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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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19. Quiero que alguien me bese
Mónica no conocía sus gestos, no sabía qué significaba cuando se pasaba la lengua por el labio inferior, ni cuando fruncía el entrecejo de aquella manera, ni cuando abría y cerraba las manos como si buscara algo que agarrar.
- “Me diste la pastilla”, dijo Mónica.
- “Sí”, respondió él.
- “¿Por qué?”, preguntó ella.
Lucas tragó saliva. Mónica vio cómo se le movía la nuez.
- “Porque no es justo que él te use así”, respondió Lucas.
- “¿Y por qué te importa?”, cuestionó Mónica.
- “Porque sí”, dijo él.
- “No es una respuesta”, replicó ella.
- “Es la única que tengo”, aseveró Lucas.
Mónica se levantó de la silla de mimbre. El cojín bordado se deslizó y cayó al suelo de losas de barro con un golpe sordo. Se quedó de pie frente a él, con los pies descalzos en el escalón más alto, más alta que él por primera vez. La camisola de algodón blanco se movió con una brisa que entró del patio.
Lucas levantó la cabeza para mirarla. Mónica vio que tenía los ojos abiertos de más, que la pupila se le había dilatado en la penumbra, que la mandíbula le temblaba casi imperceptiblemente.
- “Quiero que alguien me bese”, dijo Mónica. “Alguien que no sea él, quisiera decir aunque sea en silencio que no soy suya”.
La voz le salió algo frágil. No por la tristeza, sino por la urgencia. Por la necesidad de decirlo antes de que se le cayera el valor, antes de que el calor del mármol bajo sus pies le recordara que estaba en la casa de su esposo, en el porche de su esposo, con el hermano de su esposo.
Lucas no respondió. No se movió.
Mónica le puso la mano en la mejilla. La piel de Lucas estaba caliente, áspera, con la sombra de barba de un día raspando la palma de su mano. Él cerró los ojos. Mónica sintió cómo la mandíbula se le endurecía bajo los dedos.
Acercó su rostro al de Lucas. La nariz de él rozó la suya. Los labios de él estaban cerrados, firmes, tensos y lo besó.
Fue un beso torpe al principio. Los labios de Mónica se posaron sobre los de Lucas y se quedaron ahí, inmóviles, como si estuviera probando si el contacto era real. Luego se movieron. Lentos, buscando la forma de la boca de él, presionando con una urgencia contenida que le temblaba en el labio inferior. Lucas no respondió. Sus labios seguían cerrados, su cuerpo rígido, las manos apretadas sobre las rodillas.
Mónica insistió. Abrió los labios y los deslizó sobre los de él, sintiendo la sequedad de la piel, el calor, la tensión. Le puso la otra mano en el cuello, donde los tendones estaban tensos, y apretó. No mucho, solo lo suficiente para que él supiera que no iba a soltarlo.
Lucas abrió la boca, la lengua de Mónica encontró la suya. Fue un contacto húmedo y tibio. La lengua de Lucas se movió con cautela, como si estuviera midiendo el terreno, como si estuviera calculando el daño. Luego cedió. Los labios de él se ablandaron, se moldearon a los de Mónica, y el beso cambió.
Fue distinto. No como Mónica había imaginado que sería un beso de verdad, si es que había imaginado algo. No fue el embate de Valentín, que entraba en su boca como quien entra en una habitación que le pertenece, sin pedir permiso, sin mirar si Mónica estaba. Fue otra cosa. Los labios de Lucas se movían con una lentitud que no era pereza sino atención, como si estuviera aprendiéndosela, memorizando la forma de su boca, la textura, el punto exacto donde el labio superior se curvaba. La lengua de él giró alrededor de la de Mónica, no dentro, sino en el borde, y luego entró, suave, y Mónica sintió que algo se le aflojaba en el pecho, como una cuerda que se suelta.
Las manos de Lucas subieron. No a su cintura, no a su cara. A sus brazos. La agarró por los codos, con los dedos abiertos, y la sostuvo ahí, sin tirar ni empujar, solo sosteniéndola. Los pulgares le presionaban la cara interna de los brazos, donde la piel era más fina, y Mónica sintió el calor de sus dedos como puntos de fuego.
Mónica se acercó más. El espacio entre los dos desapareció. La camisola de algodón blanco se aplastó contra la camisa oscura de Lucas. Mónica sintió el pecho de él, duro, más estrecho que el de Valentín, más nervioso, con el corazón golpeando tan fuerte que Mónica lo notó en las costillas. Las manos de Lucas subieron por sus brazos hasta los hombros, y los dedos se le cerraron allí, apretando la tela de la camisola.
El beso se profundizó. La lengua de Mónica buscó la de Lucas con más urgencia, con la desesperación de alguien que bebe después de días sin agua. La boca de él respondió con la misma pasión pero con otro ritmo, más lento, más giratorio, como si estuviera girando alrededor de Mónica en lugar de embestirla. Los labios de Lucas se separaron de los de Mónica y volvieron a posarse, una vez, otra vez, con besos cortos entre los largos, como pausas para respirar y mirar.
Pero no miraba. Tenía los ojos cerrados. Mónica le agarró el pelo. Le metió los dedos en la nuca, donde el pelo empezaba a crecer hacia abajo, y tiró. No fuerte, pero sí con firmeza. Lucas soltó un sonido, algo entre un suspiro y un gemido, que se perdió en la boca de Mónica. El beso se volvió más húmedo, más sucio, con la saliva mezclándose y los labios resbalando. Mónica sintió la mano de Lucas bajar de su hombro a su cintura, posarse ahí con los dedos abiertos, y el calor de la palma le quemó a través del algodón fino.