Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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13
—Rodrigo, ¿cuándo piensas casarte con Pamela? —preguntó doña Nancy mientras almorzaban.
—Lo antes posible, señora. Quiero casarme con Pamela cuanto antes —respondió Rodrigo con una sonrisa.
—Yo tampoco aguanto las ganas de que Pamela sea mi nuera —añadió doña Carmen, rebosante de entusiasmo.
—Qué envidia la suya, doña Nancy. Vivir rodeada de este aire fresco de montaña y supervisando a los trabajadores todos los días... Qué vida tan envidiable —comentó doña Carmen.
Siguieron conversando durante el almuerzo. Doña Carmen se sentía afortunadísima de que Rodrigo hubiera encontrado a una mujer de familia adinerada. No veía la hora de que se casaran para echarle mano a la fortuna de los padres de Pamela. Pero nada de lo que los rodeaba pertenecía a la familia de Pamela; todo era de otras personas. Los padres de Pamela no eran más que empleados en aquel lugar.
Después del almuerzo, doña Carmen e Isabella se recostaron a descansar, mientras Pamela y Rodrigo salieron a caminar entre los senderos de la inmensa plantación de té.
—Rodrigo, ¿cuándo vas a casarte conmigo? Ya escuchaste a tu mamá: ella tampoco puede esperar —le dijo Pamela, aferrada a su brazo con gesto mimoso.
—Pronto, mi vida. Yo también me muero por casarme contigo —le aseguró Rodrigo, apretándole la mano.
—¿Y qué va a pasar con tu esposa? Quiero que la dejes ya. Quiero ser tu única mujer —le exigió Pamela con voz caprichosa.
—Mi vida, Marcia no es más que una sirvienta gratis en mi casa. Quédate tranquila: no es nadie, solo una mujer pobre, y tú puedes tratarla como se te dé la gana —le explicó Rodrigo a Pamela.
—Pero entonces, ¿por qué no te divorcias de una vez? —insistió Pamela, haciendo un puchero.
—Porque si me divorcio de ella, ¿quién va a hacer todos los quehaceres de la casa? Mi mamá no, ¿verdad? Así que déjala ahí. Nos ahorramos el gasto de contratar servicio doméstico; si contratáramos a alguien, tendríamos que pagarle —Rodrigo quería hacerle entender su lógica.
—Está bien, pero tienes que prometerme que nunca la vas a defender —lo presionó Pamela.
—Te lo prometo, mi amor. A la única que quiero es a ti. Me casé con ella porque mi mamá necesitaba una sirvienta gratis en la casa. Solo te quiero a ti —le dijo Rodrigo, enmarcándole el rostro con ambas manos.
Pamela se derritió al escucharlo. Estaba impaciente por convertirse en la esposa de Rodrigo.
* * *
Mientras tanto, en la villa, don Antonio —el padre de Pamela— había regresado a la casita que compartía con su mujer detrás de la propiedad. Le extrañó ver un auto estacionado en la entrada de la villa, un auto que no era el de sus patrones.
—¿Quién vino a la villa? ¿Son los hijos de don Fabián? —le preguntó don Antonio a su esposa.
—Es el novio de Pamela con su familia —contestó doña Nancy.
—¿Y dónde están? ¿Por qué no los veo por aquí? —quiso saber don Antonio.
—Están descansando. Pamela y Rodrigo salieron a caminar —le informó doña Nancy.
—Nancy, si son invitados nuestros, que se queden en nuestra casa. No en la villa. La villa no es nuestra; aquí nosotros somos empleados —le advirtió don Antonio.
—Ay, ya déjalo así. No le vayas a hacer pasar vergüenza a Pamela. Además, don Fabián y su familia no están aquí, ni se van a enterar —doña Nancy frunció el ceño, molesta con el comentario de su marido.
—Aunque no estén aquí, eso no nos da derecho a hacer lo que se nos antoje. Acuérdate de que vivimos en este lugar gracias a su generosidad. No los hagas enojar —insistió don Antonio.
—Ya basta. Si no estás de acuerdo, mejor no digas nada. En vez de apoyar a tu hija, te pones con esas cosas —lo regañó doña Nancy.
Don Antonio negó con la cabeza al ver la actitud de su esposa. No podía creer que hubieran tenido la osadía de meter a los invitados de Pamela en una propiedad ajena.
—Nancy, no me gusta que usen lo que no es nuestro. No tienen ningún derecho de traer extraños a la villa de don Fabián —le recriminó don Antonio.
—Rodrigo es un hombre de dinero. En cualquier momento Pamela se va a casar con él, así que debemos tratarlos con respeto. Además, nosotros cuidamos la villa; no tiene nada de malo que los hayamos invitado a descansar ahí —doña Nancy seguía convencida de no haber hecho nada incorrecto.
Don Antonio se dio la vuelta y se marchó. Era inútil tratar de hacerles entrar en razón a su esposa y a su hija. Le daba vergüenza lo que habían hecho: introducir desconocidos en una villa que no les pertenecía.
Volvió al centro de la plantación; prefería estar con los trabajadores antes que discutir con su mujer. Don Antonio se había ganado la confianza de don Fabián como capataz de la plantación, y les habían asignado además la tarea de cuidar y mantener la villa.
—¿A dónde vas, papá? —le preguntó Pamela al cruzárselo en el camino.
—Voy a supervisar a los trabajadores —respondió don Antonio, escueto.
—Papá, te presento. Él es Rodrigo. ¿Ya conociste a su familia? —preguntó Pamela tras la presentación.
—Mucho gusto, don Antonio —Rodrigo le tomó la mano con respeto.
—Pamela, diles que no se queden hasta muy tarde. No conviene que pasen mucho tiempo en la villa —le advirtió don Antonio a su hija.
—S... sí, papá —balbuceó Pamela, nerviosa.
Sin decir una palabra más, don Antonio siguió su camino y los dejó atrás.
—¿Qué le pasa a tu papá, Pamela? Parece que no le agradó mi visita —observó Rodrigo.
—No es eso, amor. Mi papá es así. No le gusta que me acerque demasiado a un hombre y a su familia si todavía no hay un compromiso formal. Por eso te pido: cásate conmigo pronto, para que mi papá nos dé su bendición y podamos estar juntos sin problemas —improvisó Pamela.
—Ah, ya veo. Pensé que no le caía bien —dijo Rodrigo, asintiendo aliviado.
Retomaron el paseo de regreso a la villa. Pamela estaba eufórica: Rodrigo le pediría matrimonio en cualquier momento, estaba segura. Ya se veía como la esposa de un hombre adinerado. Y lo mismo ocurría del otro lado: la familia de Rodrigo también contaba los días para poner las manos sobre la fortuna de la familia de Pamela.