta arriba. Antes de abrir la puerta ya se oía el reguero: música a todo lo que da, botellas, gritos de hombres. Emiliano me puso una mano en el hombro, como diciendo "yo primero", y empujó.

Se me revolvió el estómago con lo que vi.

Humo, botellas tiradas, seis o siete chavos de prepa despatarrados en los sillones. En medio, parada en la mesita, una niña —doce, trece años cuando mucho, flaquita, bonita, muerta de miedo— con los ojos llenos de lágrimas y las manos temblándole en la orilla de la blusa. Y Bianca, en el sillón, con su noviecito Diego al lado, aplaudiendo, gritándole con esa risa suya:

—¡Ándale, Ariadna, no seas aguada! ¡Baila! ¡Enséñales que sí sabes! ¿No que querías caernos bien? ¡Pues cae bien!

Los hombres chiflaban. La niña, Ariadna, con la carita descompuesta, empezaba a jalar la tela hacia arriba, obligada, temblando, porque una escuincla sola en un cuarto lleno de grandes hace lo que le mandan.

No alcanzó a levantarla ni un centímetro.

Prendí la luz grande de un manotazo. La música siguió, pero el humor se cayó de golpe: nada mata más rápido una cochinada que la luz blanca encima.

—Bianca —dije, con una voz que no era la mía, fría, alta—. Mamá se está muriendo. Le dio algo. Genaro te está hablando. Nos vamos. Ya.

Era mentira. Pero la niña se bajó de la mesa de un salto y se pegó a la pared, jalándose la blusa, y con eso me bastó.

Bianca se puso roja de coraje por el corte.

—¡Estás mintiendo! ¡A mí no me arruinas la noche!

Diego se levantó, medio mareado, con una botella en la mano, y se me atravesó.

—La niña se queda —dijo, tanteando la botella—. Y tú, la muerta de hambre, primero le pides una disculpa a Bianca por entrar así, y te echas un trago. Luego se van.

—Quítate —dijo Emiliano, y se me puso enfrente.

Uno de los chicos se incorporó en el sillón. Era alto, llevaba la ceja rapada y señaló a Emiliano con la barbilla.

—Ah, mira nomás. El primito. El que trae a mi vieja babeando con sus discursitos. —Se tronó el cuello—. Qué bueno que viniste, güey. Te andaba buscando.

Fue rápido. El de la ceja le tiró un manazo a Emiliano; Emiliano me empujó atrás de él, contra la pared, y sin quitarme los ojos de encima me dijo, muy quedo, muy claro:

—Márcale a la policía. Ahorita.

Le tiraron todos a la vez. A un chavo que estiró la mano para agarrarme, Emiliano lo pateó en la rodilla y lo dobló; pero eran seis, y a él lo taparon. Lo tiraron entre risas, y le empezaron a pegar en el piso, en el bulto, con esa cobardía de los muchos contra uno. El pantalón negro se le llenó de marcas de suela, huellas de zapato por toda la espalda, por las costillas.

Se me borró el miedo. Se me borró todo.

Agarré una botella de la mesa, la quebré contra el filo, y el vidrio roto sonó feo en mi mano. Me temblaba, pero no la solté.

—El que le vuelva a pegar —dije, y mi voz salió tan quieta que hasta a mí me dio frío— se va sin cara. Se los juro por mi madre muerta. Tóquenlo otra vez y verán.

Se pararon. No por la botella; una escuincla con un vidrio no asusta a seis borrachos. Se pararon por los ojos. Yo traigo dos vidas de mirar a la muerte de frente, y eso se nota. Con la otra mano ya tenía el teléfono pegado a la oreja.

—Baltazar —dije, sin dejar de mirarlos—. Karaoke Neón, la del centro, quinto piso, privado del fondo. Trae a quien puedas. Le están pegando a Emiliano.

Colgué. Y esperé, con el vidrio en alto, plantada delante de Emiliano, que se levantaba despacio, escupiendo, con la ceja partida pero de pie.

No tardaron ni diez minutos, que se me hicieron años.

La puerta se abrió de una patada. Entró Baltazar —el Oso— llenando el marco, y atrás Mateo, y atrás, con la voz tomada, ronca de a de veras, como si viniera enfermo o de gritar, Santiago.

—¿Quién te pegó? —dijo Santiago, y no me lo preguntó a mí; se lo preguntó al cuarto entero, buscándome con los ojos, y cuando me vio con el vidrio y la mano cortada, algo se le rompió en la cara—. ¿Quién te tocó?

—A mí nadie —dije—. A él. —Señalé a Emiliano.

No hubo pleito, hubo cobranza. El Oso agarró al de la ceja rapada del cuello y lo estampó en la pared como quien sacude un tapete. Mateo, que habla más de lo que pega, esta vez no habló. Santiago fue derecho hacia Diego y ya levantaba el pie para tirarle una patada cuando Baltazar lo jaló del hombro.

—Tú no —le dijo el Oso, con esa calma suya—. Tú eres cara conocida. Yo lo hago. —Y de un empujón mandó a Diego contra el sillón.

Diego, entre el susto y el mareo, alcanzó a decir algo que no me esperé:

—A Bianca no le hagan nada. Con ella no. Es mi novia. Péguenme a mí si quieren, pero a ella no la toquen.

Lo sacaron cargando, medio a rastras. Y aunque el muchacho me caía en la punta del hígado, esa frase me lo cambió un poco. Un tonto, sí. Pero un tonto que protege. En esa colonia, eso ya es más de lo que dan casi todos.

En dos minutos el privado estaba de mi lado. Los valientes de hacía rato ahora buscaban la puerta. Y en el rincón, blanca, temblando, estaba Bianca, sola, sin nadie que le pusiera la cara.

Caminé hacia ella. Primero jalé a Ariadna, le acomodé la blusa, le limpié la cara con mi manga.

—Ya. Ya pasó. Nadie te va a tocar. —La niña se me pegó como lapa—. ¿Ella te obligó? —Ariadna asintió, con la barbilla temblando—. Bien.

Me volví hacia Bianca.

—Pídele perdón.

—¿Qué? —chilló—. ¡Estás loca! ¡A esa muerta de hambre yo no le pido nada!

Le solté una cachetada. Sonó en todo el cuarto. Bianca se agarró la cara, incrédula, porque nunca en dos vidas le habían pegado de vuelta.

—Pídele perdón —repetí, tranquila.

—¡No! ¡Le voy a decir a mi mamá que...!

La otra cachetada, del otro lado, para que quedara parejo.

—A la niña. Perdón. Ahora.

Y Bianca, llorando de coraje y de miedo, con las dos mejillas rojas, escupió un "perdón" que no le salió del alma pero que le salió de la boca, que era lo que yo quería: enfrente de todos, humillada, doblada.

Ariadna me miró como se mira a un santo. Ya después me enteraría de que esa niña, Ariadna Herrera, me iba a seguir por medio colegio como si le hubiera salvado la vida. Quizá se la salvé.

Pero yo no soy santa. Y aquí viene la parte que no le cuento a nadie.

Mientras Bianca lloraba desmadejada en el sillón, me agaché, le arranqué un zapato del pie de un tirón —esos tenis blancos que Diego le compró—, y con la suela sucia, llena de la mugre pegajosa del piso del antro, me tallé marcas en el brazo, en el pantalón, en la blusa. Huellas de suela. De su suela. Le pasé el zapato a Emiliano, que me miraba sin entender, y me di la vuelta.

—En la espalda —le dije—. Fuerte. Que se marque.

—Daniela...

—Confía en mí. Hazlo.

Y Emiliano, que de todos los de esa casa era el único que me hacía caso sin preguntar, me estampó la suela de Bianca en la espalda, dos, tres veces, hasta que quedé toda marcada de huellas de zapato como si me hubieran pisoteado en el suelo. Igual que a él. Solo que a él se las dieron. A mí me las puse yo.

Guardé el vidrio, me despeiné más, me pellizqué los cachetes para colorearlos, y esperé.

Herminia y Genaro llegaron corriendo, con Diego atrás, cojeando, arrepentido de haber llamado a los papás. Y antes de que nadie dijera nada, antes de que Bianca abriera la boca, yo ya iba sobre Genaro, hecha un mar de llanto, temblando de a de veras —dos vidas me enseñaron a llorar a voluntad—, mostrándole la espalda, los brazos, las huellas.

—¡Papá! ¡Bianca me quería matar! ¡Me tiró al piso y me pisoteó! ¡Mira, mira cómo me dejó! ¡Delante de todos! ¡Porque no la dejé hacer una cochinada con una niña chiquita! ¡Pregúntale a quien sea!

—¡Mentira! ¡Yo no le hice nada! ¡Ella se lo puso sola, mamá, te lo juro, ella misma...! —gritaba Bianca, y sonaba tan increíble, tan de culpable acorralada, que ni su propia madre supo qué cara poner.

Genaro me vio la espalda marcada. Vio a Ariadna llorando pegada a mí. Vio a los muchachos golpeados. Vio a su hija con las mejillas rojas de mis cachetadas, gritando cosas inverosímiles. Y volteó a ver al único testigo que en esa casa no mentía nunca, al muchacho callado de la camisa abotonada.

—Emiliano. ¿Qué pasó aquí?

Emiliano me miró un segundo. Me sostuvo los ojos. Sabía. Claro que sabía; él me había estampado las huellas él mismo. Y sin embargo dijo, con esa voz baja y clara que no dudaba nunca:

—Lo que dice Daniela es verdad.

Nadie habló por Bianca. Ni Diego, que ya sabía dónde ardía la lumbre. Ni Herminia, que por primera vez en dos vidas se quedó sin guion, mirando a su hija como si no la reconociera.

Volví la cara para que no me la vieran, y me limpié una lágrima que no era de pena.

Le había volteado la sartén completita. Otra vez.

Solo que esta vez, mientras Genaro arrastraba a Bianca hacia la puerta y ella pataleaba jurando su inocencia verdadera con una voz de mentira, la caché mirándome por encima del hombro, con los ojos secos de golpe, brillándole de puro odio. Y supe que esta no se me la iba a tragar callada. Que Bianca, humillada delante de su novio, delante de su madre, delante del colegio entero que mañana lo sabría, ya estaba pensando cómo cobrármela.

Que me la cobrara. Yo la iba a estar esperando.

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